Perico y Scottex - Capítulo IV
Capítulo IV - Toda mala acción, tiene su recompensa
Si iba a buscar una mujer de calidad -entendiéndose por de calidad, que tuviera un físico aceptable y fuera una persona en lugar de una enganchada-, necesitaba hacer ciertos cambios en su imagen.
Hacía meses -a él le pareció que incluso años-, que no se miraba en un espejo. Cuando lo hizo, no daba crédito al espantapájaros en que se había convertido. La alopecia le había avanzado galopantemente. Lo que antes eran unas entradas, se había vuelto una frente despejada. La dentadura, algo cariada, ahora parecía más bien unos cuantos dientes torcidos y amarillentos como los de una rata; podridos. Lucía un bronceado de yonqui y por si esta visión no fuera lo bastante desalentadora, no podía pensar en otra cosa que en drogarse.
Scottex, por su parte, tenía obligadamente que ser partícipe en la remodelación física que estaba tomando así que decidió empezar por él. Le compró comida para perro, a la que éste ya debía estar desacostumbrado, pues el perro de un yonqui no lleva precisamente una vida de lujo y despilfarro.
Se adecentó como supo o pudo, dejó a Scottex solo, bajó a la calle y adquirió en el estanco un paquete de cigarrillos negros. La estanquera lo miraba por encima del hombro y tras el cristal blindado, aún estaba temerosa de que en un establecimiento de vitrinas cerradas con llave, fuera posible ser víctima de un robo por parte de Perico.
Era el único vicio que quería permitirse por ahora, así que se encendió un pito y se sentó en un banco. Unos niños jugaban a la pelota.
De repente, apareció otro, diferente a los que jugaban. Tomó asiento en otro banco no demasiado lejos al de Perico. Era un chaval que los demás habrían calificado de pardillo. Tenía gafas, pecas en la cara y estaba peinado con una raya en el lado izquierdo. Saltaba a la vista que su madre lo había no sólo peinado, sino también vestido, pues su ropa estaba recién planchada y pulquérrima. Los balompedistas se acercaron a él, y comenzaron a reírse mientras mantenía las gafas y la mirada en el suelo.
Aunque Perico no alcanzaba a oírlos, se dio cuenta de que el pecosito comenzaba a llorar. ¿Y qué diablos le importaba a un drogata en fase de desintoxicación? Al fin y al cabo bastante tenía con sus problemas.
Los niños dejaron totalmbamente de jugar al fúbol para ensañarse con él. Lo despeinaron, le escupieron, lo insultaron. Luego lo dejaron en paz, como si ya bastara y volvieron a ocuparse de su sana diversión.
Perico se acercó para ver cómo continuaba la historia. Necesitaba distraerse, en cualquier caso.
De pronto una mujer venía con dos bolsas de la compra. Se acercó a su hijo, que estaba sucio después de una tarde entregado al deporte, y le dijo: -Vaya, ¿otra vez metiéndoos con Albertito? Ay… Cosas de niños. No os paséis mucho con él, que luego su madre viene sabéis que viene a protestar.- Y mientras lo reprendía de manera tan lapsa, acariciaba la cabeza de su hijito y esbozaba una sonrisa de total desenfado y comprensión.
Perico empezaba a sentirse mal. Lo azotaba el mono, el hambre, una diarrea súbita y unas ganas terribles de tumbarse. Volvió a su casa, que por primera vez en mucho tiempo, le comenzó a oler mal.
Obviamente, necesitaba ayuda de las únicas personas que aún no le habían dado del todo la espalda: Sus padres. Pero no iba a ser fácil. So pretexto de desengancharse, ya los había engañadoy estafado; les había robado y los había insultado. Por el momento, era menester desechar la idea, pero tal vez le fuera factible conseguir algo de ellos si daba alguna muestra de que esta vez iba en serio. Sabía que se apiadarían de él pues a fin de cuentas, era su único hijo, y un hijo, siempre se merece que le acaricien el pelo aunque éste sea ralo y sucio.
Tendido sobre el sofá, veía la televisión apagada. Los delirios se apoderaron de él. Vomitó y creyó que se le pasaba un poco. Expulsó heces líquidas en una taza de retrete en la que ahora le daba asco sentarse. Se tumbó en el sofá de nuevo. Practicó una duermevela enfermiza en la que tuvo alucinaciones sudor frío y alucinaciones.
