Perico y Scottex - Capítulo XIX El Etarra haciendo el amor

-Vuélveme la cara, que me da igual. Pero bájate las bragas. Quítatelas y yo me ocuparé del resto. Ponte a cuatro patas. Si de verdad quieres el contenido de esta bolsa gime, pedazo de puta.
Me encanta hacerlo sin condón y correrme dentro. Chúpame un rato la polla. Más rápido y cuidado con los dientes. ¡Te he dicho que tengas cuidado, farlopera de mierda!- Y de un puñetazo, la apartó.
Una joven de veintipocos años, con la ropa interior rota: Las bragas con un pernil roto, el sujetador al que El etarra arrancó el cierre brutalmente; caía dolorida, al suelo de un cuarto de baño lleno de orina y semen, hediondo.
Se fue sin darle nada y la dejó llorando. Ciempiés y Saltam ontes entraron para violarla. Los porteros los sacaron a hostias. Alguien llamó a la policía, pero cuando los agentes llegaron, nadie sabía nada. Sólo quedaban en el tuburio cuatro cocainómanos que ya se habían metido la última raya; un montón de borrachos y ni resto de la violación. Los porteros se limitaron a echar a dos niñatos, pues no tenían competencia para ello, ni ganas de hacer ninguna otra cosa.
Perico que andaba por allí, se había ligado a una holandesa de erasmus, bastante gorda por cierto; y ambos estarían entregándose a los escarceos amorosos en algún piso de estudiantes alquilado.

La vida parecía que era menos mediocre, en el espesor del ala de una mosca, o quizá incluso un poco menos. O en cualquier caso, así fue hasta que alguien llegó desde Nueva York al aeropuerto de Barajas. Alguien que lo llamó, porque no conocía a nadie más en el barrio, o quién sabe por qué.

-¡No me puedo creer que seas tú! ¿Cuándo has vuelto a Madrid? ¿Vives en el mismo sitio?
-Ah… Pues bueno, yo qué sé… Cuando a ti te venga bien. Sí… Mañana está bien. Vale, un beso. ¡Nos vemos!

Scottex movía el rabo, sobre la alfombra. Si deseaba alguna chuchería que lo transportara al paraíso perruno, este era el momento de demandarla.

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