El artículo que no supe articular y el título que no titulé a título de nada
Estás confusa, como un objeto perdido entre la sección de objetos perdidos de un aeropuerto perdido, recóndito y abandonado, en el que ya no aterrizan aviones, al que no aterrorizan terroristas, ni llega carretera alguna.
Pero no importa, ya que ende no aportabas nada, ni nada te importaba, en tu trabajo de importadora que consistía en dar portes mal pagados y peor agradecidos.
Y ahora mismo, hete aquí, y heme a mí, hablándote no sé si a ti misma o a mí mismamente. ¿Cuándo empezamos a llevarnos mal?
En algunas temporadas, recuerdo un tiempo intemporal en que saludar la mañana temprano, me traía aparte del aire fresco de la ventana, una de tus salutaciones. Pero ahora no me dices hola, ni me apodas con apodos que en mi fuero interno me halagaran otrora, ni me cuentas qué tal está la costra que cubre la distancia que te separa del resto de los mortales, te torna etérea, heterogénea y rebosante de vivaz ingenio.
Me pregunto en qué preciso y justo instante, comencé a resultarte tan tedioso e indiferente; instantáneamente, me convertí para ti en un absurdo sucedáneo del aire que te circunda, prefiriendo éste último, aunque no te hable, ni te alabe ni te observe; o mejor dicho, justamente por eso.
He oído que aún te sigues cambiando de nombre, que los extraños jamás te nombran, por no conocer tu nombre; ni en nombre de nada te habitúas a dejar tus viejos hábitos, habituada a los efluvios de una vida efímera, mas tan repleta de tus vicios y costumbres poco recomendables, que jamás a persona alguna se le ocurriría recomendarte dejarla, ni encomendarte tarea ninguna.
Me trocearía de forma que cuando estuviera troceado en pequeños trozos, los esparcieran de uno en uno los rincones más arrinconados que frecuentas con frecuencia; con tan solo la promesa de una gitana vieja, coja y bizca, que me prometiera una eternidad sempiterna a tu lado eternamente.
4 Marzo, 2008 a las 9:47 am
C’est la vie…
Más allá de las princesas imposibles, de las ranas de otros planetas, está la realidad. Desnudarse ante ella cuesta, pero es el único camino para querer y dejarse querer de verdad. El amor platónico es sólo eso: obsesión quijotesca de ver gigantes donde sólo hay molinos. Supongo que por eso engancha tanto. Debería ser considerada una droga, y de las duras.
Un beso enorme, antes que te partas en mil trocitos…
4 Marzo, 2008 a las 9:47 am
*considerado