Hablando conmigo mismo: Egotista no es sinónimo de egocéntrico.
Me metí en la ducha cantando, me enjaboné bien el cabello, lo aclaré y luego repetí la operación. Me froté con una manopla cada una de las partes de mi cuerpo, cuidando mi higene al máximo.
Me peiné, me engominé, me perfumé el cuello; me recorté la barba,me vestí con el alborznoz y salí del baño más contento que unas pascuas.
Pero todo mi bienestar pareció fingido cuando me encontré a mí mismo llorando, tendido en una cama durante semanas deshecha.
Tenía el rostro desencajado, la mirada ausente; y me interpelé diciendo: ¡Sursum corda, compañero! La vida es bella, no te aflijas. Ninguna congoja posee la magnitud suficiente para que merezca la pena estar así.
-¿Sursum corda, dices?- Replicó mi otro yo, indignado.- No eres más que un pedante sin ningún tipo de categoría que aprendió cuatro frases para dárselas de intelectual.-
-Sí, bueno, ¡al menos yo soy feliz, desgraciado!- Repuse orgulloso.
-Eres un infeliz que no sabe ni lo que es. Un bobalicón que se conforma con lo poco que tiene. Un imbécil que goza de una dicha que ni para él mismo existe.-
-Venga, Misósofos… No me gusta verte así. ¿Atacarme te hace sentir mejor? A mí no me importa.- Reiteré estoica e indulgentemente.
-Desaparece.- Ordenó.
Y desaparecí. Y ya no salía del baño, ni era presa del llanto tendido en la cama deshecha. Tampoco estaba en la biblioteca, ni pensativo en el balcón. No mareaba en una taza el último dedo de café, ni rozaba la pared. Dejé de intentar cambiar el mundo para contemplarlo. Me paré frente al espejo, dándome cuenta de que ya no tenía piel, ni carne, ni uñas, ni rostro.
Sólo era unos ojos… ¡No! Ni tan siquiera era unos ojos. Me había encarnado en el sentido de la vista.
Miré el mundo, sin escucharlo. Observé a la gente, la escudriñé, permití que vivieran por mí.
Fue en ese preciso instante que caí en la cuenta de que me había convertido lo que siempre había anhelado: Un espectador ajeno, un ente inanimado pero vivo más del entorno al que ya nadie juzgaba.