Perico y Scottex - Capítulo XXIV
Odiaba las moscas y una se le acababa de parar en mitad de su despoblada frente. Esperando la puerta de la boca del metro, en pleno mes de julio. Recordó lo que su padre le decía cada vez que veía que una se le posaba: “¿Has visto? Una mosca. ¿Y sabes dónde van las moscas? A la mierda. Eso es lo que tú eres.”
Aquellas palabras, independientemente de su intención; que nadie acertaría a decidir, hundían un autoestima ya de por sí baja y hacían mella, en el estado emocional de un adolescente, que por su propia naturaleza no suele tender a la estabilidad.
No se encontraba bien entre la gente. A veces su madre lo había mandado a hacer una pequeña compra, en una de estas pequeñas tiendas de barrio; y él, en la cola, mientras era su turno de ser despachado, se empezaba a poner más y más nervioso hasta el punto de irse sudando, maldiciendo su manera de ser y de sentir. Cuando llegaba a casa, decía a su madre que había olvidado hacer el recado y soportaba estoicamente una reprimenda.
Al igual que las plantas, las personas también tenemos raíces; una cepa, un tallo, hojas; Perico, tenía las raíces podridas, orugas en el envés de todo su follaje y droga en lugar de savia bruta ni elaborada, circulando por sus vasos leñosos, que constituían un tallo cada vez más escuálido. Sin el apoyo de nadie y con el agravante de la cocaína, se podría decir que sus habilidades sociales no eran las mejores. Transmitía inseguridad, se le trababa la lengua.
Todo aquello por supuesto, había quedado superado en sus primeros años de edad adulta; mas ahora, aguardaba un acontencimiento importante. Por las escaleras, de un momento a otro, iba a subir Adriana.
No importaba de cuántas maneras imaginara sus ropas, su cara o su pelo; siempre lo sorprendería con una en la que no se le hubiera ocurrido pensar. Pero sin embargo no disfrutaba el momento, se hallaba incómodo, ansioso; listo para asestar un nuevo golpe, encajándolo. Tenía claro que todo iba a ser un recordatorio y ni una vaga esperanza le dio motivo para la alegría con la que había guardado este momento. ¿Qué cabía contar que ocurriría, después de tantos años? ¿Un par de besos, vaya cómo has cambiado, quizá algún par de comentarios simpáticos?
Había malogrado su vida, siempre en la búsqueda de cosas que sabía que no iba a concebir. ¿Realmente lo animaba fijarrse cimas tan altas? Siempre había sido una cruz, esa perfección a la que aspiró durante toda la vida. Perfección que sólo encontró sucedáneo en el polvo de ángel y otras muchas sustancias que alteraban la química de su organismo. Nunca se conformó con acabar los deberes de primeria, menos de tres días antes de la fecha de entrega. Eligió personalmente cada uno de los libros que se acumulaban en la estantería de su cuarto, en cuya primera página, siempre escribía alguna frase ingeniosa que hubiera inventado u oído últimamente, su estado de ánimo y a pie de página, su firma, junto con la fecha en la que lo leía; lo cual posteriormente, siempre se figuró que le serviría para ver qué corrientes ideológicas lo habían influido en cada etapa de su vagar por el mundo.
No podía quedarse allí. ¿Cuánto le iba a costar superar la posterior depresión? ¿Qué iba a ganar con ello? Debería de haber dicho que se equivocó de número el día que lo llamó por teléfono.
Corrió y corrió, a lo largo de una acera de una calle por la que había pasado centenares de veces y que ahora no reconocía. Tiró el móvil a una papelera que estaba de camino, por miedo a que sonara; por miedo también a que no lo hiciera. Tocó al timbre del portero. No podía creerse que estuviera allí.
Sólo restaba poner la mejor cara posible, adentarse y suplicar a aquél indeseable.
-¡Hombre, Etarra…! ¡Cuánto tiempo!- Dijo Perico con toda la efusividad que supo disimular.
-Ya te digo, Perico. ¿A qué se debe el honor de esta visita? ¿Le pica la nariz o algo por el estilo?
-Qué dices, hace tiempo que ya no le doy al tema.- Y se preguntó si sus palabras tenían convicción para que una tercera persona se las tragara. Llevaba sin material desde hacía tres días. No tenía ni un duro hasta que los del supermercado le pagaran el siguiente sueldo; el cielo de colombia era caro y volar en él a toda pastilla no era un lujo al alcance de un mileurista, por suerte para la Sanidad Pública.
-Bueno, pues yo me iba a pegar una loncha. ¿No te animas entonces, verdad? No quisiera que recayeras por mi culpa.
-Bueno… Si es una pequeñita… Hace ya tanto que no me meto, que no creo que me haga mal…
-No, no; tú te has quitado. Me las meteré yo las dos.
-Venga ya, no seas hijo de puta; ¿te las vas a meter delante de mí sin dármela?
-¡Ja, ja, ja! Eres un puto enganchado. Y lo peor es que ni tan siquiera tienes guita para pagarte la mandanga. Pues yo te invitaré a una rayita, hombre; no soy un pobre de mierda, ni un agarrado como tú. Pero eso sí, tú esnifarás de la farlopa de los pobres; de la que se vende en la calle. No estás acostumbrado a la calidad. Así que toma, aquí tienes - graznó, mientras le tendía un minúsculo envoltorio de plástico transparente, cerrado por un alambre-.
Perico, odiando con todo su corazón a aquél supuesto amigo -¿¿amigo?? ¡Amigo! ¿De verdad tendría que ver algo la amitad con ese tipo? ¿Alguna vez habría sido amigo de alguien?-, que le daba de la misma mierda que vendía, por el mero placer de seguir viéndolo adicto, y ver hasta dónde era capaz de degradarse. Aliviándole el vicio por unos instantes; para luego sufrir la abstinencia con creces; hasta que la adicción lo volviera a empujar al robo, a la expulsión de casa….
¡No! Son sólo un par de rayas a costa de este mamón. Para superar el bajón por mi cita no frustrada, pero suspendida; que tampoco era cita y que quizá hasta se le había olvidado a Adriana.