Perico y Scottex - Capítulo VIII Adriana
Adriana no siempre tuvo la misma forma de ser. De hecho, ni tan siquiera sincrónicamente hablando poseía una sola. Solía quedarse sentada en alguna parte ajena a los demás en las fiestas, con la mirada bajada, como si nada le interesara de cuanto la rodeaba; se apoyaba contra una pared en caso de ausencia de asiento.
Esta actitud cambiaba radicalmente cuando bebía o se drogaba. Entonces eran los demás quienes se apoyaban contra la pared, apabullados, atónitos y perplejos por su arrolladora presencia. No había más chicas en la fiesta, sólo ella. Las otras, parecían ser parte interte del decorado o al menos, sí que se lo pareció a Perico el día que la vio por primera vez. Borracha perdida, echándole un lazo rojo del pelo al cuello a su amiga (papel que cumplía, aunque no fuera considerada así); ecadenando un cigarrillo tras otro, siendo invitada a copas y escandalizando a todos con su comportamiento deshinibido, como surrealista y sempiternamente provocador. Un chaval, al que se le ocurrió preguntarle el nombre, se llevó como regalo una de sus sorprendentes mentiras. -Me llamo Josefina- dijo. Y el tipo se quedó callado, como no pudiendo decir “qué nombre tan bonito”, tal y como seguramente tenía pensado de antemano.
No solo era singularmente bella, sino que era propietaria de unas facciones exóticas, distintivas. Tampoco se limitaba a ser preciosa. Poseía un talento especial para cualquier tipo de actividad artística. Incluso a veces su sensibilidad la hacía sufrir episodios del síndrome de Sthendal.
Algo así sintió Perico nada más haberla atisbado. Por primera vez dio gracias por que existierra el arte en todas sus formas. Ello había tornado posible que a su vez, existiera una chiquilla semejante.
Y al principio, pensó que podría conformare con eso. El mundo estaba infinitamente lleno de sentido, acaso sólo porque habitara en él aquella criatura.
Por supuesto, Adriana era una de esas mujeres con antifaz y sombrero negro y una espada siempre en la mano, presta para grabar una zeta en cualquier superficie. Para divertirse, hace falta ser un poco zorra; según sus propias palabras. Y de este modo, quedaba justificado para ella, el empleo de su naturaleza seductora para cualquier menester, aun sin pretenderlo, en gran número de ocasiones.
No soy en absoluto femenina, se decía así misma modestamente. Además, tampoco sabría seducir a nadie, continuaba. Sin poder remediar en medida alguna que para cualquier hombre pasada la pubertad, aquellas palabras sonaran tan inverosímiles como si brotaran de una Venus de Botticelli haciendo propaganda de un museo de arte moderno siguiendo la última corriente vanguardista, sustentada en la esquizofrenia colectiva del hombre del siglo XXI.
Así vivio Perico hasta encontrarla en la cuneta. Enamorado de ella, y de un amor tan grande como el que sólo Adriana era capaz de inspirar. Su nombre, se convirtió en el más precioso del mundo, en tanto que recordaba a ella. Si cualquiera otra se hubiera llamado igual, la habría recordado a ella solamente.
-adenñasm ese nombre con otra portadora, resultaría tan ridículo como Antonia Antonia… ¡Por favor!
Aunque, qué bien sonaría Antonia si Antonia tuviera ojos de Adriana, pelo de Adriana, piel de Adriana, boca de Adriana y fuera capaz de llevar a un hombre al orgasmo, con sólo echarle el humo lentamente a la cara.
Perico, ni siquiera se hallaba en disposición de masturbarse pensando en ella. O de acordarse de ella mientras practicaba el sexo con otra mujer; tan solo sentía apatía y ganas de terminar.
No supo ni insinuársele. Por eso, cuando Adriana intentó meterle la mano en el pantalón, no le fue posible más que huir. Sintió algo parecido a un budista al que Buda le hablaba de viva voz, o un filólogo hispánico manteniendo una conversación sobre gramática con Álex Grijelmo o el espíritu de Lázaro Carreter, que Dios tenga en su gloria. Demasiado extasiante para soportarlo.
Supo que en su obsesión, jamás podría querer a otra mujer. Es más; comprendió que nunca había querido a ninguna hasta hallarla a ella. Tal vez se tratara sólo de un obseso. Pero si no lo fuera, sólo habría algo que lo obsesionaría más que Adriana: Su propia obsesión por ella. Y esa fue sin duda, la época en la que ambos comenzaron a consumir drogas duras. Adriana, al principio con desmesura y sin embargo, perdiendo el hábito pasado un año, cuando terminó en la cuneta. Perico, más cauto, en lugar de autodestruirse durante el mismo tiempo y después abdicar, decidió ir consumiendo primero poco a poco, aumentando gradualmente la dosis conforme el acostumbramiento se lo permitía con total comodidad. Hasta ahora, no lo había dejado y quizá una pérdida total de conciencia consiguió que jamás volviera a enamorarse, pues tampoco volvió a estar en pleno uso de sus facultades mentales y en la compañía adecuada. Ni tan siquiera después de quince años, lo había conseguido; si bien era cierto, que últimamente había desistido totalmente en el empeño. O eso, o quizá de verdad la biología no da ninguna explicación satisfactoria del mismo modo que tampoco el sentido común.
Sin duda, era un romántico en un tiempo en que el romanticismo estaba tan obsoleto como los duelos a priemera sangre, arrojar el guante al suelo o fumar tabaco negro en pipa.
La vigésima primera edición del DRAE, definía así el amor:
m. Sentimiento que mueve a desear que la realidad amada, otra persona, un grupo humao o alguna cosa, alcance lo que se juzga su bien, a procurar que ese deseo se cumpla y a gozar como bien propio el hecho de saberlo cumplido. Uniendo a esta palabra la preposición de, indicamos el objeto a que se refiere: como AMOR de Dios, de los hijos de la gloria; o la persona que lo siente: como AMOR de padre.
Justo antes de morir, comprobaría que esa definición se había cambiado. Que en la RAE habían echado al poeta, y ahora ocupaba su puesto y letra un biólogo.
1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
Y ese fue el libro que más lo marcó. La obra suprema. ¡Un diccionario! Cambiando el orden de las palabras en él escritas, se podía redactar cualquier obra pasada y futura. Sólo había que encontrarlo afortunadamente. La poesía eran las mejores palabras en el mejor orden. Y el diccionario las contenía todas.
Así pues, Perico era un drogata cuya musa no experimentaba por él ninguna sensación ni remotamente semejante a sus sentimientos por ella; lo cual lo convertía en una especie de Clyde sin Bonnie, Romeo enamorado de una Julieta colgada de un atractivo francés que la tenía encandilada, o simplemente un cocainómano para el que la única persona que importaba, decidió abandonarlo con su nieve y un perro de postín que se había degradado y cuya verdadera identidad, le era desconocida a pesar de llamarlo Scottex; que para colmo de males, no apareció hasta años más tarde de esta primera crisis por Adriana y que, dicho sea de paso, actualmente se recuperaba a buen ritmo. Incluso Perico juzgó imprescindible una desparasitación para él. Ambos, iban a cambiar de vida: Hacia quince años de lo de Adriana. ¡Ya bastaba de vivir del pasado! ¿Qué sería si no, de la calidad de vida, o de, como él anunciaba “una vidad de calidad”?