Reencarnación

Reencarnación

« Era duro pensar en el momento en el que el martillo

golpeara los clavos sobre la madera verde

y crujiera el ataúd bajo la esperanza segura de volver a ser árbol. »

Gabriel García Márquez

Ahora que está en el pueblo donde creció, para ver a su padre convaleciente, los lugares le parecen lejanamente propios, y pensó, como cada vez que regresaba, que casi los había olvidado. A pesar de que había pasado una buena parte de su infancia en aquel lugar golpeado sin clemencia por un sol que partía la tierra, los paisajes se le habían caído de los ojos con el ajetreo del periférico en hora pico de la capital.

Miranda y Julio, su esposa e hijo, esperaban en la sala tristemente vieja, sentados sobre sillones de terciopelo verde, pulidos por los años hasta dejar ver los primeros resortes. Del otro lado la puerta, mientras escuchaba a su padre hablar, él recorría en su cabeza el camino que lo conduciría inevitablemente a pedirle a Miranda que participase en la senilidad de su padre; la petición no había terminado aún; pero algunos minutos más tarde, estaba ahí, flotando y esperando ser recibida por su hijo. Se trataba de una obligación humana, cumplir la última voluntad de un moribundo al pie de la letra. Era lo menos que esperaba de él, al menos a él, como hijo, así le parecía que debía lo consideraría su padre.

El viejo terminó de hablar, habiendo explicado, con una voz debil, de pulmones carcomidos por el tabaco, las razones de su última voluntad. Él, hijo olvidado por voluntad, que había tomado el primer autobús que pudo pagarse, para poder así poder inventarse la historia que era su actual vida citadina, debía ahora hacerse cargo de un padre que tardó veinte años en perdonar su partida; que prefirió vivir en la miseria con tal de no aceptar nada de su bolsillo. Veinte años de culpa, de tristezas recurrentes, de tener un cuerpo desprovisto de historia, de pasado, y que le dolió hasta que pudo volve cuando su padre se quedó solo y lo llamó a su lado.

Miranda alzó la voz y él comprendió que debía dar una explicación. Hasta entonces no había aceptado la tarea; había hecho sólo lo que había considerado necesario, escucharlo hablar, sin poder decirle que una parte de él lo odiaba. La voz de Miranda volvió a romper el aire y se escuchó, al mismo tiempo, el sonido rasposo de los neumáticos de un auto sobre la tierra, anunciando, entre el silencio del pueblo, que alguien había llegado. Pensó en salir huyendo; aprovechar la distracción de su padre que se preguntaría quién había llegado, y coger las cosas, llamar a su familia y volver a la casa del DF. No importaba que acabaran de llegar. Se abrió la puerta y se escucharon voces en el otro cuarto, la madera es extremadamente permeable al sonido, era su primo Luis que venía a despedirse de su padre antes de partir de nuevo hacia los estados unidos. La madera es muy permeable, volvería más tarde y se le oyó salir y alejarse en un automóvil.

Su padre tosió y le buscó la mirada, tratando de adivinar una respuesta en su rostro impávido, en su cara de embotellamiento y oficina, gesto de quien no olvida aún la racionalidad cotidiana. Pero la mirada perdida de él no le veía, al contrario de la de su padre, quién no hacía más que mirarlo, tratando de asir algo del hijo a quién había lanzado piedras para que no volviese, en uno de sus intentos tempranos por volver como el hijo exitoso. El viejo desistió entonces y se acomodo con dificultad, haciendo salir una exhalación del colchón que desató un aroma a cama percudida y polvorienta, explosión de aire que hizo erupción en una lluvia de estrellas cenicientas que se encendieron con la luz que penetraba a través de las maderas irregulares de la cabaña de dos piezas.

Miranda se preguntó, desde la primera vez que fue al pueblo, cómo habrían hecho para llevar una sala hasta un lugar tan alejado, antes de que se trazara la carretera sin pavimento. Pero nunca tuvo la audacia de preguntar; por eso le desagradaba ir a ese lugar, nunca se sentía en confianza, porque no quería parecer pretenciosa, y aunque él le dijo que su familia vivía así porque quería, y que si comentaba algo que tuviese que ver con su vida de la ciudad, no habría problema, ella no lograba trenzar ninguna conversación.

Había pulgas en la cama, los perros entraban a la casa, no había estufa, los cubiertos estaban sucios y los platos llenos de polvo mal enjuagado y ceniza del fogón. Todo tenía una capa de todo lo que ella no era.

