Perico y Scottex - Capítulo IX Marichu
Una yonqui en toda regla. Si los yonquis siguieran un modelo, ella sería un paradigma de la primera declinación droga, -ae. O el verbo drogo, dorgas, drogare, drogavi, drogatum.
Ni siquiera se acordó de que había quedado con Perico para echar un polvo.
Eso sí, el muy cabrón llevaba días sin aparecer. Normalmente, siempre sacaba pasta de sus viejos, que estaban forrados y a pesar del eogísmo inherente a un enganchado, compartía con ella la farlopa. Incluso se picaron caballo juntos, a pesar de que estaa claro que el sexo no lo iban a practicar bajo sus efectos.
Perico era, de hecho, el hombre más caballeroso con el que se hubiese compartido cama y jeringas. Y si bien es cierto que los candidatos eran muchos, tampoco constituían oposición alguna.
Si la ausencia de estupefacientes en las venas, no la hiciera extrañar con tanta fuerza sus drogas, sin duda habría echado de menos al propio Perico, sólo por como era de atento, con un remanente de gallardía mucho mayor que el yonqui profesional de a pie. Y la única persona del mundo capaz de ser galante con Marichu, que hasta entonces había vivido en la firme creencia de que los prolegómenos consistían todos en una frase que siempre contenía las palabras “chupar” o “polla”.
Quizá por eso, Marichu, decidió usar sus últimos veinte céntimos que le quedaban para llamar al único sitio donde podría estar Perico. Hacía ya dos semanas que no aparecía y sólo podía encontrarse en la casa de sus padres. Había ido perdiendo los amigos en cuyas casas se apalancaba, porque eran indigentes y desahuciados, y ya no querían tener nada que ver con basura humana.
Sería el colmo para una insigne señorita de dientres podridos y cabello débil, sucio y escaso, que le faltara su caballero de la brillante jeringuilla, polvos blancos, intento de polvos abúlicos a caballo y ropa polvorienta.
Puesto que en casa de Perico, ya conocían su tono y curva de voz, Perico jamás recibiría mensaje alguno a causa de aquella llamada. Él se había marchado a cuidar a Scottex, que, a fin de cuentas, le importaba mucho más, y a Pedro; el padre de Perico y tocayo suyo, jamás se le habría ocurrido pasarle el recado a su hijo. Demasiado educado era ya con no llamarla deshecho asqueroso, sucia drogadicta zarrapastrosa o algo peor. Le pidio que no viera más a su hijo (que nunca había dejado de serlo). Ahora que sabía que probablemente no estaba consumiendo narcóticos en cualquier parte (si quisiera hacerlo, Marichu no habría llamado), había recobrado una brizna de escéptica esperanza.
Debido a alguna reminiscendia de cariño y empatía hacia su hijo, que no siempre había estado hechado a perder; casi se enterneció. Como si un hijo, fuera cual fuese su trayectoria, mereciera seimpre tener unos padres que creyeran en él.
Pero su dureza se impuso y caso vociferó: -¡Bah! A ver cuánto le dura ahora. No le doy más de otra semana.
Y se sentó en su aristocrático sillón de cuero, prendió un cigarro con algo de condimento cannábico y recordó los tiempos de Felipe González, al principio, cuando fumar porros ni siquiera era ilegal y la droga no estaba demonizada hasta el punto de que se enviciaran con ella jóvenes ávidos de lo prohibido, en busca de un placer sublime e inmediato. Era una idea que desencajaba tremendamente con su mente de reaccionario contumaz. Mas aquél hombre, no por ser contrarrevolucionario dejaba de actuar con la lógica, que imponía la única máxima universal: Hace falta legislar no desde el proteccionismo, sino desde la experiencia y el utilitarismo más elemental.