Formas de llegar tarde levantándose temprano IV: Por una paloma muerta
Formas de llegar tarde levantándose temprano IV: Por una paloma muerta
Eran las ocho y diez de la mañana, el aire comenzaba a hacer bailar las bolsas ambulantes que los transeúntes habían dejado caer al regresar del mercado. Las personas avanzaban frenéticas como si fuesen atletas, que al sentir la cercanía de la entrada del metro, acelerasen el paso tratando de ganar unos segundos al cronómetro. El pequeño carro del ayuntamiento pasaba ya recogiendo los primeros cadáveres de basura del suelo y Gustavo los miraba, hundido en el ritmo de una canción de hip-hop que se materializaba en los audífonos de su reproductor de MP3. No podía evitar mover ligeramente la pierna mientras la voz del grupo Nick Ta Mère lo llenaba de energía suburbana con bases de sintetizador.
El tranvía se acercaba, deslizándose por los rieles como una gran serpiente, y él se preparó poniéndose de frente al que sería el lugar de llegada de los vagones. Fue entonces cuando un sonido seco percutió el suelo cercano a sus pies, haciéndolo mirar hacia el suelo, a pesar de estar aislado en su música. El cuerpo de una paloma yacía sobre la rampa de acceso a escasos cuarenta centímetros de él. Era una paloma cualquiera, con plumas ligeramente tornasol y una escala de grises tapizando sus cuerpo. Gustavo la miró de la cabeza a los pies. Los ojos estaban abiertos, y el cuerpo, estaba recostado sin hacer ningún movimiento. Llegó hasta las patas y descubrió que una ellas carecía de falanges. Parecía el muñón de un cojo. Gustavo sintió un poco de asco al ver la piel rojiza, ligeramente rosada, y la textura rugosa de la piel del ave. El tranvía estaba frente a él, y despertando de un pequeño letargo, se acercó a la multitud que impedía la salida de los pasajeros que bajaban en aquella estación. Se dió cuenta, entre los gritos, reclamos e insultos de los que quería bajar y que eran detenidos por pasajeros demasiado impacientes, que sería imposible subir a aquel tren y regresó cerca de la paloma.
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¿La va a dejar ahí? – preguntó una mujer negra de caderas enormes que portaba un vestido de flores que cubriría una cama de una plaza.
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¿Perdón? – respondió Gustavo quitándose los audífonos que le impedían comunicar con el mundo de los sonidos.
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La paloma, ¿la va a dejar ahí? – repitió acercándose hacia él.
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Pues, sí. No es mía – espetó con un tono de adolescente rebelde que no era; escondiendo su desconcierto por la situación.
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No sea ingrato – le dijo la mujer, quien le hablaba de frente, haciendo explotar un aliento a carne cocida en la cara de Gustavo. Agárrela y llévela a un jardín. No la deje ahí tirada para que las personas la pisen.
Mientras la mujer seguí hablando, él pensaba en lo que diría a su jefe para explicar su retraso. « Las plantas no esperan », solía decirle su patrón en esas circunstancias; « a las plantas, hay que darles de comer y de beber a tiempo, si no, no estarán listas para ser vendidas. Esto es un negocio, no un hospicio ». El huerto de agricultura orgánica, donde trabajaba Gustavo, se encontraba a escasas cinco estaciones de su casa. Pero a Gustavo no le gustaba caminar; era mas bien regordete y sus pies se fatigaban rápidamente, a fuerza de cargar su cuerpo grueso de piel negra y brillante. Una vez más tendría que inventar alguna excusa. «El jefe la trae conmigo », explicaba Gustavo a su madre casi todos los días, « dice que por ser el más joven debo tener más energía, pero cómo quiere que mucha tenga energía si peso el doble que él y no me da el tiempo suficiente para comer bien. ». Tenía diecisiete años aquella mañana en que la paloma se postraba frente a sus pies sin que él pudiera evitar verla. Había abandonado el bachillerato « porque los estudios no eran para él »; y desde entonces había probado una decena de empleos que nada tenían que ver los unos con los otros. Se aburría con facilidad y eso lo llevaba a cambiar. « Soy joven », argumentaba ante su madre, cuando esta le cuestionaba su falta de perseverancia.
