Formas de llegar tarde levantándose temprano III: Por Schwarzenegger y Fito Páez

Formas de llegar tarde levantándose temprano III: Por Schwarzenegger y Fito Páez

Emilio no es antisemita en ninguna de sus variantes, ni tampoco antihomosexual, ni anticatólico. Él es una persona tolerante y de mente abierta. Él sólo odia a Schwarzenegger con todas sus tripas y eso le ha costado llegar cuatro horas tarde a la oficina.

Aquella mañana las noticias sonaban en su piso mientras él se preparaba para salir a trabajar. El agua para té bullía, lista para infusionar cualquier planta y acabó por teñir la cocina con su aroma a earl gray. Últimamente no había pensado en su archi enemigo Terminator. Lo había dejado en el olvido y lo evitaba en cualquiera de sus apariciones públicas en la radio, la televisión y el internet. Simplemente lo evitaba a pesar de que le gustaban las películas de balas interminables para pasar inútilmente una tarde de domingo. Emilio odiaba el sueño americano del cual se sentía excluído. Siempre le había gustado el dinero, lo había buscado, creía haber hecho los estudios necesarios, en administración de empresas, para poder alguna vez comprar to cuanto que deseara. Pero no fue así, y en cambio, era auxiliar del director de un supermercado de las afueras de las ciudad.

Él vio crecer al alterofilista para convertirse en estrella de cine, en millonario, en el sueño los extranjeros. Emilio también había probado la tierra prometida del capitalismo, la meca de la plusvalía, en una experiencia de ilegalidad. Había cruzado la frontera buscando, a largo plazo en sus sueños, poder dirigir alguna empresa y ganar un salario en dólares. Pero la policía fronteriza lo había encontrado comprando una hamburguesa y simplemente les pareció sospechoso, lo detuvieron y deportaron. No le quedaron ganas de regresar después de los días que pasó en un centro de detención para migrantes ilegales. Sentirse un delincuente, no le había gustado. Regresó en menos de dos meses, con la cabeza gacha y con un sabor a derrota en el paladar. Por eso odiaba al sueño estadounidense.

Cuando lo detuvieron sólo pudo pensar en una canción escuchada en el transporte público de la ciudad de México; los Tigres del Norte cantando monotonamente « Yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó »; letra se repetía en su cabeza hasta que llegó al aeropuerto de la ciudad con una carta del gobierno estadounidense donde se le anunciaba que si intentaba regresar ilegalmente, sería encarcelado durante seis meses. Disuación efectiva en una persona sensible al encierro como Emilio.

Si un anuncio de película del austriaco nacionalizado aparecía frente a él en el metro, él volteaba la mirada hacia cualquier parte, cualquier cosa menos ver al hijo pródigo del libre mercado. Se tapaba los oídos cuando se hablaba de él en la radio; cerraba los ojos si aparecía en la pantalla del televisor. Poco a poco, aprendió a hacerlo de mejor manera, casi podía verlo en una pantalla y borrarlo de su mente al entrar en sus ojos. « De acuerdo, puede parecer exagerado, pero así soy », había argumentado en una plática con amigos, cuando alguien mencionó en la sobremesa alguna película que estaba en cartelera. Él sabía que tal vez su aversión había ido demasiado lejos, pero la neurosis no era un problema en su celibato. Gruñía sin temer que fuese desagradable para otra persona y así se había forjado una parte de su personalidad.

Pero esa mañana, después de haber logrado estar casi un año sin recordar que no tenía lo que quería en la vida, casi un año sin saber nada de la máquina de dar golpes y matar villanos, de androides que vienen a salvar el mundo de nuestras propias máquinas, de hombres que se embarazan; casi un año sin pensar en que no había tenido el coraje necesario para volver a cruzar la frontera esperando poder al fin dirigir una empresa. Volvió entonces en la figura de un hombre vestido de traje, mano al corazón, cantando el himno estadounidense como si recitase uno de los tantos falsos diálogos solemnes del tipo Steven Spielberg.

