A la sombra de nadie
Caminé hacia el muelle de Alicante, una mañana brumosa de octubre. Me senté en un banco, con vistas a un mar de un azul inmenso y a un cielo celeste y raso. Abrí mi libro favorito por su primera página y fingí que lo descubría por primera vez, pues no quería correr el riesgo de empezar uno nuevo que probablemente no me iba a gustar tanto.
Tomé un cigarrillo de mi paquete de Ducados Negro y lo encendí con un mechero Zippo de un gesto rápido de la mano, sitiéndose el clic característico que distingue a este tipo de encendedores del resto.
Noté que me faltaba algo, y entonces dejé el libro y comencé a darle caladas más hondas al pitillo. -¿Qué será lo que me falta?-
He comido hace media hora, con lo cual no puedo tener hambre; tal vez necesite darle un trago a la cantimplora, aunque no noto sed.- Al extraerla de mi macuto y habiéndola empinado a la altura de mis ojos, observé que en el suelo aparecía una zona más oscura que su entorno, con la forma de justamente una cantimplora. Era lo normal, a fin de cuentas. Por la posición del sol, los rayos que incidían sobre aquél cuerpo opaco no llegaban hasta el suelo, quedando marcado así su contorno.
Me vino una traza al pensamiento: -¿Y por qué entonces, no puedo observar mi sombra en el suelo, al igual que la de todos los otros objetos y personas? Es justamente mi única carencia: Una sombra. ¿Pero de qué habría de servirme una sombra? ¿Alguna vez hice sombra? ¿O aunque sea, se formó alrededor de mi silueta una simple penumbra?
Monté en el coche y volví a Granada. Se me había ocurrido la acuciante idea de revisar mis fotografías, en busca de mi sombra y aquello era asunto perentorio que bajo ningún concepto podía postergarse.
La cajita polvorienta de las fotografías realizadas en un tiempo donde no existían las cámaras digitales, siempre es un lugar en el que indagar sobre uno mismo. Hallé varias fotos en las que se distinguía claramente mi sombra: Una era en la playa, en un viaje del instituto que hicimos a los quince años de edad, junto a unas compañeras de clase de pechos perfectos y como recién esculpidos en el mármol. Había otra en la que salía vestido de primera comunión, en un estudio de fotografía tan pequeño como pésimamente decorado, típico de una tienda de fotografía de poca monta; sostenía la biblia entre las manos y a pesar de que los focos impedían que hiciera aparición mi sombra, un lateral de mi nariz poseía un matiz más oscuro que el otro, dándome a entender que también aquél día era como el resto de la materia existente. En una tercera fotografía, tenía cinco años y un pajarito desvalido que había encontrado herido en el campo, posado sobre la cabeza. Ahí igualmente que en los otros dos casos, la sombra se vislumbraba, si bien no obstante quedaba algo mermada por el flas de la cámara.
-Entonces… ¿Cuándo diablos perdí mi sombra?- Pero nadie sabe responderse a las preguntas que ignora.
Transcurrieron unas horas más, y me dije a mí mismo que ya estaba bien de pensar en una sombra. ¿Quién diantres necesita una sombra? ¿Para qué sirve? ¿No es hasta más estético prescindir de ella?
Salí de mi domicilio y pisé la calle con ganas, con fuerza. Grité el nombre de un par de amigos; César y Laura, y éstos se asomaron por la ventana, atónitos por mi forma de llamarlos. -¿Es que no sabes llamar al timbre, hombre? Estamos estudiando, ¿quieres subirte y estudias con nosotros?- Me invitaron amablemente.
-La verdad es que no me apetece nada estudiar, tíos. Quizá otro día, creo que me voy a dar una vuelta, a ver si me despejo.- Rechacé su invitación gentilmente.
Hete aquí, que mientras paseaba plácidamente dilucidé por qué la presencia de mi propia sombra, era tan importante. Nuestra sombra somos nosotros; nuestra sombra es la única compañía que nos queda en los momentos en que nadie más nos acompaña y la que hace que los demás nos aprecien por la huella que en ellos dejamos. Un hombre sin traza, o sin sombra, no hace mella en el corazón de nadie: Ni del amigo, ni de la novia, ni tan siquiera de su propio perro y a la postre, acaba por perder también su propio corazón.
