La vida es un libro
Cuando todos se han ido, yo me quedo unos días más. Ya no están mis compañeros de piso, ni de facultad; tampoco conozco a nadie más aparte de los dueños de los comercios que visito casi diariamente y con los que por supuesto, no mantengo una relación con ellos que vaya allá más de lo estrictamente laboral. Me atienden, porque es el modo que tienen de comer cada día, pagar la hipoteca o pagar los estudios de sus hijos.
Estoy sólo, en el piso en el que he vivido durante todo el año. Me gusta sentarme en el sofá, en medio de un silencio absoluto, observar el polvo e ir a la cocina. Recojo las últimas chucherías de dentro del compartimento del mueble largo y elevado sobre la hornilla; por primera vez no pienso en lo perentorio que se hace darle una limpieza. Lleno por última vez mi botella de agua, esa que tenía para no ensuciar mucho.
¿Y qué he he hecho este año? Bueno, he vivido aquí; eso es obvio. Un piso amplísimo, céntrico y a un precio espectacular. Tuve mucha suerte encontrando esta ganga. Fumo un cigarrillo de la risa y echo la ceniza al suelo.
Mi vida es como una novela que no gusta desde el principio; a medida que paso las páginas, espero por que surja un nuevo personaje, la trama se vuelva divertida o me invada la intriga.
Las hojas van quedando atrás, y con cada hoja, se produce el deceso de una esperanza de cambio. Todo va a seguir igual, todo va a seguir igual, me digo. Pero al no creer en el inductivismo, decido esperar un poco.
Los malos libros de nefasto ingenio y peor escritura, jamás comienzan bien ni se enmiendan a lo largo del hilo de la historia.
9 Julio, 2008 a las 10:53 pm
El libro puede tener un final feliz