Autodestruyéndome

Este es el tipo de conducta perniciosa que no lleva a ninguna parte, pero que parece ser la que más mitiga la angustia de la propia existencia. Hablamos de la no apetencia de un estado anímico óptimo ni tan siquiera normal. Se trata de concentrarse en lo áspero, lo agrio, lo oscuro, lo corrosivo; dejar de lado los pequeños placeres mundanales para perseguir a ultranza la consecución de otros de muchas más categoría, que no obstante resultan difícilmente asequibles a un individuo limitado por sus mismas peculiaridades.
Me refiero a la locura; no en general, sino a aquella que se confunde en una vida doméstica y laboral corriente, como el ronroneo de un gato con el martilleo de las excavadoras.
En la práctica para autodestruirse es más que suficiente con suicidar cada segundo de los que componen el tiempo de la propia persona o acelerar el deterioro natural de cuerpo y mente mediante la ingestión, inhalación e inyección de sustancias nocivas. Claro está, los hábitos poco saludables actúan como un catalizador que añadido a esta combinación hace estragos en la fisionomía, la psique y el carácter.

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