Reflexiones en un banco del parque
No es el mejor momento para increparme.
Hace poco que me desperté confuso, con dolor de cabeza. Sobre la mesita de noche un reloj de agujas marcaba las cinco y media, pero ignoraba si eran de la mañana o de la tarde.
Es lo que tiene el espid. Una resaca tremenda que aunque en el momento en que lo ingieres te parece desdeñable, luego da paso a un arrepentimiento y propósito de enmienda sinceros que se mantienen firmes hasta la próxima vez que te plantan ese polvo ante la cara.
Hoy -o ayer, o mañana, no sé cuál es el término exacto-, sin embargo la migraña estaba mitigada por una satisfacción personal de procedencia fácilmente intuible.
Cuando mis ojos se habituaron de nuevo a la luz y la vista comenzó a ser más nítida, me di cuenta de que había pasado la noche con una tía que no me inducía al vómito y con la que con total seguridad había follado hasta la extenuación. Los arañazos que exhibía en su torso y las agujetas que me aquejaban las caderas eran síntomas inequívocos.
Siempre es reconfortante ver que el azar juega a tu favor: Otras veces me he hallado en idénticas circunstancias, pero al lado de una gorda sudorosa y de dentadura podrida.
Me gusta esto. Tanto, que ya no sé vivir de otra manera.
Salir por ahí a las tantas, beber, ponerme hasta el culo y practicar sexo deshinibido con la primera que se me ponga a tiro. Quizá haya otros modos de conducir la frágil existencia humana por diferentes derroteros, aunque francamente; no me veo como un empollón universitario, un padre de familia ni el frutero de al esquina.
No estar pendiente de la nómina, ni del paro, ni de las facturas, sino simplificarlo todo al máximo exponente. Tal que consumir cocaína pura: Todo el placer de un solo golpe recorriendo tu sistema circulatorio, cambiando el tamaño de tus pupilas y dándote una sensación de bienestar y complacencia tan auténtica como esa del padre que recibe un boletín de notas lleno de sobresalientes, de la mano de su hijo o la del especulador que consigue un 60% de plusvalía con la venta de un inmueble.
Mi sola meta es obtener todo el gozo posible en cada uno de los instantes cuya concatenación constituye segundos, minutos, días, semanas, meses años, lustros, décadas, siglos, milenios y la historia.
Hay que reconocer que se me da bien: Los trapicheos me dejan pasta, y con la pasta compro drogas o simplemente lo que quiero. Con estupefacientes y pasta, las mujeres de mi gusto, caen rendidas ante estos pies.
Para terminar, he de añadir que nada de lo que le he contado, señora, es verdad. No obstante, considérelo la próxima vez que decida llamar drogadicto a alguien que se fuma un porro tranquilamente en un banco del parque.
21 Julio, 2007 a las 9:50 pm
vaya, veo que te han llamado la atención por el porrito…por eso no fumo ni tabaco de liar aquí en España, porque paso de que alguna vieja lo confunda con hierba y empiece a darme la murga U_U
26 Julio, 2007 a las 12:22 am
Realmente bueno…