Yo fui a clases de mecanografía y eso es algo que no podrán decir nuestros hijos.

Yo fui a clases de mecanografía y eso es algo que no podrán decir nuestros hijos.

Cuando era pequeño una vez usé una máquina de escribir de forma subrepticia, y quedé tan encandilado de la perfección de su escritura que no pude menos que desear tener una como aquella hasta el deliro.

Una máquina de escribir, consta de muchas partes. Y todo parece de una complejidad sin igual cuando no se conoce su uso:
Tabulador, tecla para liberar el carro y palanquita para cerrarlo, cambiador de dirección de la cinta, fijadores del papel, palanca para regulrar la tensión de las teclas, liberador de rodillo, tabulador, tecla de mayúsculas, palanquita para cambiar de color, aún una palanquita más que servía para variar el interlineado, etc.
Curiosamente todas las partes tenían nombres en español. Seguramente si las máquinas de escribir fueran un invento actual, se llamarían typewriters y sus partes serían el carriage lever, ribbon spool, feed roller, etc., y cuando mi humilde persona propusiera nombres en español todos se le echarían encima por retrógrado al no aceptar que surgen nuevas tecnologías y es necesario ponerles nombre.
Siempre, -y no quiero desviarme más del tema-, es posible utilizar nombres en español que tendrán más lógica para un hispanoparlante y cuyo uso redundará en beneficio de la propia lengua y de sus hablantes.

Volviendo al tema que nos ocupa… No fue sino hasta mi comunión cuando,llevados por mi insistencia, unos parientes míos decidieron comprarme una y aquello marcó algunos años de mi vida como un hierro incandescente las reses de los tiempos del lejano oeste.
Una Olivetti lettera no sé cuantos. De color blanco y en una funda blanda. Lástima que no recuerde el número del modelo, si no buscaría alguna imagen.

Poco después, y tal y como era la moda de aquél tiempo, ya estaba apuntado a clases de mecanografía, en la máquina número diecinueve, con cien folios blanco inmanculado que costaban quinietas pesetas por el mero hecho de poner arriba Nombre………………………………………Fecha……….

Creo que si hoy día emprendiera una cosa así, compraría los libros pertinentes yo mismo y aprendería por mi propia cuenta. Sin embargo, es menester recordar que por aquél tiempo la vena autodidacta aún no se había despertado en mí y vivía en la absurda creencia de que el apoyo de un mentor que cobra tres mil pesetas mensuales por cinco horas semanales en una de sus máquinas, sería de utilidad para mi carrera.

El objetivo no era otro que el de completar satisfactoriamente los tres Métodos de Mecanografía Caballero, que eran unas libretas de anillas de color rojo pálido con ejercicios de dificultad progresiva y que eran conocidos por todos como los métodos.
Curiosamente, nos obligaban a tener una carpeta en la que guardábamos nuestros folios especiales y no nos pedían comprar los métodos, sino que deshojaron unos cuantos, los metieron en archivadores de plástico y estos a su vez los colocaban en una de esas carpetas con dos anillas gigantes, de color marrón.
Qué mal pensados nos vuelve el tiempo… Si ahora me sometieran a tal censura, pensaría que más que querer ahorrarnos un dinero en comprar libros y a dejar nuestra carpeta de los ejercicios a buen recaudo en una estantería, lo que anhelaban era sacárnoslo evitando que realizáramos ejercicios por nuestra cuenta en casa y avanzáramos hacia la consecución de los tres diplomas.De todas formas y para que no todo sean quejas, estaba encantadísimo. Había conseguido por primera vez entregar trabajos escolares con letra inteligible, y si en algo era bueno yo era en el número de pulsasiones netas por minuto.
Además, cuando se terminaban esos ejercicios monótonos en los que primaba el
asdfgf ñlkjhj asdfgf ñlkjhj asdfgf ñlkjhj asdfgf ñlkjhj asdfgf ñlkjhj asdfgf ñlkjhj, (y eso en un tiempo en el que no existía copiar y pegar), resultaba que los métodos te hablaban de temáticas tan interesantes como variopintas: Normas gramaticales y ortográficas, historias de lo más dispares, por qué era importante no enmendar los errores con corrector sino simplemente no cometerlos, cartas dirigidas a múltiples personas y entidades, frases sentensiosas tales como sea constante, constante y muy constante que recordaban cuán necesaria era la perserverancia en el aprendizaje de la mecanografía.
En mis mejores tiempos logré a conseguir 450 p.p.m., netas, con lo cual escribía a máquina mucho más rápido que a mano, y veía aquello como un triunfo que no logré ni rellenado cientos de Cuadernos de Caligrafía Rubio, unas veces por ruego, otras por consejo y la mayoría por orden directa del profesor de EGB.

Espero no me malinterpretéis. Que piense que fuera una labor que cada cual podía llevar a cabo en su casa, no quiere decir que afirme que la profesora estaba de brazos cruzados. Es más, yo apostaría algo a que incluso tenía pesadillas con el alumnado.
-¡¡¡¡¡Maaaaaaaaaaaaaariiiiii!!!!!-, se oía vociferar de improviso a cada cinco minutos.
-¿Esto es falta, o no?-, preguntaba.
-Bueno, si no cometes más iguales déjalo.

Y así, día tras días y año tras año, terminé el primer método, y luego el segundo, y luego el tercero…
Lo más tedioso era precisamente eso: Terminarlo. Terminarlo y tener que repasar uno por uno todos los ejercicios y repetir aquellos en los que no hubiéramos contado bien y hubiese más de cinco faltas, (que eran las máximas permitidas a partir del ejercicio doscientos diez, me parece recordar); para luego volver a pagar y obtener un diploma que colgar de la pared.
¿Por qué no te darían un solo diploma? ¿Sería necesario dividirlo en tres métodos? ¿Sería con el fin de cobrarnos acaso tres diplomas? No… ¡He dicho que no iba a pensar mal!

Concluyendo, y a pesar de que me gusta mucho protestar; para mí ir a mecanografía fue una grata experiencia y lamento profundamente que sea algo que se haya perdido debido a los ordenadores.
¿Alguien que por aquél entonces asistiera a clases de mecanografía, no se preguntó por qué las tablas que hacíamos tenían que hacerse a fuerza de usar el subrayado y la exclamación, mientras que en el método eran perfectas y sin cortes?
La respuesta es esta máquina con la que escribo el presente artículo: Mucho más sofisticada, cara, perfecta y permitiéndome ahorrar un montón de tiempo al no tener que reescribir todo a cada fallo…
Y no obstante, echo de menos el sonido de las teclas, volver el carro cuando una campanilla termina el fin de una línea y el sonido de los tacos metálicos golpeando el papel.
Parece mentira… Nos hacemos viejos y muchas cosas de nuestra vida ya han quedado obsoletas.

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