Sólo me quedaba una solución posible, y era encontrar mi propia sombra, mas… ¿Dónde buscarla?
Destripé los cojines, comprobé que no estaba bajo mi colchón, ahondé la mano en mis bolsillos y luego rasgué toda mi ropa por si se me había quedado en una arruga, entre un pliegue del pantalón vaquero o entre el saquito y la camisa. Vacié los maceteros, las botellas de agua y las de alcohol (de éstas, tragué su contenido, para me infundieran nuevas fuerzas y así poder continuar mis pesquisas).
Recuerdo que aún flotaba en los efluvios de aquél alcohol cuando supe cuál era el único sitio en el que mi sombra podía esconderse: Detrás de mí. Por eso cuando miraba a una parte, ella se colocaba del lado opuesto. Había desarrollado la capacidad de posicionarse con independencia del punto en el que se hallara la fuente lumínica, contradiciendo toda ley física conocida.
Sabía la manera de obligarla a aparecer. Trabajé durante veinte años día y noche, solo; como aquél al que ni su sombra acompaña, en el único afán de reunir el dinero suficiente. Trafiqué con droga, practiqué la trata de blancas cual avezado proxeneta, deforesté el amazonas en pos de una nueva fuente de petróleo y empleé todo el dinero que conseguí, en mandar construir una abominación en un país pobre a fin de que la mano de obra me saliera más barata. Nadie me recriminó mis actividades, pues un hombre sin sombra, tampoco tiene en su haber escrúpulos y con la sangre fría suficiente, ¿quién habría de cazarme, ajusticiarme y darme mi merecido?
Ingenieros, arquitectos, menores de edad esclavizados y todo un gabinete de físicos me ayudó en mi empresa.
Erigimos una obra faraónica que ya la hubieran querido para sí Keops Kefrén y Mikerinos. Se trataba de un cristal distinto de todos los de hasta el momento fabricados, que concentraba toda la luminiscencia solar de un área de cinco kilómetros cuadrados y que la haría converger en poco más de dos metros de largo por uno de ancho. Tardamos otros veinte años más, pero finalmente, conseguimos hallar el método para que no me achicharrara como una hormiga bajo una lupa: Un traje especial, confeccionado con las pieles de mil niños recién nacidos a los que habíamos desollado in vivo previamente y que vestiría para la ocasión.
Decir que estaba nervioso, era poco. Llegó el momento de colocarme mi traje, cuyo olor recordaba al de la carroña y ocupé el puesto que me correspondía. Esperamos hasta las doce del mediodía y uno de mis lacayos, accionó el mecanismo que puso en funcionamiento aquella máquina infernal, construida por un loco que tenía la intención de hacer una locura, y en un mundo demasiado loco para que nadie tratara de impedírselo.
Se mostró tenue, mas se mostró. Mi momento dorado al fin había acontecido.
-¡¡Ahí está!! ¡Es mi sombra! ¡Agarradla y que no se escape! - Todos se movilizaron, pero por más que me desgañitaba llamándolos inútiles, palurdos y amenazándolos con la muerte, nadie pudo atrapar mi sombra.
