Perico y Scottex - Capítulo VII Scottex abandonado

Y allí estaba, plácidamente sentado en un sofá tapizado en cuero, frente a un televisor de plasma. Comía pistachos y fumaba un porro plácidamente en aquella habitación. De repente una idea terrible se le cruzó por la cabeza: Scottex estaba en su antigua pocilga, sin comida y sin nadie que lo cuidara desde hacía tres días.
Se acabó de fumar el porro, y lo olvidó; sanamente drogado y alucinado por sus efectos. No le pareció nada mal volver a colocarse sin drogas duras. Casi había olvidado el placer imaginativo y sensorial que constituía fumar marihuana. Por suerte para él, no tuvo que comprarla. Conseguir dinero de sus padres habría supuesto un hurto a sus padres y posiblemente, la expulsión del hogar paterno durante otra temporada. En lugar de eso, obtuvo la marihuana de su tía enferma de cáncer, que la fumaba por prescripción médica para aliviar sus dolores.
Ni siquiera hizo falta que se la robara. Prácticamente no fumaba, lo cual era una pena; porque la habría aliviado, y porque se trataba de cannabis de primederísima calidad. ¡Ah, la calidad! ¡Marihuana de calidad! La palabra fumar debería utilizarse sólo para fumar una marihuana como aquella. Lo demás, eran sucedáneos de esa misma acción. Y a Perico le gustaba, obviamente lo mejor. ¿O acaso es demasiado osado hoy día tener buen gusto?

Soñó despierto. Perico era un poeta que se subía a un gran cohete espacial. El objetivo era que ya que la conquista del espacio nos había hecho avanzar en la física, la química y el conocimiento del universo; también debía conseguir que alcanzáramos cotas más altas de literariedad. Por eso, el gobierno de China, la nueva potencia mundial, después de la caída de EE.UU. en la crisis que los condujo de la suma abundancia a la más absoluta miseria, quería mandar a un poeta al espacio. ¡Y él había sido el elegido!
Fue el electo para este cargo, por un poema que escribó en la universidad para Adriana. A todas luces, no podía más que él, el más indicado para la tarea de poetizar algo de por sí bello, como lo era el espacio.
Además, una compañía Holandesa, había pagado a BEIJING (nombre de una ciudad china, que pasó a designar también a la nueva entidad sustituta de la antigua NASA), para comprobar los efectos del cannabis en el espacio.
Siempre quiso ser poeta, y también fumar porros en el espacio.

Luego volvió a la realidad, consciente de que sólo había estado volando con la imaginación. Hizo acopio de fuerzas, se levantó, aún mareado y dijo a su madre, que estaba en el salón justo abajo de aquél en el que se hallaba Perico:
-Cojo las llaves, mamá. Tengo que ir a recoger a Scottex.
-¿A quién?
-A mi perro.
-¿Pero todavía lo tienes? ¿Aquél viejo perro sarnoso y raquítico? Dios, ¡qué asco! No se te ocurra traerlo a casa.
-Pero mamá…
-No hay peros que valgan. Tienes ya treinta y tres años. No tendrías que estar aquí. Tendrías que haber acabado tus estudios, echado novia y encontrado trabajo. Ahora podrías estar casado y tener una familia normal. Pero en vez de eso, ¡intentas traerme un perro sarnoso a la casa, que no estará mucho peor de lo que tú llegaste!
-Vale… Mamá. Ya veré a quién se lo dejo. Tampoco voy a dejar morir al animal de hambre, ¿no?
-Llévalo a la perrera y que lo maten. Ese bicho no está más que sufriendo. No sé cómo puedes quererlo tanto cuando lo cuidas tan mal. Aunque qué vas a cuidar tú… Si no te cuidas ni a ti mismo.
¡Con lo guapo que eras! Y lo salado… Y ahora, mírate. Empezaste con los porros y…
-¡Basta! ¡¡Cállate!!
-Ni se te ocurra levantarme la voz, Pedro. ¡Ni se te ocurra!
-Vale, mamá, lo siento. Me voy. Hasta luego.
-Cuidadito con lo que haces. Tu padre y yo hemos acordado que esta es la última oportunidad que te damos. ¡Y esta vez va en serio! Mantente alejado de las drogas. Demasiado es ya que te consintamos fumar porros en nuestro salón que está siempre apestado y es la vergüenza de las visitas.
Mira que fumigo las habitaciones con fragancia, pero no hay manera de que deje de oler a marihuana. Y decimos que es tu tía, que tiene que fumar; pero en realidad, todos saben que eres tú. Tu tía podía fumarse como mucho dos porros al día, para dormir mejor, pero tú, fumas dos cada media hora. ¡Vergüenza podía darte!
-Adiós, mamá.
-¡Y a ver si…- Pero Perico no acabó de oír la frase cuando ésta se vio acallada por un portazo y el sonido de unas piernas que bajaban a toda velocidad las escaleras. Casi se cayó, de lo colocado que aún iba.

Scottex estaba casi muerto en el suelo, sobre unas bolsas de basura despedazadas. No contaba con ningún tipo de grasa para los tiempos de inanición. Sólo había podido beber el sucia agua de un retrete que incluso a un perro como él le daba asco.
Lo tomó entre sus brazos, ignorando todos sus parásitos. Le ofreció unas chocolatinas que había comprado previendo la situación (que se repetía por tercera o cuarta vez en esta ocasión.)
Iba a necesitar muchos cuidados, y no se lo podía llevar a casa de sus padres.
¿Quién se podría hacer cargo de él? La verdad, es que no conocía a nadie. Y por otra parte, aunque lo hubiera habido, no le hacía ninguna gracia que un desconocido se quedara con su inseparable mascota Scottex.

2 respuestas para “Perico y Scottex - Capítulo VII Scottex abandonado”

  1. pirri:

    pobre Scotex
    :’(

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