Perico y Scottex - Capítulo XI - Carta de Perico a Adriana

Mirando a lo lejos, en el ángulo apropiado, veo las antenas de televisión balanceadas por el aire; los pájaros revoloteando pían y el sol hace que las nubes cuenten con una silueta luminosa.
Justamente en este instante, se me hace más difícil que nunca no amarte.
También te he amado mientras subía las escaleras, cuando me tumbaba bajo la sombra del sauce llorón y al expulsar el humo de cada cigarrillo. Es como si cualquier acción ya tuviera implícita en sí misma el amarte.
Como y te amo, pienso en ti amándote; te amo por la mañana al tocarme la cara el agua caliente de la ducha, que cae incesantemente; te he amado hace años, meses, semanas, horas y en este momento en que te escribo esto, te estoy amando sin interrupciones.

Amarte también es ponerle un terrón de azúcar al café, pergeñar un delirio contigo en el que cantas mi canción favorita que justamente suena; pasear ebrio por una calle desierta en la madrugada y figurarse que me acompañas y, ¿cómo no? Redimirme de los pesares de la vida amándote.

Sin embargo, esta querencia mía, se me ha ocurrido pensar que quizá no te resulte grata tal y como tampoco le resultaría de su agrado a un cisne de largo cuello que un ciempiés cojo se enamorara de él.
Aunque por otra parte, tampoco te desagradan todas las alimañas, o al menos así lo entiendo yo; que vengo denominando talmente a aquellos a los que erróneamente obsequias a veces, con mucho más que tu presencia. Mientras tanto, me siento tan mal… Tan desdeñado… Hasta ellos me aventajan en la cuestión de más suma importancia que pudiese ocurrírseme: Están cerca de ti y como no te tratan como una deidad amnésica de su propia condición, te comportas con ellos como si tampoco lo fueras.

Siento si mis opiniones te resultan ridículas, carentes de sentido o de toda lógica. Sin embargo, me he visto en la obligación de expresártelas como lo acabo de hacer.

Fervientemente,

Pedro

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