Por decir algo

Un indigente intelectual, oteaba desde su castillo el mundo; pareciéndole este tierno en su sutil desequilibrio.
Dos palomas lesbianas aleteaban y jugueteaban raudas en una plaza de Granada.
Siete enanos bizcos emponzoñados de güisqui, corren inquietos en los alrededores de su casa.
Cien ciempiés luengos como cuerdas, circulan ordenadamente imbuidos por la responsabilidad.
El camello mata al enganchado con la navaja que robó en la armería.
Eres carismático, pero no te creas que guapo ni inteligente.
El recién nacido deseaba decir algo, mas aún no dominaba el arte de la palabra.
Aquí o ahí, o allí o allá, o allá a lo lejos, e incluso acullá.
Siego el trigo, lo muelo, lo mojo, lo amaso, lo dejo fermentar, lo cuezo, lo saco del horno, lo dejo enfriar y lo como finalmente para tomar fuerzas y así poder segar el trigo, para luego molerlo, mojarlo, amasarlo, fermentarlo, cocerlo, sacarlo del horno y dejarlo enfriar para luego comerlo, así volver a recuperar fuerzas y volver a empezar.
Menudo “desfase” de frases escritas aparentando ser orales, sucintas; pero complejas y estúpidas como casi todos algún día de nuestras vidas o todas ellas.

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