Crecer por dentro y por fuera
Tenía veinticinco años y un hermano menor ocho mayor que ella que nunca le dejaría de parecer un niño. Una adaptación horrenda de un Peter Pan de frente kilométrica y algo arrugada, y en cuya cabeza algunos cabellos renuentes se encontraban diseminados.
Nunca había dejado de ver la vida con ojos de niño. Niño cegato con cristales de culo de vaso y una mirada muertecina proveniente de unos ojos soterrados en el cráneo.
Lo sostuvo porque creyó que podía caerse. Y en efecto, así habría sido de no haberse encontrado cerca.
Pero ya nunca más lo iba a estar. Tendría que aprender a levantarse por sí mismo, o por el contrario ser presa de la cruel naturaleza y expirar en el suelo.
A fuer de una araña, la propia vida devora a quienes presos de sus limitaciones, son reos de inutilidad y viven en una jaula de carne.
27 Marzo, 2007 a las 5:14 pm
Amén hermano. Pero hay gente que no aprende ni a palos, al final van por la vida a la deriva, pero nunca tomarán el timón.