Había dedicado toda mi juventud, mis fuerzas y mi dinero a encontrar algo que ahora no podía asir, ni controlar ni manipular de ningún modo. Le imploré: -Al menos, sombra, dime por qué me abandonaste. Cuéntame… ¿Por qué? ¿Qué hice mal? Sólo me volví un ser asqueroso y sin escrúpulos por haberte perdido. ¿Qué te hizo abandonarme?- Y ella me respondió, con lo que se me antojó el timbre de mi propia voz, algo más grave:
-Alguien que no quiere ser él mismo, no merece tener sombra. Un idiota que se acuesta deseando ser cualquier otra persona al amanecer, ni por asomo tiene la potestad de verse bendecido con una sombra. Los escarabajos, los gusanos, las lombrices y hasta los montones de estiércol siempre permanecerán junto a su sombra; incluso en en la más absoluta oscuridad que seas capaz de concebir, todo cuerpo alardea de su presencia con una sombra que si no contempla, es a causa de las limitaciones del sentido de la vista. Su sombra siempre está ahí
En cambio, tú, Misósofos; no tienes sombra. Decidí desterrarte cuando te hartaste de ti y optaste por dedicar tu vida a capturarme sin importarte las atrocidades que te vieras abocado a perpetrar en el camino. Sin embargo, no se trató de un castigo divino, pues Dios no existe y el mal nunca recibe castigo en ningún absurdo mundo de ultratumba. Sencillamente, te abandoné porque preferiste perseguir a una sombra a aferrarte a la vida misma y tamaño desprecio era irremisible.
*Nota: Agradezco a un anónimo comentarista, la idea que me brindó para este relato corto.
5 Febrero, 2008 a las 5:46 pm
6 Febrero, 2008 a las 12:01 am
pues precisamente mientras leía esto estaba echando un chester, menos mal que mi sombra sigue ahí… deberías dejar de fumar tabaco negro xD
xD
6 Febrero, 2008 a las 7:12 pm
No eres el primero a quien su sombra le abandona…¿Has visto lo que colgué en mi blog? Al menos esa sombra envió una carta de despedida xD
PD- Como librodearena no chuta ni a la de tres, voy a ver si me cabe el cuento aquí…
“Mi luz en una carta”
Nacho, puede que no comprendas lo que voy a comentarte, pero debo despegarme de ti, no me queda más remedio. Nunca olvidaré los paseos que hemos dado bajo el sol, ni las noches que le has llorado a la luna en mi presencia, pero siento decirte que no soy de esas sombras que se conforman con seguir a su cuerpo sin rechistar. Aunque deberías saberlo, deja que te explique por qué a partir de ahora vas a andar por este mundo sin mí. A ver si te enteras de una vez que yo también existo.
Todo mi calvario empezó este verano, antes que te fueras de vacaciones. ¿Recuerdas cuando conociste a Isabel? tÚ no te habías fijado siquiera en ella que yo ya me había enamorado de su sombra. Era tan vaporosa y simétrica, que me fue imposible quitarle el ojo de encima. En cuanto la vI supe que como esa no había en el mundo otra sombra igual. No te diste ni cuenta: Isabel estaba de pie frente a las olas, y manteniendo los pies en el agua, se dedicaba a contemplarte mientras jugabas a las palas con tu amigo. Detrás de Isabel, tendida en la arena de la playa, estaba la más perfecta de todas las sombras con las que me he tropezado. Y me observaba a mí, que lo sepas. Por más que intenté acercarme un poco a ver si podía solaparme y notar su aroma, no tuve modo. Tu amigo y tú decidisteis daros un baño, y yo me esfumé en la nada, a la espera que salierais del agua. Y pasó lo que más me temía: cuando me recuperaste al salir, ellas ya no estaban.
Al día siguiente, en tu casa, al ver a tu amigo llegar con su barriguda y aburridísima sombra pisándole los talones, hasta me alegré. ¡Eso significaba que volveríamos a ir a la playa! Al rato de estar allí tumbados saboreando la brisa, mientras charlabas con tu amigo de lo mal que estaba el tema chicas este verano, las vi aparecer. ¡Dios! Lo que hubiera dado por poderte indicar que estaban allí, que te acercaras a ellas. Pero tu ni caso. Isabel se compró un helado y pasó junto a tu toalla, camino a las olas. Tras ella, el sol dibujaba en la arena la silueta más encantadora que uno pueda imaginarse. Por eso, cuando me guiñó el ojo al pasar, no podía creérmelo. ¡Era a mí a quien se dirigía esa sombra! ¿Comprendes?
