Carencias afectivas

Me da pánico cada vez que se vuelve hacia mí y afirma catatónicamente: -¿No quieres a nadie, eh? Nadie te importa. Todos te damos igual.-

Es curioso a la par que escalofriante. Curioso porque nunca nadie antes se había dado cuenta y escalofriante, porque mal que me pese, lleva gran parte de razón.

He intentado cambiar mi actitud por todos los medios, repartir mi aprecio y amor equitativamente entre aquellos que conozco, un poco para que también me aprecien y amen, un poco tan sólo por apreciarlos y amarlos.
Vosotros ponéis agua en cada uno de los cubículos de la cubitera. Yo, introduzco en el congelador un gran vaso de cristal que se resquebraja al aumentar su contenido de volumen.

Me interesé por ellos vagamente, o probé a hacerlo en la medida que mis fuerzas me permitieron. Los escuché cuando como mucho podía oírlos y hasta los abracé en un momento en que ni tan siquiera deseaba verlos, con la poca efusividad que supe fingir; de modo que cualquiera que me contemplara llevar a cabo tal opción hubiese percibido el gesto como una muestra canónica de hipocresía pergeñada por un hipócrita de manual.

Por lo tanto, no tengo ningún derecho a quejarme de la indiferencia del mundo, del mismo modo que el mundo tampoco puede quejarse de la mía propia.

Os serviré para que me sirváis; os sonreiré para que me sonriáis. Os saludaré con la intención de ser saludado. No os preocupéis si a pesar de ser tan simpático, no atraigo vuestras simpatías, ya que en absoluto me atañe.

Sostendré la puerta a un cojo o un manco, sólo porque algún día podría faltarme una mano o una pierna.

¿Estimaros? Es demasiado pedir, a alguien que no quiere ni a su puta madre.

Una respuesta para “Carencias afectivas”

  1. Airuna:

    Es curioso, hasta el que lleva máscara acaba por creerse el papel…
    Buen escrito, Miso. Aunque solo sea para fastidiarte, me gusta la forma en que le das a las teclas.

Deja un comentario