Pensamientos previos a los exámenes
Pensamientos previos a los exámenes
Se me ocurre que los días que quedan hasta el examen fueran el resto de mi vida, y que la fecha del mismo es el día de mi muerte. Entonces me pregunto si lo que quiero hacer el resto de mi vida es pasear apuntes, hasta mancharlos con lo que me gusta hacer: café, ceniza, polvo… ¿Así es como vamos a pasar a abonar el cementerio? Nos ha jodido mayo con las flores. Si hubiera sabido que la vida era esto, me hubiera hecho jipi a los quince y circuncidado a los dieciséis. La calle está desierta y sólo hay gente desorientada que se aprovisiona en el supermercado, amas de casa y parejas de jubilados. También hay algunos guiris que se aprovisionan de aperitivos, refrescos carbonatados y cientos de litros de cerveza; luego volverán a sus países y contarán que aquí nadie trabaja y que a ellos les pareció todo muy divertido. Por su puesto omitirán que iban borrachos la mayor parte del tiempo, que sólo habían sido fieles a sus deseos sexuales y que eran ellos los que más desmadraban en las fiestas. Bendito país que pone de relieve los vicios de los otros para después adjudicárnolos… Sí.
Pasando la Plaza de Bib-Rambla, en una callejuela que lleva a la catedral y antes de llegar a la Plaza de la Romanilla, los techos se cernían altos sobre las cabezas de todos los granadinos y el divino que todo lo ve había descargado todo su odio sobre un individuo de edad indeteminada, cabello largo, piel oscura y un segundo cuello sin cabeza que se movía al son de la flauta que tocaba. El cielo también se cernía sobre sus dos cuellos. Probablemente el dinero que obtuviera lo gastaría en alcohol, en estupefacientes o en cualquier otra cosa que no gustaría a las viejas beatas, principales contribuyentes a la mendicidad que compran una parcela en el paraíso dando exiguas limosnas. Difícilmemente se puede concebir una vida en la que todos nos miren como un bicho raro en tales circunstancias, así que me pareció justo darle una moneda para que se drogara un poco. Me mira y me da las gracias, mientras procuro no observar su cuello. Él lo señala y me dice: “Esto era mi hermano. Me lo extirparon.” En lugar de morir los dos, fue él quien continuó viviendo. Ahora estaba en la calle con una cabeza y dos cuellos, una flauta, un perro viejo y un cartel que exhibía las habituales faltas de ortografía.
El río corre más caudaloso estos días a causa de todo lo que ha llovido últimamente. En los soportales, a la puerta de una tienda vacía y abandonada, hay dos cojines enormes y rectangulares, tapados con una manta. A veces un mostrenco duerme sobre ellos, amparado de la intemperie y de las inclemencias de la lluvia. Cuando lo contemplo durmiendo a pierna suelta a las ocho menos cuarto de la mañana, me digo que ha de ser infinitamente más feliz que yo. Cuando a las doce de la noche saca un cigarrillo y se lo fuma sacando la cabeza entre las sucias mantas, creo que soy un loco por atarme a las obligaciones que impone un techo. Otras veces nadie duerme sobre los colchones y una tabla los tapa, camuflándolos. La tabla lleva puesta todos estos días en los que el sol ha vuelto. Tras la persiana metálica el propietario del camastro ha dejado sus botas, algunas manzanas y unos cuantos papeles. Uno de ellos parece que está manchado de aceite. Seguramente piense cada día por qué no puede dormir en la tienda vacía, si ya no la va a comprar nadie. Que pronto seremos todos mendigos y nos comeremos los desperdicios que durante tanto tiempo hemos estado acumulando.
Y es que al fin al cabo no tener responsabilidades conlleva soportar calamidades. Frío, hambre, desprecio. Podemos ignorarlas, pero no mantener un estado de enajenamiento permanente respecto a ellas. La única alternativa que nos queda es malgastar la vida estudiando más de lo que aprenderíamos en una lectura amena, trabajando en algo que nos apasionará hasta cierto punto en el mejor de los casos; amando a mujeres que nos dejen, a otras inasequibles, incluso a algunas que no amemos. Bebiendo agua clorada, cerveza sin alcohol, café descafeinado, comiendo caramelos sin azúcar, decidiendo qué posibilidades descartar para quedarnos con la que menos nos disguste. Hoy voy a dormir en la calle. Quiero gritarle a la sociedad que por una vez puedo escabullirme y escaparle. Y si compruebo que puedo hacerlo sin sufrir una pulmonía, tal vez no vuelva. Me llevaré mi propio colchón, que si bien no he sacado de la basura, tampoco tiene mucho mejor aspecto. Lo situaré alejado de ese del indigente, sabiendo que no puede robarme pues no tengo nada en el bolsillo. En una bolsa he metido dos cartones de vino blanco y media barra de pan duro. En mi carpeta mis apuntes ordenados, para estudiarlos a la luz de la farola como si aprendérmelos me quitara el frío o me sacara de la calle. Espero que se me aclaren las ideas y me motive para llevar una vida u otra.