En cada situación en la que se sentía incómoda, volteaba a ver a su esposo y le preguntaba con la mirada « ¿qué hago? »; pero él no tenía cabeza para ella cuando iban a aquel lugar, lejos de cualquier camino pavimentado. Entonces ella debía improvisar, hervía el agua sin pedir permiso, lavaba a escondidas los platos y cubiertos hasta que le parecían los suficientemente limpios; y los colocaba en la misma posición en que los había encontrado. Prefería alejarse entre la hierba del monte para poder cagar, en lugar de utilizar aquella letrina a la cual no podía acercarse por miedo a vomitar, a causa del aroma fétido que se extendía hasta un radio amplio por falta de cal.

Pero él no se daba cuenta de nada de eso; se perdía como si entrase en una nube de contemplación. Durante el camino, antes de llegar, siempre comenzaba una especie de metamorfosis; se le endurecía el ceño y hablaba con una voz más ronca.

A pesar de la seriedad con la que se atrincheraba frente a su padre, siempre acababa durmiendo tranquilo, como no lo hacía en la ciudad. Se limitaba a hablar para lo estrictamente necesario, como preguntarle a su padre si tomaba sus medicinas, o cuándo había sido su última visita al médico, pregunta ante la cual cual su padre espetaba un « déjame morir tranquilo », que clausuraba cualquier interrogatorio.

Durante los viajes al pueblo, las caminatas por el monte que llevaba hacia un cementerio abandonado, donde los huesos escurrían con la lluvia, eran la única escapatoria para volver a ser la familia que eran. Cada año era proporcionalmente lo mismo,el paisaje árido que en otro tiempo fue bosque, y que cada año eran más laderas deslavadas por la falta de árboles. Pero era paisaje al fin, porque el desierto también se vislumbra para relajar el alma, aunque haya sido a costa de la devastación, y de unos árboles comprados por centavos a campesinos como su padre, frente a cuyos ojos el paraíso se degradó hasta dejar miseria y tierra que derrumbaba a sus muertos de la ladera donde debían descansar; y los hacía pasar frente a sus ojos impotentes, durante los días de lluvia que llevaba a los viejos con rumbo a ninguna parte.

Los antepasados se han ido por vergüenza, tomaron sus huesos y de dejaron llevar por la corriente, cuando vieron que lo que ya era hambre, se convertía en el timo de unos pesos, que transformaron el bosque de pinos, donde reposaban los que fueron, en mesas de centro para una casa de la ciudad, en un escritorio para el director de una empresa de electrodomésticos y el parquet de una casa en California.

Él también se fue por pena y por hambre. Pero su padre seguía ahí, y ahora le pedía que le ayudase a anclarse a la memoria de él, como un huevo intangible, y que le rogaba también que lo comunicase a su hijo y a su esposa, para que a él, viejo perdido en el fondo del pueblo, no le suceda lo que a los muertos deslavados. Era dar patadas de ahogado para que el olvido no lo engullese. Sin embargo, él no podía ignorarlo, deseaba no escucharlo pero estaba ahí, mirando una silla de carrizo y un ropero que podría derrumbarse en cualquier correr de puertas.

Algunas veces, sobre todo los primeros años de universidad, cuando ya podía pagarse la vida y había aprendido cómo funcionaban los trabajos de medio tiempo, sus compañeros llegaban a sorprenderlo en recuerdos de hambre, de comida compartida y baños en el río, inspirados por algún aroma o algún silencio que traía de vuelta el pueblo. Pero él evitaba a toda costa contar esa parte de su vida a quien fuese. Se había inventado una historia, una tía que le ayudaba, que le mandaba dinero. Nadie hacía más preguntas y él aprendió a vivir con una mentira, para evitar apropiarse de la pobreza, huía de ella; quería sacudirse los recuerdos y pagar una consciencia tranquila con las monedas que ofrecía a su padre. Sin embargo, este nunca lo soltó por completo, porque si hubiese aceptado el dinero, a pesar de que hubiese vivido mejor, hubiese roto el lazo con él. El viejo sabía que si hubiese aceptado su ayuda, él se habría ido definitivamente. Por eso los desplantes, el ruego, la negociación. Pero nada logró doblegar la voluntad durante los cuarenta días que duró la visita satánica del hijo para tentar a su padre-Jesús. Nada doblegó el abnegado rechazo de su religioso padre, quien terminaba cada achaque con un « si no fuera por la virgencita », mientras repetía que no, que no necesitaba su dinero, que vivía muy bien y que si nada más había venido a preguntarle eso, ya había pasado mucho tiempo en su casa.

