Corregir a los demás
La verdad es que aunque aún no alcanzo a comprender por qué, he reparado en que a las demás personas no les suele gustar que se las corrija mientras hablan y algunas, ni tan siquiera cuando escriben.
Ha sido una percepción un tanto paulatina, en realidad. Me explico: Primero pensaba que aquella costumbre era lo más natural del mundo; luego, que a la gente no le importaban tres pitos las vicisitudes idiomáticas; después, que no faltaba quien tachara de pedante aquella práctica; y por último, que aparte de los anteriores, existe un grupo mayoritario más deleznable que todos ellos juntos, consistente en un auténtico colectivo que intenta por cualquier medio (lícito es reconocerlo, unas veces con más y otras con menos fortuna) negar que incurrían en error alguno, sin atender a gramática ni diccionario, simplemente porque en sus palabras textuales, -¿Tú me has entendido, no?-.
Finalmente, he discernido que pese a que los universitarios tengan más faltas de ortografía de las sanamente aceptables en un niño de EGB, surjan desde el averno defensores de que hablar bien se basa únicamente en observar escrupulosamente la pronunciación estandarizada del español y se empleen indiscriminadamente extranjerismos; renuncio a hacer crítica constructiva, enmienda o gesto de desaprobación.
Si el mundo es feliz sin un ingeniero de las palabras o acaso cree que un servidor no es merecedor de ostentar ese cargo, ¿quién soy para llevarles la contraria?
Mañana no saldrá el sol sin que al amanecer, me sienta un poco más social y demasiado más hipócrita. Nadie negaría que se tercian difíciles las concesiones a la normalidad presente en no expresarse con tal de no ser molesto.