Perico y Scottex - Capítulo II

Muerte y sexo

Perico, ató una de esas cuerdas de plástico verde, usadas en las ventanas, al cuello de Scottex. Eran las cinco de la madrugada, es decir, la hora ideal para salir a la calle sin ser increpado por alguno de los vecinos con cuestiones relativas a la falta de higiene y malos olores que molestaban a toda la comunidad.
Debido a que había estado tan puesto de coca desde desde hacía dos días, no había ingerido nada en cuarenta y ocho horas, se acercó a uno de esos kebap con la intención de comer algo. Compró un par de kebaps de pollo con queso y huevo, y deglutió presurosamente uno, dejando el otro a la merced de Scottex, que pareció hacer lo propio, aunque marginando la verdura de la que está compuesto este suculento manjar sirio. Y aunque ambos comieron lo mismo, es obvio que Scottex, que no por su calidad de espécimen perruno, adolecía de buena cuna; lo hizo con mucha más elegancia, finura y conmiseración para con los viandantes nocturnos.
La noche, era joven. Era hora de ir a reunirse con los amigos, tomar unos tragos, meterse unas lonchas, fumarse unos petas, de ir a ver a Marichu, de echar un polvo… ¿Qué más da? Cualquier opción es buena, con tal de estirar un poco las piernas después de que se desvanezca la desgana provocada de un par de noches de juerga.
De repente, Perico cayó en la cuenta de la forma tan egoísta en que se estaba comportando. A pesar de que él iba a ver a Marichu las noches que no acudía a profesionales del ramo de la prostitución o no había encontrado a ninguna cocainómana que le practicara una felación merced a la cocaína que llevaba en un retazo de bolsa blanca; hasta ahora no se había preocupado por la sexualidad de Scottex.

Debió invadirlo la culpa o quizá una extraña energía positiva cuyo origen eran sin duda los polvos blancos. Abrazó a Scottex y le susurró al oído pestilente y cubierto de parásitos: -¡Tío! No te preocupes. Hoy no voy a ir a ver a Marichu, en lugar de eso, te voy a buscar una perrita para que también mojes!
Anduvieron largo tiempo, pero en Alcorcón parecía no haber ninguna atractiva miembro de la familia canina; así que cayó la madrugada casi sin que Perico ni Scottex lo notaran.
Por la mañana, en el parque, se toparon con el destino. Una pequinesa de pelo brillante, correa de cuero nueva y recién salida de la peluquería, pasó ante nuestros dos amigos. Si bien Perico no estaba en plena posesión de sus facultades físicas y su capacidad de reacción estaba mermada en gran medida, al contemplar cómo Scottex levantaba sus orejas (o las ponía lo más rectas que le permitía la maraña de garrapatas que pendía de sus orejas); se puso de pie y comenzó a azuzar a la mascota. -¡Vamos, campeón! ¡Ve a por ella! ¡Es tu oportunidad!-
Aquellas palabras hicieron que el saco de huesos se pusiera en marcha como si de un pistoletazo de salida se trataran. Corrió detrás de la perrita mientras ésta, parecía no hacer nada por resistirse. Sin embargo, la suerte no lo acompañaba totalmente.
Un enorme perro Pitbull, parecía no aprobar de buen grado que mantuviera relaciones sexuales con la que según Perico, era su novia.

Y estos momentos, son precisamente en los que se distinguen los buenos amigos de los malos; la fraternidad se exalta hasta el paroxismo cuando una inmensa piedra aplasta la cabeza de un Pitbull, y los perros pulgosos se follan a la reina del baile, tal y como -en opinión de Perico- debiera suceder con los drogadictos llenos de piojos. Así que Scottex practicó el coito desinhibidamente con la pequinesa, hasta que fue sorprendido en flagrante delito de contagio de parásitos, por la dueña de la misma, que venía a lo lejos. Se trataba de una de esas pijas teñidas de rubio: con unas nalgas prietas evidenciadas por unas mallas ajustadas, unos pechos perfectos aprisionados en un jersey nuevo y que se desmayarían si se les escapara una ventosidad delante de su novio. Normalmente, Perico hubiera emprendido la huida junto con su mascota y compañero de fechorías; aunque contra todo pronóstico, algo lo indujo a quedarse. Algo con tetas, para qué engañarse. Desde que llevaba un mes sin probar el caballo, su libido estaba por las nubes.
-¡Por Dios! ¡Qué asco! ¡Ven, Zuleidy! ¡Deja a ese perro asqueroso! ¡¡¡Zuleidy!! - Vociferó como una energúmena la propietaria.
-Mire usted señorita, verá… Es que Scottex, es decir; mi perro, hacía mucho tiempo que no… Ya me entiende, ¿no? - Se excusó Perico.
-¡Ah, conque ese animal del demonio es tuyo! ¡Quíteselo de encima ahora mismo a mi perra!
-Bueno, no me parece del todo buena idea… ¿A usted no le coraje que la dejen a medias?
-¿¡Qué!? ¡Insolente! ¡¡Agarra ahora mismo a tu perro o llamo a la policía!!
-Vale… No hace falta ponerse así. Ahora mismo me lo llevo.-

Entonces, con toda la parsimonia posible, agarró la cuerda y ambos se alejaron hacia casa de Marichu.
Mientras tanto, la dueña de la perrita, daba la descripción de Perico y su perro al afligido propietario del Pitbull, al suponer que efectivamente, era aquél sucio despojo humano el que le había dado muerte.

-No sabes la suerte que tenéis los chuchos, Scottex. A mí me hubiera gustado follarme también a la pija, pero seguro que me habrían acabado metiendo en la cárcel o algo.-

2 respuestas para “Perico y Scottex - Capítulo II”

  1. Airuna:

    Pobre Scottex…Vigila que no se tire a la Mariachu esa!

  2. hojita de menta:

    Segundas partes nunca fueron buenas, y ésta no es la excepción que confirma la regla. El primer capítulo me encantó :D

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