Cuando la compañía telefónica cubrió, a través de un nuevo satélite, aquella zona rural, él insistió en que aceptase un teléfono celular. Y se convenció ingenuamente de que su padre lo aceptaba de buena cara, aunque fuese sólo por curiosidad. Esto le facilitó su figura de hijo, pensaba que ya no sería necesario que fuese a verlo, bastaría con preguntarse cómo se encontraba, coger el teléfono y franquear la distancia con un botón; para, sobre todo, calmar su consciencia que, absorbida entre planos, facturas y llamadas telefónicas; salía a la superfice por un momento, para recordar que había sido un mal hijo, y al mismo tiempo, tratar de convencerse de que no era así llamando a su padre.

Pero su padre no le facilitó la tarea y dejó sólo a dos llamadas iluminar, con su luz ultramarina, la madera grisasea de su habitación, apagando a todos los grillos con el sonido de Nokia; dos brillos que le aseguraban que su hijo estaría del otro lado. Deseó coger el teléfono, recibir la llamada como una voluntad sincera, y disculparse, como siempre quiso hacerlo, sin lograr nunca romper la nuez del orgullo que le atravesaba la garganta en cada visita de él le hacía; eso y el miedo de perderlo completamente, de que se sintiese libre, y de que esa libertad incluyese vengarse de él con el olvido, con el frío olvido de la muerte anónima en la pobreza.

Por eso rompió el artefacto, lo decapitó como a un verdugo en la piedra donde se cortaba la leña en otro tiempo, cuando había quien la cortase; separó de un golpe certero la pantalla donde brillaba el número de su hijo intentando llamarle. Lo dejó sonar tres veces, como si le diese la oportunidad de arrepentirse, de retractarse por tratar de llamarlo en lugar de ir a verlo. Tres veces brilló la luciernaga frente al verdugo, y entonces dió el golpe capital que apagó la luz y convirtió al celular lo que era, un pedazo de plástico y metal que nada tenía que hacer en un lugar donde las estrellas aún reinaban.

Alguien tocó a la puerta. Era Miranda que quería saber si todo estaba bien. Él mintió, dijo que sí, pero en realidad se sentía terriblemente confundido por las palabras de su padre. Estaba viéndolo morir, esperando, al fin, poder despedirse de él, perdonarlo desde la parte superior de una tumba, acomodarle unas rosas, limpiar los restos de tierra sobre la lápida, para poder irse y entonces no volver más. Pero él no quería dejarlo ir, y además pretendía extender su miedo a la muerte hasta su esposa e hijo. De todo el asunto, lo que más trabajo le costaba era imaginarse a sí mismo diciendo a Miranda que su padre quiere que lo entierren en el jardín de su casa, y que coloquen dos manzanos, para que las raíces lleguen hasta su médula y lo conviertan en manzana; pero es sobre todo, su voluntad de que se coman las manzanas. Él argumentará que se trata de su última voluntad, pero será en vano, él conoce a Miranda y sabe que ir al pueblo es lo más que haría por él.

Rumió por un instante la idea de mentir, de enterrar a su padre a escondidas y cumplir su deseo de seguir viviendo en rojas manzanas dulces que su familia degustaría cada año. Volteó a ver a Miranda, quien no parecía convencida con la primer respuesta, para decirle que todo estaba bien, pero que ella y Julio, debían regresar en autobús porque él iba a llevar algunas cosas hacia la ciudad con el auto. «Sus pertenencias », dijo, e hizo un gesto que daba a entender a Miranda que el viejo estaba un poco loco. Ella puso cara de haber comprendido y no hizo más preguntas, se despidió de la tía que vivía en la casa contigua y esperó para que él los llevase a la estación. Salía huyendo justo como él había deseado hacerlo. Se despidieron y ella le dijo que manejase con cuidado, él asintió, los besó y volvió al lado de su padre hasta que él se apagó en la cabaña que había construido con sus manos.

Cinco años después crecieron las primeras manzanas, y en la casa, donde siempre calienta el sol en el pequeño jardín, el verano es formidable, y los frutos, tendrán todo el sabor de la reconciliación.

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