Formas de llegar tarde levantándose temprano II: Por un acostón con un desconocido
Formas de llegar tarde levantándose temprano II: Por un acostón con un desconocido
Marta cerró la puerta de Ulises y se sintió tranquila. No era la primera vez que despertaba al lado de algún chico desconocido, pero seguía sintiendo algo de vergüenza al despertarse en el espacio de alguien más. Quizás ella hubiese deseado que él saliese rápidamente, si la cama hubiese sido la suya. Por eso decidió partir temprano; por eso y porque quería cambiar de ropa. Siempre había pensado que los demás pensarían que se había acostado con alguien por el solo hecho de no cambiar de atuendo. Porque ella piensaba eso de los demás. Sobre todo en un lugar donde las oficinas pululaban de hombres ataviados aún al estilo inglés; donde la vestimenta era parte del trabajo.
Subió a un autobus que la llevaría al otro lado de la ciudad, sintió y olió el ajetreo de todos aquellos que ya iban a sus trabajos. No como ella que comenzaba a las diez. Privilegios de la constancia y de un encuentro casual con un Jefe menor del banco que después ascendió de puesto. Bien o mal, a ella le había gustado aquella noche cuando se llevó a cabo una cena de fin de año en un bar de la ciudad. Después había llegado con una carta donde se le anunciaba una reducción de una hora de trabajo con goce de sueldo. La había llevado personalmente a pesar de haber podido dejado para el correo interno. Se sintió prostituida, o bien, como si la hubiesen premiado con algo que no había pedido; festejada por entrar a un harén. El nuevo jefe se quedó con una cara retraída de quien espera una respuesta de alegría, pero ella se limitó a exclamar: « ¡qué bien! », tomó la carta e ignoró para siempre a aquel hombre En fin, entraba a las diez y podía darse el lujo de viajar en autobús; era un lujo entre tres horas de trayectos cotidianos por galerías que alternaban oscuridad y exceso de luz, como en experimentos con ratones fotofóbicos.
El autobús se vació en el centro y pudo sentarse sola en un asiento doble. Se colgó los audífonos al oído para amenizar su viaje con Nora Jones que era dulce como la textura de terciopelo del asiento sobre el cual estaba apoyada su mano y dijo en voz baja:
- Tengo que enviar un mensaje a…¡Mierda, he dejado el teléfono!, gritó Marta provocando que el conductor la escuchase para después clavarle una mirada. Pero ella lo ignoró y apretó el botón para bajar en la siguiente parada.
Dos cosas la preocupaban: primero la idea desagradable de regresar a casa del tipo que le había ofrecido un café insípido y que insistía en ir a buscarla a la salida del trabajo. Tendría que tocar a su puerta, y él quizás pensaría que quiere acostarse de nuevo con él. Pero no había otra solución. Cruzó la calle caminando de prisa, pasando junto a más y más hombres en traje sastre que le recordaron su oficina, y entró al metro. Miró su reloj de pulsera y calculó los minutos para llegar hasta a casa de él, de quien ni siquiera podía recordar el nombre. Parecía un cliché de serie americana, Marta lo pensaba también, salir, emborracharse y caminar por París antes de vivir con su sexo por algunos minutos. El anonimato le gustaba para el sexo, pero en aquel vagón, y en ese momento, donde las caras grises maniquí la circundaban y donde el más cuerdo le parecía que era el vagabundo alcohólico con sus bolsas plásticas a cuestas, le hubiese gustado sentir la seguridad de unos ojos conocidos.
El metro se detuvo más de lo que ella hubiese querido. Sacó un espejo de su bolsillo, y se miró con detenimiento: perfil izquierdo, luego derecho, y concluyó que el maquillaje necesitaba un retoque. Volvió a mirar el reloj para descubrir que los minutos le habían tomado la delantera. Agitó la pierna izquierda como lo hacía cuando estaba ansiosa, se mordió las uñas, respiró hondo muchas veces, le encantaba ser un cliché toda ella.
El retraso era inevitable y el pensar en ir a cambiarse de ropa, era una idea que se había desvanecido durante el viaje en el metro. Deberá ir con la misma ropa y se sentirá incómoda, paranoica y un poco sucia.
Tocó a la puerta y una voz ronca de cerveza y cigarro en exceso, le preguntó que quién era. Ella se anunció con una pequeña descripción en caso de que él también hubiese olvidado su nombre. Quería que todo terminase rápido; le explicó lo que pasaba con palabras que se sucedieron unas a otras hasta el final de la explicación. En aquel momento pasó por su cabeza el temor de que quizás él habiese recibido la llamada de su novio; o que tal vez hubiese visto sus fotos en el portátil, o los videos, o los mensajes; había demasiada información de su vida en un aparato demasiado pequeño.
La voz le pidió que esperara, que se iba a vestir. « Ahora le da pena », pensó Marta con gesto de ironía. Miró el reloj y calculó que tendría una hora de retraso. Él abrió la puerta, le sonrió y le preguntó si quería quedarse a desayunar de verdad, habiéndose disculpado por su actitud de desgano unas horas antes. la propuesta le rompió el esquema, le rompió el recuerdo de él, le curó la borrachera y no pudo evitar sonrojarse.
Iba tarde para el trabajo, pero él le reiteró su invitación y ella pensó que una mañana de sexo y hambre saciada, por un regaño en la oficina, era un buen comercio.
Tal vez tenga razon Marta, me refiero a la ultima frase jejeje
je je je
muy buen texto pavel que bueno y muchas felicidades por este espacio que con tu amigo, me late que llegaran a alguna parte que solo ustedes saben.
un abrazo y bueno marta y el extraño tienen algo de razon, al vivir la vida de esa manera, sin preocupaciones ni mas.
Miette.
No se perdió el papelito Pavel!
Cómo no me habías dado el link antes!
Marta es mi ídolo de la semana!