En el televisor, los niños seguían jugando al balón, pero ahora tenían catorce o quince años en lugar de diez u once como antes. Llevaban navajas y amenazaron al pardillo de las gafas, cuyo rostro era blanquecino y desfigurado por una adolescencia más que incipiente. Éste les dio su dinero, el reloj, el móvil y todo lo que en aquél momento llevaba puesto. Lo dejaron desnudo y desvalido y un hombre mayor se acercó al grupo de atracadores. Entonces, acarició la cabeza de uno y musitó -Cosas de muchachos…- Luego, el anciano metió la mano en el bolsillo y sacó de él su cartera. Les entregó cincuenta euros a modo de recompensa.
Perico se despertó sobresaltado. Dando traspiés llegó hasta un colchón que tenía en una de las habitaciones de la casa, y se acostó sin tomarse la molestia de quitarse la ropa. Se sumergió en el mundo onírico acto seguido.
Los niños ahora ya no eran tan niños. Casi se diría que gozaban de la mayoría de edad y en vez de jugar a nada, fumaban porros sentados en un escalón. El gafotas hacía su aparición de nuevo, con un cartel en la espalda que rezaba “Soy virgen” y un libro de química bajo el brazo. Al divisar a cuatro macarras allí, decidió cambiar de rumbo, pero era demasiado tarde. Corrieron tras él y lo persiguieron.
Fue a parar justo al lugar menos indicado: Un solar vacío que llevaba por aquellos alrededores desde que la casa de un viejo fue declarada en ruinas y demolida.
Lo ataron de manos y piernas. Lo amordazaron. Le robaron el dinero y le quitaron la ropa. Pisaron sus gafas. Le saltaron los ojos con la navaja.
Se mearon sobre él y le escupieron. Le cortaron la lengua y lo desollaron vivo. Le arrojaron sal a las heridas. Le sesgaron el pulgar y el corazón de la mano derecha y metieron astillas entre estos mismos dedos en la mano izquierda. Introdujeron en su oído una navaja al rojo vivo, calentada por un mechero clipper.
El que otrora fuera un niño discriminado, ahora era un despojo de carne viva y vivo como la carne, a pesar de todo.
Un policía apareció conduciendo su vehículo oficial. Bajó la ventanilla y al contemplar el panorama, descendió del coche. El grupo de delincuentes juveniles no se inmutó lo más mínimo.
El agente dio una palmadita en la espalda uno por uno a los agresores, saludándolos. Los invitó a un cigarrillo. Mientras, el agonizante moribundo se retorcía ajeno a todo y privado de sus sentidos.
Finalmente, todos se montaron en el coche patrulla. No esposados ni detenidos. Tranquilos… Fumando.
El señor agente los llevó a su propia casa. Su hija, era una guapa animadora despampanante. Tenía los ojos color miel y el cabello rubio y largo y tapándole los pechos desnudos. Estaba recostada en una cama enorme cubierta de pétalos y con forma de corazón, con un tanga rojo por todo atuendo.
-¡Bueno, aquí tenéis a mi hija! ¡Que la disfrutéis!- Los exhortó el poli.
La acariciaron todos a la vez, mientras estaba extasiada al sentir tantas manos sobre su cuerpo. La penetraron con los dedos, con el pene y con la lengua. Los cabalgó a todos, como una hembra suprema e insaciable. Les practicó felaciones mientras acariciaba con su pelo bruñido sus zonas públicas, para por último tragar su semen.
Perico se despertó de nuevo. Eran las nueve de la mañana. Había dormido doce horas y se encontraba mejor, aunque le dolía el cuerpo. Nunca pensó que aguantara tanto tiempo desenganchado. Bajó a por unos panecillos porque le había entrado hambre.
Scottex le lamía la cara y también parecía algo más saludable, mas con total certeza, seguía necesitando un baño.
1 Abril, 2008 a las 2:22 pm
Perico desenganchandose!!
lo conseguirá? erradicará las pulgas, chinches, rennos y demás sarta de parásitos de Scotex?
y los suyos?
pachiun poh