Yo ya nací viejo
Alguien repartió unas entradas para la zona de personalidades -que no VIP- y olvidó darme la mía; condenándome de este modo a una rutina anodina, simulacro de vida, sucedáneo de lo auténtico; a ser tan sólo un ente deseoso de no ser, carente de expectativa alguna.
No sabría precisar exactamente a qué edad nací; sólo sé que cuando lo hice, ya era viejo.
Puesto que no poseía nombre, los demás me señalaban para referirse a mí y si querían interpelarme, simplemente vociferaban -”¡Eh, tú!”- tanto si se encontraban lejos, como si se hallaban cerca; seguro que a fin de evitar tocarme.
Padecí la soledad y tristeza de la vejez con todos sus achaques, sin antes haber experimentado la juvenil alegría que normalmentece la antecede.
Aún desconocía el tacto de los pechos de una adolescente cuando éstas ya me llamaban señor y no me adjetivaban de ninguna manera distinta a pureta.
En el caso de que alguna vez consiguiera jugar con los demás niños a hacer explotar petardos, los adultos no eran indulgentes conmigo -”¡Qué vegüenza! ¡Y tan mayor!”-, se los oía decir.
Ahora estoy indeciso, pues tal vez en lugar de morir ahora me toque vivir esa parte sabrosa de la vida que me fue negada por la naturaleza. De otra forma, no reinaría la justicia sobre la tierra.