Perico y Scottex XVIII- Restaurante para vegetarianos
Viendo aquella larga cabellera, ora en la espalda, ora reposando en el lado izquierdo del cuello; me pregunté si aunque fuera ocasionalmente, había conseguido algo. Las calificaciones escolares, los trabajos, el conocimiento, los amigos y la más alta meta imaginable; se me antojaron como la cáscara reseca de una fruta podrida que llevaba una vida mondando.
Ya no sabía qué hacía allí, en una sala con tanta gente. ¿Era una reunión? ¿Un examen teórico para obtener el permiso de conducción? ¿Se trataba acaso de una exposición de maniquíes entra la que sólo existía un ser viviente?
Me olvidé de todo, y decidí ir a un buen restaurante, a fin de regalarme el paladar.
-Buenas tardes, caballero. ¿Es usted vegetariano? Si es así, estupendo, porque hoy tenemos pierna de cordero, chuletas de cerdo, solomillo relleno, entrecot de ternera, bistec con pimienta verde y pato a la naranja.
-¿Y de postre?- Pregunté.
-De postre sólo tenemos una manzana, y está reservada a otro cliente.
Genial. Como la vida misma.
Entonces me paré, ante el sueño de un vegetariano hecho carne. Era una criatura deliciosa, de olor y aura inigualables; que además, movía los labios, permitiéndome escucharla y sin que nadie más aparte de mí lo hiciera. Di un vistazo alrededor y en aquél instante, nadie más la miraba; de modo que voz, labios, ojos, labios, cuello y todo su ser, me hicieron gozar hasta tal punto, que resultó imposible algo distinto, más que un entusiasmo y nerviosismo mal disimulados; propios más del niño que abre su regalo de reyes, que de un adulto.
Fui tan feliz… Lo fui tanto; y os juro que por primera vez, durante unas décimas de segundo, consideré que me bastaba ser una pieza más del mobiliario de su día a día o un ser inocuo con tal de poder almacenar semejantes emociones, cual hormiguita que recoge alimento para una estación hibernal infinita.