La casa de tus sueños
Vivo en una gran casa destartalada y gélida, con las paredes desconchadas y la techumbre vencida por el peso de los años.
En la cocina, sobre la encimera, en el suelo, en el fregadero y hasta en el último recoveco; yacen desparramadas mil ideas de harina blanca de repostería, impidiendo acertar el color del mobiliario.
Todos los grifos gotean a veces al unísono y otras componiendo melodías acuosas, que demuestran que incluso la sonata más triste puede ser interpretada con un solo instrumento.
La sala de estar es enorme y vacía, desprovista de cualquier sofá o sillón que aporte comodidad a las veladas o descanso de la existencia. El único enser allí presente es el televisor, donde se proyecta hasta la saciedad una misma película cuyos diálogos conozco como una beata el padrenuestro, y de un final funesto, que jamás cambia y para colmo de males, del que no se puede aprender nada.
El cuarto de baño carece de espejo, con sus azulejos recubiertos de cal, y la bañera es un témpano de hielo como un lago en la época invernal sobre el que cuelgan amenazantes estalactitas de punta hiriente prestas a caer sobre la cabeza ante la más mínima vibración.
La habitación de invitados está llena de añoranza, como si hiciera siglos que nadie pasa por ella; consta de una cama en el centro, rellena de paja y mal vestida con algunos jirones sucios. Cuelgan telarañas y se mecen a cada golpe de una brisa de procedencia incierta, pues tampoco es que exista ventana ni puerta alguna en toda la vivienda.
Mi cuarto es minúsculo, angosto, de una forma geométrica irregular cual pentágono pintado sin regla ni compás; está atestado de puñales, armas de fogueo con munición real, ensangrentados puños americanos y libros tan amarillentos como apolillados que me entretengo en escribir para después arrojarlos a las llamas.
Todas estas habitaciones, están comunicadas por un mero pasillo largo que parece nunca acaba. Es un recorrido sinuoso, preámbulo de nada; sucio, maloliente y alfombrado de cristales rotos por encima de los cuales siempre ando descalzo.
Para pagar la casa de mis sueños, contraje una hipoteca con el banco; o no recuerdo si tal vez fue con el diablo, aunque para el caso es lo mismo. Dicha deuda me condena a permanecer en cualquiera de las estancias, alternándolas si me apetece, lo poco o lo mucho que me quede de vida.