Sobre lo que ocurre cuando un gigoló y un pardillo salen juntos de fiesta

Tengo un gran amigo, que pasaré a llamar N., por no dar su
verdadero nombre. Lo cierto es que es un gran tipo, y me cae
bien, aunque a decir verdad él le cae bien a casi todo el
mundo. No suelo relacionarme con gente tan popular como él,
pero la verdad es que no me resulta pedante, tenemos varias
cosas en común, y en fin… Es un tío con el que se puede
contar y no puedo menos que corresponderle en su amable
trato.

Hay muchas cosas en las que somos diferentes: Él, (según
dicen las féminas), es atractivo, mientras que yo, no.
Aunque no sólo eso… Él tiene novia, mientras que yo sigo
sin encontrar una chica que me vea como el hombre e su vida,
o que al menos decida establecer una relación medianamente
formal conmigo. N. también tiene un palique de oro, en tanto
que mi persona, por más que muchos me tachen de abusar de la
retórica, no tengo palabras atentas de esas que encandilan
ni ese ya mencionado palique de el que él saca buen
partido.
Hace unos meses, mientras los demás tiraban para otro
camino, no recuerdo muy bien por qué, (en parte por el
alcohol, en parte por el tiempo que ha pasado desde
entonces), decidimos (o más bien decidió), ir a una
discoteca de esas cuya estancia en ellas debe resultar tan
grata, que a la gente que las frecuenta no les importa hacer
cola para entrar hacinados en un autobús incluso en meses
tan fríos como enero, para luego estar allí hasta altas
horas de la madrugada entre sonidos estridentes, codazos y
con unas condiciones físicas que harían preferible estar
durmiendo la mona en lugar de allí.
Antes de ir a uno de estos lugares, el preámbulo suele
consistir en hacer botellón, y si vives en Granada, el lugar
por antonomasia para hacerlo, es detrás del Hipercor.
Allí estábamos… Algunos compañeros, y compañeras, y
entonces fue cuando se empezaron a notar sus ganas de fiesta
y mi dificultad para relacionarme con los demás. Mientras él
se ocupaba de estrechar manos de los asistentes y de
piropear descaradamente a cualquier persona del sexo opuesto
que pasara a menos de dos metros a la redonda, yo, cada vez
más taciturno e ensimismado comenzaba a preguntar qué
diantres sería lo que me hacía ir un jueves tras otro a
realizar una actividad que me desagrada e intentar
socializarme de una manera que tampoco me es para
nada grata.
Una vez ya ebrios más o menos, nos encaminamos hacia el
autobús él, tres o cuatro chicas, y yo.
Observé cómo se le había cogido una del brazo, y él le
hablaba cada vez con voz más queda para obligarla a
acercarse en caso de querer oír aquellas palabras tan
melosas que adivino le dedicaba.
De forma súbita, sin yo preverlo en absoluto, sentí que otro
brazo se enredaba con el mío, asiéndolo con fuerza, y en el
frío de la noche el lado derecho de mi cuerpo comenzaba a
ser templado por el calor de otro cuerpo. Me volví
bruscamente, y observé una cara sonriente que me dedicaba
una mirada que invitaba no comprendí muy bien a qué.
Experimenté nerviosismo, no supe qué hacer y cada vez me
incomodaba más una situación tan insólita.
Por avatares de la vida, y más concretamente por un
principio físico que habla de la impenetrabilidad de los
cuerpos, (es decir, que en el autobús no caben infinitas
personas, sino un número determinado), acabamos en otro
autobús distinto al de nuestras acompañantes, y yo respiré
alivado al verme librado de aquél compromiso en el que me
hallaba escasos minutos antes sin comerlo ni beberlo.
N. durante unos segundos me pareció apesadumbrado, para
luego decirme: Se han ido… Pero da igual, ya pillaremos
otras.
Y lo dijo con tal convicción y seguridad, que en
aquél momento, por el contrario a lo que yo venía
comprobando empíricamente, de verdad creía en sus palabras.
Durante el trayecto de unos veinte minutos en el que
estuvimos allí, se oían cantos joviales, piropos,
presentaciones y sonoros besos en la mejilla. N., por
supuesto comenzó a lanzarle requiebros un tanto descarados a
una chica, que, al contrario de lo que yo creía, se sentía
halagada e incluso parecía estar contenta de que se le
hicieran tales honores.
No lo podía creer: ¿No se supone que las chicas son esos
seres delicados, a los que les gustan las indirectas, el ir
despacio, las insinuaciones, y el esperar un momento
adecuado para decirles tales cosas? ¿Me habré quedado
antiguo con tan solo veinte años? ¿Será que las que
frecuentan esos lugares desobedecen mi concepto de
feminidad? Mejor pregunta aún: ¿Existe hoy día la mujer
que obedezca a ese canon que yo tengo grabado de cómo debe
ser una señorita?

