Desgraciados pero dichosos

Desgraciados pero dichosos

Todos danzaban alegremente alrededor de una cochera que hacía las veces de pista, cegados por un faraónico juego de luces cuyo tamaño sólo era comparable con el mal gusto del que se había hecho gala en su colocación.

Seguro que dentro de unos años, este tipo de modas serán denostadas por revistas científicas y sociales.

La cuestión es que ver a los conocidos de la infancia, siempre me ha resultado deprimente.
Unos están a punto de casarse después de interminables años de noviazgo; otros, se dedican a ir como buitres. Recuerdo a un gordo ceboso en un avanzado estado de alopecia, que se morreaba intermitentemente con una zagala de buen ver. Supongo que ni él mismo se lo creía.

En cuanto al factor no personal del evento, cabía destacar las canciones estúpidas, las bebidas nefastas, las melopeas gratuitas que te aquejan a la mañana siguiente y que verdaderamente no han merecido la pena.

No me quedó otra que huir de allí como si en ello me fuera la vida. No me importó atravesar una gran distancia a pie, pues cada paso me alejaba un poco más de todo aquello.

En cuanto a mí, tampoco sería feliz en el lugar de cualquiera de los que estaban; eso, por descontado. Pero desde luego, de estar dentro de mi pellejo tampoco me siento demasiado ufano; y al menos, los demás, a su manera, parecen ser dichosos.

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