Formas de llegar tarde levantándose temprano I: Por las llaves

Formas de llegar tarde levantándose temprano I: Por las llaves

 

Con un movimiento ciego, Joel apagó el despertador de su celular que había dejado escuchar dos alarmas ya. Sabía lo que se hacía en esos casos, así que se levantó con dificultad y tomó una ducha, habiendo antes puesto a calentar el agua para el café. Se vistió mientras echaba un vistazo al reloj del portátil. Los pasos estaban aprendidos: En caso de tercer alarma, se debe sacrificar el pan tostado, repetía una voz gruesa en su cabeza, se puso los zapatos, lustrados antes de dormir, mientras miraba el capítulo de alguna serie en internet y que había dejado a medias la noche anterior. Estaba listo, sólo le faltaba preparar el café, ponerlo en el termo y salir.

Durante el tiempo en que esperaba a que el aroma denso del café invadiera cuarto y pasillo, decidió buscar las llaves para ganar un poco de tiempo. Las llaves, las llaves. ¿donde están las putas llaves?, vociferó Joel, Las llaves. El pantalón; no. Entonces en el portafolios. Tampoco. Sobre la mesa de noche. ¡Puta madre! Todo iba tan bien. En la sala de baño. No, pero nunca las pongo ahí… quién sabe. No. ¿entonces dónde?, preguntó Joel en voz alta, contrayendo sus manos como un artrítico en signo de rabieta solitaria. Bajo la pantalla de la computadora. No. Detrás del escritorio. No. Debajo de la almohada – ¿por qué estoy buscando bajo la almohada?, se preguntó. No, evidentemente no. Pero quizás…No, entre los libros, hacía meses que no los tocaba, ¡qué idea! Pero revisó de cualquier manera y al leer los títulos que no podía evitar descifrar de paso, las historias leídas le vinieron a la memoria, pero las llaves no estaban entre ellas. Al menos de las suyas no se hablaba en ellos. 

Hurgó bajo la cama, entre las cobijas, en el saco del día anterior. Inclusive miró en la puerta, pero fue en vano. Parecían haberse esfumado con la noche. Registró los cajones con una rabia hija de la impotencia. Era como un muro que no cedía y se le plantaba frente a su vida simple, en la cual no hacía daño a nadie, “y tenía que pasarme a mí”, reclamó Joel y dio un puñetazo sobre la pared, sentía ansiedad. 

Se sentó en el sofá-cama que ocupaba cuatro de los dieciocho metros cuadrados del estudio donde vivía. Abrió la ventana y pensó que si no existiesen los celulares, él podría haber pretextado no tener manera de comunicar su retraso. Imaginó a su padre en la misma situación, buscando las llaves y debiendo salir para encontrar un teléfono público; y en su bisabuelo, quien seguramente no habría tenido manera de informar, y en el campo, se hubiesen quedado esperando a que llegase para cultivar el maíz. 

Pero Joel no podía hacer eso, tenía ya media hora de retraso y las llaves no querían aparecer. Era como buscar duendes burlones que se abandonan a la transparencia hasta que se han saciado de risa y aparecen en el lugar que parece obvio al final. Recordó, mientras sacaba la ropa sucia del cesto, haber visto un reportaje sobre Canadá, donde las personas dejaban la puerta de sus casas abierta. Pero en esta ciudad, pensó Joel, ni loco; con esta bola de desconocidos… Por eso no podía simplemente dejar la puerta abierta y coger tranquilamente el metro.

Respirando de nuevo, recordó el momento en que se levantó, y en un tiempo que no existe ya, se imaginó habiendo ignorado el despertador, quedándose dormido y reportandose enfermo. Habiendo debido ir al supermercado de la esquina, y sólo entonces, darse cuenta de que las llaves no aparecían, y se habría alegrado por su decisión de no ir a trabajar. 

En lugar de ello se había reportado con retraso, habiéndose levantado temprano, en lugar de decir que no iría a trabajar definitivamente y quedarse tranquilo para buscar las pequeñas placas de metal. Si tuviese un imán gigante, pensó puerilmente Joel a sabiendas de que eso no existía en su casa. Así que debía seguir buscando en la habitación y en su memoria, convenciéndose de que las llaves debían estar en el cuarto, ya que de otra manera no hubiese podido entrar la víspera de esa mañana que había comenzado a funcionar sin él.

« ¡Materialicense! », les ordenó Joel, pero las llaves insistieron en transparentarse como niñas angelicales. Rogó, gritó, ordenó, susurró y gimió; pero al menos es mañana, las llaves no aparecieron en ninguna parte de la Tierra y él no fue a trabajar.

 

 

 

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