Fumar cannabis en París

Fumar cannabis en París

Un lugar seguro para fumar sin ser molestado. Es fácil de encontrar, pues se halla en cualquier parque, en cualquier calle poco transitada, en el ángulo muerto desde el balcón que se forma al pie de un monumento erigido con gran altura. ¿Por qué hay que esconderse? La policía. Los gendarmes, la guardia, los soldados, ¡la hostia de gente! Todo armados con pistola para protegernos de los demás y de nosotros mismos. Sin saberlo, Pavel el Chilango Cabrón Culero y yo, éramos peores que los asesinos en serie, los maridos maltratadores, los proxenetas de más baja calaña y los traficantes que manejan volúmenes cuantiosos de cifras con demasiados ceros para permitir dormir a cualquier tipo de fuerza del orden con un mínimo de conciencia.

Sólo nos fumábamos unos petas. Y puede ser que los hubiéramos acompañado con unas chelas (seguro) o que yo hubiera hecho algún comentario obsceno acerca de alguna de las féminas que se abrían como flores a la llegada de la primavera, con cuyos pétalos me secaría el semen después de una inmensa corrida para después mearme en sus raíces y pudrirlas. Es decir, que en cuanto a lo que a la sociedad respectaba, no representábamos ningún peligro serio ni debiera asignarse a nuestra custodia más de un agente por cada mil individuos como nosotros.

Sin embargo fueron seis. O siete, o un millón. Todo eran uniformes y una demostración de poder, que eclipsaba a todos los que estaban sentados en el prado, a más de cincuenta metros. -Lo puedo jurar, señor agente. Ni siquiera una ventosidad de Pavel molestaría a nadie a esta distancia, ¿cómo podría hacerlo un canuto con maría mojada, que casi ni siquiera coloca?- La cuestión era que fumar cannabis no está permitido en Francia, y que, según el que más mandaba de entre aquél grupo de payasos -véase, policías-, nos obligó a agradecer el hecho de que no nos llevara a la comisaría. -Merci, Messieurs-, como si nos hubieran permitido el comer postre el resto de la semana, en lugar de robarnos tiempo y dinero, al encasquetarnos unas cuantas horas en prisión preventiva y quién sabe si una multa exorbitada para aquellos en cuyos bolsillos campan los céntimos espaciosamente.

Dejamos el parque de Buttes Chaumont como el que desenvuelve un caramelo para chupetearlo en clase, sin hacer el menor gesto o movimiento con la boca, que lo señale como culpable. Tal vez ni siquiera nadie se hubiera dado cuenta de lo que fumábamos. Quizás aún de haberlo sabido, no les hubiera importado. Sin embargo, la ley nos aplastaba como una bota gigante que se ensaña con una hormiga, deteniéndose a instantes antes de machacar contra la calzada nuestro esqueleto. Sólo nos quedaba una alternativa. Debimos ir a visitar al jamaicano. Uno de esos jamaicanos arquetípicos que venden hierba en una gran urbe en la que sólo están de paso unos años. Nos volvió a cobrar, por la hierba que los oficiales nos hicieron destruir pisándola contra el césped, o como dirían los mexicanos “el pasto”. Aunque nos la hubieran quitado de nuestros bolsillos, ningún cuerpo policial consiguió sacarla de ese otro mercado ilegal que abunda en la calle.

Días después, en Amsterdam, no he sido capaz de sentirme seguro. Barruntaba que en cuaquier momento las fuerzas del orden vendrían a censurar mi práctica. Pero os juro que ni siquiera la gente me miraba raro. Os aseguro que existían cartas con listas de precios por gramo para cada una de las variedades cannábicas conocidas. El porro era el emblema bajo cuerda de un país que presumía de tener un menor porcentaje de fumadores de hierba que Francia. La prohibición no le interesaba a una alianza férrea entre gobiernos y narcotraficantes. ¿A cuánto asciende la multa, por vivir engañado proporcionando dinero a quienes nos oprimen por sus propios intereses? ¿Y a quién habríamos de cobrársela? Seguramente nos acabaríamos enredando en la burocracia antes de dar con el responsable.

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