Inmortalidad a un módico precio
Es increíble cómo se aguza el ingenio a la hora de vender algo. Hay quien vende fruta y coloca arriba del cesto la que mejor cara presenta, dejando la machacada y medio podrida en un lugar menos visible, pero colándosela al incauto cliente. También está el que trabaja para una inmobiliaria, enseñando pisos a la hora menos ruidosa y encubriendo en la medida de lo posible cualquier desperfecto. Los camellos cortan sus drogas con mil sustancias más perniciosas que los mismos estupefacientes que suministran, los lecheros añaden agua a la leche y los apicultores mezclan sus mieles con azúcar. Adulteran la realidad para aumentar sus ganancias.
Sin embargo y al contrario de lo que cabría afirmar en un principio, estos comerciantes son los más honrados de su gremio en clara oposición a esos otros que venden humo.
Vender humo consiste ni más ni menos que en hallar una necesidad imperiosa y aprovecharse de la desesperación que produce un problema sin solución, para inventar un producto caro -un precio más elevado, le confiere aún más credibilidad a sus propiedades, aparte de generar pingües beneficios- que por supuesto no cumpla con lo que promete y cuya producción sea barata. A causa de la desesperación ya mencionada, se venderá como botellas de agua a los millones de viandantes crédulos que caminan en el inmenso desierto del mundo, que se aferrarán a él poniendo todo su empeño en autoconvencerse de que no los están timando. Las personas, son capaces de comprar cualquier cosa: Agua bendita de Lourdes capaz de curar el sida, ungüentos crecepelo para alopécicos que incluso afirmarán haber mejorado su estado capilar a pesar de volverse más calvos cada día que les pasa, cremas antiarrugas que conseguirán que las abuelas vuelvan a aparentar veinte años, aparatos que nos proporcionarán una excelente forma física sin esfuerzo gracias a la gimnasia pasiva y así podríamos seguir contando hasta el infinito.
Pero sin duda, el producto comercial que más se ha vendido y que ni siquiera se han molestado en enmascarar como una crema, pomada, elixir o hierba mágica, ha sido la inmortalidad. La muerte es un problema que afecta a todo el mundo y que raramente se desea. ¿Quiere usted morir señor, señora o señorita? Pues crea en la vida de ultratumba, la reencarnación o la conversión del alma en polvo cósmico. ¡Tenga fe en el Dios que más se estile entre sus amigos y familiares! Hágase budista, cristiano, musulmán, testigo de Jehová, clame a los cuatro vientos las bondades de la cienciología y sobre todo, obedezca a sus guías espirituales. El resultado está garantizado; si después de su muerte no sigue viviendo, ¡le devolvemos el tiempo perdido, el dinero y las ilusiones! Sólo es de menester, que reclame en cualquiera de nuestras iglesias, pagodas, mezquitas, oráculos, templos y centros religiosos o que se dirija a cualquiera de los hermanos responsables de su secta. ¡Hasta ahora nadie se ha quejado!
Como no podía ser de otra forma, también están los resignados. Aquellos que no permiten que los deslumbren con falsas esperanzas, a pesar de la comodidad elemental que les reportarían. Aquellos que se miran al espejo sabiendo que cada día contarán con menos cabellos, que tienen una enfermedad terminal incurable que precipitará su paso de materia orgánica a inerte y que el tiempo arruga la piel y mata a las personas. Esos, se encuentran ante una disyuntiva nada fácil: ¿Deberían elegir el momento en que fenecerán, o esperar a que algún agente externo acabe con ellos sin saber la fecha exacta?
Personalmente, he ingeniado una nueva forma de acabar conmigo mismo en el momento que yo elija y sin que nadie se dé cuenta salvo yo mismo. Hasta ahora, las innovaciones en cuanto a morir, pasaban por contraer afecciones desconocidas o suicidarse de maneras originales. Sin embargo, cada día se hacía más complicado resultar vanguardista en este aspecto: Hay quienes contraern enfermedades de las que sólo existen tres casos clínicos conocidos, defunciones inexplicables por los mejores forenses, métodos de acabar con la vida propia consistentes en ingerir litros de algo tan inocuo como el agua… No veo la necesidad de seguir prolongándome.
Mi método no obstante, es totalmente revolucionario. Basta con renunciar a lo que se es y a lo que se desea; basta con no creer en nada ni nadie. Transmutarse en un ser nuevo que nada tenga que ver con el antiguo con el inconveniente adicional de que ni se cambia de cuerpo ni se pierde la conciencia de lo que se ha hecho. Un hombre nuevo que a pesar de ser mortal se piense eterno, que aguante el hambre durante décadas y no sangre se le pinchan. Un hombre que beba sus propias lágrimas y les agregue una pizca de sal por juzgarlas demasiado dulces. La ventaja es clara: Uno muere de éxito.