Los gemidos de la vecina

Los gemidos de la vecina

Hace unas semanas recibía una nota de mi vecina en la que se quejaba por el ruido que producen los muelles de la cama. La deslizó por debajo de mi puerta a eso de la madrugada y se volvió a su piso, dejándome oír a través de las paredes de papel, la puerta del mismo y luego la de su habitación.
El comienzo de la carta era: “Estimado/a vecino/a”.
Deduje que era un poco estúpida por utilizar el doble género, ya que el masculino recogía los dos. Inferí que tenía mal gusto para los hombres. Luego añadió: “No me importa lo que usted haga o deje de hacer”. -Menuda mojigata – pensé- Pretende ser más fina de lo que en realidad es.

En honor a la verdad, hay que decir que la vecina es bastante hermosa. Que tiene el pelo largo, los pechos opulentos como dos imperios y las manos delgadas. No sé cómo se llama, pero me la he encontrado un par de veces en el ascensor, así que he tenido ocasión de observarla. Ayer gemía… Trinaba, como una golondrina que de un grito pudiera desgajar todas las naranjas del frutero dejándolas abiertas en cascos y peladas.
Primero lo hizo continuamente, durante unos cinco minutos. Luego lo hizo chillando, pero en lapsos de treinta segundos o un minuto. Al parecer le estaban practicando un cunnilingus sin demasiada habilidad después de un polvo demasiado corto. Probablemente habría algo de fingido en cada alarido aislado, destinado más a animar al amante que a manifestar el escaso placer que pudiera sentir.

Tomé un folio de papel y escribí sobre él:

Querida vecina:

Me encanta oírla gemir pues lo hace como una Diosa del Olimpo. Ojalá pudiera hacerlo en mi habitación, pues sospecho que la acústica es mucho mejor, pero prefiero escucharla mientras se lo monta con otro si es lo único que voy a obtener de usted. No obstante, ¿no podría buscarse otro amante? Creo que ese no le saca todo el rendimiento posible ni tan siquiera en lo puramente acústico.

Si bien de pequeño odiaba ver a un niño comerse un helado de dos grandes bolas, mientras mi padre se  negaba a comprarme otro; ahora me gusta oír gemir a una hermosa mujer… Aunque no sin cierta envidia.

Con cariño,

Su vecino pervertido de arriba.

Después he hecho un avión con la hoja y he acertado a colárselo en el balcón. Tampoco es cuestión de que abran la puerta o de que alguien me vea metiéndola por debajo.

¿Creéis que será suficiente para que ya no me moleste más?

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