Pensé, (ingenuo de mí), que aquella a la que obsequí con
halagos sería la nueva víctima de su agradable acoso,
(a juzgar por las caras de felicidad que ponían mientras
intentaba ligárselas descaradamente), pero no fue así.
Tardamos unos diez minutos en entrar, (recordemos que por
aquél tiempo yo intentaba engancharme al tabaco, y mientras
que soltábamos los chaquetones y comprábamos mi paquete de
Marlboro, pasaron volando.)
Fue entrar, y ver a la misma chica besándose enardecidamente
con un rubio como si sus labios hubieran sido predestinados
para unirse aquella noche. Dudo mucho que les hubiera dado
tiempo a penas a presentarse.
Ante tal espectativa, se me pasó por la cabeza la idea de
que N. podría sentirse frustrado, pero nada más lejos de la
realidad. Se frotó las manos, esbozó una sonrisa, y musitó,
(es decir, dijo en tono normal, de forma que con tal ruido
casi no podía oírse): ¡Me gusta el ambiente que hay!
No tardamos mucho en reencontrarnos con aquellas con las que
estuvimos haciendo botellón tras el Hipercor, y todos
empezaron a hablar entre ellos, reir de manera casi
enfermiza y a hacer bailes cada vez más sugerentes. Yo, que
no sé bailar ni he sabido nunca, y además gusto de las
conversaciones en ambientes más sosegados, donde no haga
falta forzar la garganta y sobre otro tipo de temas que
sobre los que allí se convesa, sentí más que nunca que no
debía haber salido aquella noche ni ninguna otra.
Mientras yo hacía como que me movía para no desentonar
mucho, y mientras él cada vez bailaba más adherido a una
fémina, a otra chica distinta de la que me cogió del brazo
cuando íbamos hacia el autobús, me pasó una bufanda por el
cuello, comenzó a danzar cerca de mí y a acercarse cada vez
más.
En ese momento sólo pude permanecer en posición hierática
cual figura egipcia, cesar de hacer el poco movimiento que
venía efectuando y ponerme en actitud defensiva. Ante tal
panorama, lógico fue el resultado: Tiró de un extremo de la
bufanda, se volvió y el resto de la noche, fingió no
conocerme ni que jamás me había conocido.
Realmente, a mí no me gustaban ninguna de esas chicas y la
experiencia de besar unos labios que en realidad no deseo,
la he llevado a cabo en creo, dos ocasiones, y en ambas no

sentí más que un intercambio de saliva y nada de excitación
ni siquiera de perturbación. Es precisamente esos
preliminares, lo que me incomodan, y el deseo de no llegar a
nada más, pero sin herir la sensibilidad de nadie.
Cuando había pasado a ser el sujetavelas oficial de la
noche
, (término que he acuñado recientemente, al saber
que a veces el que está contigo liga, y tú no), se me acerca
N. y me comenta: “Tío, qué culpable me siento…”
Su voz de la conciencia debe consistir en un Pepito Grillo
no muy laborioso, pues a los diez minutos cambió totalmente
de idea para decirme: “Joder, ya estoy harto de la otra,
ahora quiero una distinta.”
No me lo podía creer… ¿De verdad iba a irse con otra?
Increíble…
Esta vez le costó menos de cinco minutos. Fue conocer a una
cerca de la barra, decirle cuatro palabras, y comenzar a
comerle la boca.
No sabía en qué dirección mirar… Aquella nueva adquisición
de N., por lo visto también llevaba sujetavelas incorporada,
porque una amiga, mucho menos agraciada que ella, se apoyaba
en la barra de brazos cruzados mientras tenía la mirada
perdida no sé donde.
Tras unas horas que se me hicieron interminables, salimos de
allí. N., iba acompañado de la segunda chica con la que se
había liado, y yo, por supuesto, en compañía de los
dos.
Encontró un reloj de pulsera de aspecto caro, con el que
creía que la obsequería… Pero decidió guardarlo para
regalárselo a su hermana. Por lo que se ve… La galantería
tampoco tiene lugar en tales circunstancias.
Me fui en otro autobús distinto al de ellos, al que entré a
base de aplicar la fuerza bruta y el ingenio. Pensé que ya
los perdería de vista… pero sin embargo los volví a
encontrar a la vuelta.
Yo… Para sacar algo de provecho de la noche, quise
comprarme un shawarma, y volví en mi papel de sujetacirios,
(porque decir velas ya, era decir poco), junto con otros
colegas de la nueva amiga de N.. Todos sabían lo que
se traían aquellos dos entre manos… Increíble: ¿A nadie le
gusta tener ya esas cosas en secreto?
Finalmente, la chica invitó a N. a dormir a su casa, (ni que
decir tiene, que para rematar la faena), y ahí fue lo
que más me impactó de la noche: No la quiso acompañar
porque… ¡¡Atención!! ¡¡TENÍA NOVIA!!
Es decir… ¿Puede intercambiar saliva con ellas pero no
acostarse? No lo entiendo, francamente…
Mientras que esto sigue así, creo que no voy a salir a la
calle… No merece la pena, porque desde hace un mes he
dejado ser además consumidor de porros, otras drogas e
incluso de alcohol en cantidades ingentes.

Creo que lo mejor que puedo hacer, es ir a comprare un
kebap, ya que además del ahorro que conlleva, lo paso mucho
mejor.

4 respuestas para “Sobre lo que ocurre cuando un gigoló y un pardillo salen juntos de fiesta”

  1. r2d2:

    pero a quién se le ocurre ir a la dulce bitch??

  2. unamaruja:

    Unas cosillas:
    -Es mentira que tu no seas atractivo.
    -No todo el mundo disfruta con las mismas cosas y por eso no es más raro.
    -¿no sabes que "señorita" es una palabra despectiva?
    -ya he probado el shawarma, y me gustó :))
    - la ilusión de mi hija es ir a esa discoteca. Creo que no la voy a dejar salir hasta que no cumpla los treinta ;)
    y por ahora yastá.

  3. José Manuel:

    Se dice ensimismado, no insimismado. xDDDDDD

    (con esto vengo a Arkangel) jejeje.

  4. Misosofos_:

    Ha sido un lapsus calami :P

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