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Pero, ¿con qué la voy a levantar? – respondió Gustavo ante la petición de la mujer.
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Algo se le va a ocurrir – respondió ella y se perdió entre el hormigueo de las personas que al fin había logrado entrar al tranvía.
Gustavo quiso responder algo, pero la mujer se había ido y lo había dejado frente a la paloma que le parecía cada vez más repugnante. Miró el reloj y se dio cuenta de la inminencia de su retraso. Calculó el tiempo que le tomaría llegar al trabajo si hubiese subido en el tren que ya se había ido: el resultado fue una mentira. Sacó el teléfono portátil de su bolsillo y marcó el número de su jefe para mentir. Dijo que estaba en el tranvía que lo llevaría con una hora y diez minutos de retraso. No sabía por qué mentía, por qué no confesaba que había dejado pasar el tranvía en el que decía que ir y el retraso no sería menor a dos horas. Colgó el teléfono y miró a su alrededor para ver si alguien había escuchado la conversación con la señora africana. Pero nadie lo miraba, todos estaban absortos en la lectura de diarios gratuitos que vagabundean por toda la ciudad. Pensó en irse, en regresar a casa, como en una cinta de video al revés, hasta llegar a su cama y dormir. Estaba a punto de dar media vuelta cuando vio, frente a él, en la parada que llevaba en la otra dirección, a la mujer de vestido florido que le sonreía.
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¡Ah, ya sé! – gritó la mujer, atrayendo la atención de todas las personas que esperaban en tranvía. Pensaba irse y dejarla ahí. ¿Qué le cuesta llevarla a los arbustos de ahí atrás?
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Pero – dijo Gustavo, como un niño que es sorprendido a mitad de una travesura, y después se quedó callado, hundido en una vergüenza insospechada. La, la voy a recoger – balbuceó Gustavo mientras unas ganas infinitas de llorar le venían desde las entrañas.
Qué culpa tengo yo de que una paloma haya caído del suelo. Maldita señora, qué le importa; y si tanto le preocupa, por qué no la recoge ella. Y todos ustedes, gente aburrida, por qué no dejan de mirarme. La señora sonrió cuando lo vió buscar con la mirada a su alrededor, suponiendo que estaría buscando algún objeto para levantarla. Los demás protopasajeros se engancharon a sus movimientos con la misma mirada aferrada que dirigen al televisor, ávidos de sucesos. Bola de chismosos. Ojalá no tarde el tranvía para que se los lleve. Gustavo encontró una bolsa de plástico, y al agacharse para recogerla, no pudo no ver el reloj. Suspiró y pensó en que la mentira que había dicho era doblemente mentira. Las miradas seguían pendientes de sus movimientos y el tranvía no llegada, ni de uno, ni del otro lado. Se acercó a la paloma, puso la bolsa plástica sobre su mano y sintió algo inesperado: el calor del cuerpo estaba aún sobre el plumaje, irradiando energía al viento de lo que otrora fue vida. Las plumas brillaban igual que cuando volaron en otro tiempo. La señora sonrió cuando vió a Gustavo levantarla con cuidado. Puta madre, se siente raro. El cuello de la paloma se torció hacia el borde de la palma de Gustavo como si descansara sobre ella. Los propopasajeros de enfrente se volvieron pasajeros y desaparecieron llevándose entre ellos a la mujer del vestido florido. Y ¿qué hago ahora con ella? Está muy blanda. Se siente raro. ¡Joder!
Mientras se alejaba, volteó hacia la estación y encontró sonrisas que no pudo menos que responder. Sonrisa con sonrisa se paga y Gustavo se alejó caminando, sin sentir sus pasos, como si flotara en una felicidad enorme que casi apenas cabía en su pecho. ¿Qué voy a hacer con ella? El tranvía que lo llevaría al trabajo con dos horas de retraso, se fue sin él, pero él, no pudo dejar a la paloma y la llevaba a pasear, por última vez, por la ciudad antes de cubrirla con la hojarasca de la sombra de un árbol en un parque público.