Fumador empedernido

El aburrimiento es fatal para un fumador empedernido. El aburrimiento y la espera. Si estas dos situaciones se unen, acaba fumando como un auténtico carretero. Véase a un fumador en andenes o esperando a que le traigan el plato en un restaurante (y antes, cuando los imbéciles aún no habían tomado las riendas del mundo; en autobuses, hospitales, colegios, institutos, facultades y en todas partes salvo en la iglesia. Aunque, ¿qué más da lo de la iglesia? Que se jodan quienes vayan.). Seguro que lo espera fumando, como no puede ser de otra forma. Su existir sería pura vacuidad sin un cigarrillo en ese intante y probablemente de ahí provenga la adicción psicológica al tabaco. La complejidad de la vida humana lo torna cada vez más dependiente de la nicotina y el alquitrán, que debe consumir para soportar la modernidad.

Por eso cada vez fumo más, hasta el paroxismo. Tanto, que Philip Morris me concedería un premio al mejor cliente del año, si es que la represora legislación lo permitiera.
He dividido mi vida en momentos para que al estar fraccionada, pueda llevarme un pitillo a los labios en cada uno de ellos, siempre y cuando no merezcan la pena, lo cual ocurre con más asiduidad de la recomendable.

Mientras me mantengo ocupado, no tengo demasiados problemas. La avidez de nicotina todavía no ha calado en mí con la fuerza que sin duda acabará por hacerlo dentro de otros cinco años con el vicio, así que de momento se trata de algo más piscológico que físico.
Si fumo marihuana sola, también se me pasan las ganas de tabaco y el efecto evasivo es mucho más sustancioso. Sin embargo, no me consiento estar todos los días bajo los efectos del cannabis. Puedo estar un día todo el día, o todos los días un rato; pero no todo el día todos los días -como decía aquella gran frase, refiriéndose a otra cosa y en otras palabras.-

Al pensar en ella, no me importaría dejarlo durante días, semanas, meses, años y creo que toda la vida. Imaginarla con un cigarrillo entre los labios y con todo ese humo flotando a su alrededor; encendiéndose el cilindro de tabaco y metiéndoselo en la boca por el extremo encendido, prendiendo un segundo cigarro con la punta incandescente de otro que aún no está apagado; haciendo bucles de humo, aureolas celestiales. Es mucho más de lo que necesito. Calma mis ansias de alquitrán.

Obviamente, es preferible fumar. Rememorarla tanto, acabaría por matarme mucho antes.

Deja un comentario