Y justo en ese momento sucedió. Escuché tu voz enfadada dirigiéndose a Isabel: -“Cuidado, bonita, que mira como me has puesto de arena, joder!”- ¡Menuda vergüenza me hiciste pasar! ¿No podrías haberte contenido un poco? Tras disculparse, Isabel se puso en la otra punta de la playa, y se llevó con ella a mi sombrita preferida. –“ Puede que me haya pasado de borde, con ella ¿no?- le dijiste a tu amigo- lástima, porque no está nada mal la tía”. A buenas horas, pensé yo, sin poder olvidar lo pícaro que había en el gesto de la sombra de Isabel. Te hubiera levantado para que por una vez en la vida fueras tú quien me siguiera a mí, pero claro, no pude contigo. Al rato, yo estaba dormitando ya, cuando noté que nos íbamos de la toalla y vi que te acercabas a Isabel. Mi corazón empezó a acelerarse de tal modo, que creí que te iba a adelantar. – “Perdona por lo de antes, no sé que bicho me ha picado- le dijiste al llegar junto a ella- Por lo normal no soy tan antipático…ejem…me llamo Nacho ¿y tu?-”. ¡Isabel, sotonto! Si me lo hubieras preguntado te lo habría dicho yo, pero como no me haces nunca caso…
No escuché nada más, y eso que estuvisteis rato hablando. No era el momento de prestarte atención a ti, que me matas de aburrido: estaba, por fin, junto a la sombra de Isabel, y no sabía muy bien dónde mirar. ¡Qué menudita estaba en ese momento! Debíamos tener el sol justo encima de la cabeza, por eso ni ella ni yo parecíamos más que dos botones achatados en la arena. Pero aun así, era preciosa. Debo decirte que su tacto era divino, y su voz encantadora porque sí. Ella, que parecía opinar lo mismo de mí, me confirmó lo que era más que obvio: que Isabel estaba loca por tus huesos, ya no sabía qué hacer para que le prestaras atención. Y tu, tan listo como siempre, sin enterarte. Cuando decidiste que era el momento de volver a la toalla con tu amigo oso, la sombrita y yo nos despedimos apenados, y después de un rápido abrazo que vosotros no compartisteis, nos confesamos el deseo de que Isabel y tú volvierais a coincidir algún día, a ver si así también nosotros teníamos ocasión de conocernos mejor.
Pero no, en lugar de eso, te marchaste al día siguiente de vacaciones a Singapur, y claro, me tocó acompañarte. ¿Pero tú te crees que esto es normal? Para una vez que me enamoro, mira cómo me tratas. Siento comentarte, Ignacio, que en algunos casos eres muy desconsiderado.
Ese detalle, para qué voy a engañarte, no me gustó en absoluto. Y no me digas que no te diste cuenta: no es excusa, yo siempre estoy pendiente de ti. O sea que durante todo el viaje estuve pensando cómo podía escaparme. Mientras tu visitabas los museos, yo pensaba en hacer mis maletas y regresar a casa. Mientras tu ligabas con la tiparraja aquella del bar, yo planeaba cómo iba a organizar mi vida sin ti. Mientras tu te dorabas al sol, yo soñaba en volar a nuestra playa, secuestrar a la sombra de Isabel y largarme con ella para siempre. Por eso, debo confesarte que fui muy desagradable con todas las sombras que te empeñaste que conociera en Singapur: ¡yo no quería estar con ellas! ¿comprendes?
Y se acabó. Hoy decido marcharme de ti, tengo suficiente. Me he dado cuenta que ni me aprecias, ni me necesitas para nada, y a mí no me agrada la idea de ser solo tu complemento sin luz, tengo opinión. Creo que ha llegado la hora que espabile mi vida ya que tú no colaboras. Por eso debo dejarte, muy a pesar mío. He hablado con la sombrita de Isabel y está conforme: va a despegarse también y nos iremos a vivir juntos, cerca del mar.
En todo caso, quiero que sepas que si algún día reconsideras tu relación con Isabel, su sombra y yo estaremos encantados de recuperaros en nuestra playa.
Cuidate mucho.
Tu sombra
6 Febrero, 2008 a las 9:32 pm
jajajajaja
Muchas gracias por el relato, Airuna. Me gustó mucho.