Sí, el aceptaba que era a causa de anti schwarzeneggerismo que ya no veía la televisión, ni escuchaba la radio. Era también por eso que había dejado de ir al cine. Pero esa mañana, para sentirse acompañado, había encendido el televisor que le entregó, azarosamente, un acto público del Governator. No estaba al tanto, de hecho estaba desconectado, y por eso fue tan grande su sorpresa, que dejó caer sobre su pie la plancha con la cual estaba desarrugando su pantalón.

El golpe fue seco y la quemadura instantánea. Sin embargo, él no reaccionó de inmediato, de hecho no reaccionó. Se quedó mirando el televisor hasta que un hormigueo se transformó en ardor, su piel diciéndole «¡Ey, estoy quemada! », pero él no lo sintió sino hasta que se sentó sobre el borde de la cama, pensativo, sintiendo que el mal había ganado una vez más. Él tenía más poder, más fama, él poseía todo lo prometido por los dioses de la globalización, tenía la bendición de los dioses en turno, y era intocable como cualquier semidios-semihombre griego. Emilio, por su parte, era cada vez menos alguien, más nadie con el paso de los días. « ¿Qué hice para merecer esto? », se preguntó Emilio como si fuese un niño que pide con enfado una explicación a la profesora que lo castiga al final de la clase.

Había elegido la evasión, evitar ver lo que le era desagradable para no sentirse mal, no había mejor cura, y por eso no se había enterado de la campaña y la victoria política del musculoso actor. Pero esa mañana ya no podría caminar, estaba quemado, porque después de concentrarse para tratar de reír por la ironía de la situación, sin mucho éxito, se había dado cuenta de que algo le dolía en el cuerpo, y de que una parte de su piel exponía una cara que, se suponía, debía ser cubierta por otra capa de piel que ahora estaba pegada a la plancha. El escozor le subió desde el pie hasta el cerebro en una fracción ínfima de tiempo.

Miró el reloj, el pantalón en el suelo, la plancha calentando el piso, acabando de quemar el pedazo de piel que le había quitado con un beso. Tendría que haber cogido sus cosas y haber partido desde hacía diez minutos. Iba retrasado y nada estaba listo como debía estarlo. En ese momento debería estar cogiendo el autobús de las siete cincuenta y tres, el número noventa y nueve. Pero en vez de eso estaba escuchando a Schwarzenegger prometer una política antimigratoria dura, y lo veía apretar el puño que en otro tiempo sujetó barras de metal con muchos kilos encima, los cuales después de ser levantados le valían medallas de oro. La filosofía de la barra, eso debía ser la mente del governator, pensaba Emilio. ¡Cuántas cosas se pueden hacer con una barra!, exclamó mientras apagaba el televisor.

Cojeando se dirigió al otro extremo de la casa, encendió la computadora y puso una canción en el modo « aleatorio » del reproductor güindous media pléyer. Fito Páez salió de una carpeta virtual y se instaló para tocar en los altavoces del ordenador. Es sólo una cuestión de actitud, no tener nada y tenerlo todo », fue todo lo que Emilio le permitió decir antes le lazarle un zapatazo que no destruyó la canción, ni golpeó el rostro de Fito. Fito era sólo una capeta virtual, no le hablaba a él, no se burlaba de él. Pero Emilio lo tomó personal y lanzó el zapato que golpeó la pantalla de plasma, proyectándola hacia el vacío fuera del escritorio. La computadora se abrió como una sandía que se revienta contra el suelo, lanzando partes de ella por toda la habitación.

Emilio se quedó sentado y por un momento pensó que no era posible que hubiese lanzado el zapato con tanta fuerza, « pero es que también me viene Fito con esas pendejadas a esta hora de la mañana ».

Aquella mañana, la partida fue para Schwarzenegger y Fito Páez, ninguno fue rozado por la rabieta de Emilio. En cambio él cojeaba e iba tarde para el trabajo. Pero de ninguna manera había tirado la toalla.

¿Qué te ha parecido?
Increíble (0) Interesante (0) Asqueroso (0) Malísimo (0) Normal (0) Idiota (0)