Perico y Scottex - Capítulo I

La presentación

Era una especie extraña de pornochacho, que en vez de limpiar lo ponía todo cada vez más sucio. Había momentos en los que parecía que era imposible acumular más deshechos, mugre y malos olores en aquél habitáculo comprado por sus padres -eso sí, con la precaución de escriturarlo al nombre de estos, y no al de Perico-, pero luego, la putrefacta realidad superaba al pronóstico más agorero hecho por la vieja maruja protestona del bloque.
Vivía en una casucha de grandes ventanales, para desgracia de sus vecinos, que se veían obligados a contemplar un espectáculo entre lo erótico-sórdido y lo dantesco con más frecuencia de la humanamente deseable.
Su auténtica pasión por todo lo que significara vicio; hacía que se diera al juego, a las prostitutas, a la cocaína, a los porros y un largo etcétera que se prolongaba tanto como nombres de cuantos malos hábitos conocía. Si en su conocimiento hubiera existido algún otro mal hábito y se lo hubiera podido costear también con el dinero que sustraía de sus acaudalados padres; es seguro que lo habría añadido al rosario de virtudes que hacía que se lo adjetivara antes de beduino del desierto de Gobi que como bellísima persona.
Se llamaba Pedro, pero al ser el primero entre sus, primero cuadrilla de amigos y luego pandilla de drogadictos; le acabaron por decir Perico por ser el primero en probar la farlopa y el que se atrevió posteriormente a inoculársela directa en vena.
Un personaje como él, tal vez por mofa del topododeroso o por puta casualidad; era el ilustre propietario de un perro que que antes de perro fue canis lupus de elite, para ahora verse convertido en portador de bacterias y parásitos. La comunidad de garrapatas había aflorado tan lujuriosamente en su lomo de pelo pardo, mortecino y con rodales totalmente desprovistos de éste. Las tenía pequeñas y oscuras, medianas y algo marrones, grandes cuales garbanzos y grises; todas ellas extrayéndole la poca vida que le quedaba de sus enjutas carnes. Los ojos, inyectados en sangre, no recordaban ni vagamente a unos ojos, tan saltones y enfermizos que se hacía imposible sostenerle la mirada.
Al contrario que su amo, Scottex sí que tuvo una época dorada. Después de hacer aquél anuncio televisivo que lo lanzó a la fama, se vio convertido en el pretendiente ideal para todas las perritas del barrio; cuyos dueños casi imploraban a los señores Brown, -una familia británica instalada en Alcorcón-, que las preñara.
Scottex se fue volviendo viejo con los años, como todos; sin embargo, jamás existirá asociación contra el maltrato animal alguna que mande en los corazones de las personas. Scottex, harto del desdén y desatención de sus propietarios, escapó una noche de fin de año sin que nadie se tomara la infinita molestia de pegar carteles con su nombre o preguntar a los residentes si alguno lo había visto.
Acabó tirado en la cuneta, con un golpe en la cabeza, hasta que Perico lo recogió una madrugada en la que casualmente iba a comprar caballo con un dinero sustraído previamente del bolso de su madre, que comenzaba a considerar la idea a recibir visitas suyas sin un par se guardias de seguridad vigilándolo.
La historia de sus miserias, penurias, calamidades, atropellos, atrocidades y demás anécdotas desagradables de saber, serán las que ocupen las páginas que siguen.

2 respuestas para “Perico y Scottex - Capítulo I”

  1. pirri:

    pobre chucho xD
    con lo feliz que se le veía en el anuncio…

  2. Airuna:

    Muy inspirado te veo…jajajajjaj
    Me alegro! Espero la continuación, así que no te rajes, que te temo don baldomero!

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