La extraña habitación
Esta habitación a pesar de tener cuatro paredes, un reloj y tres cuadros de niñitas pequeñas, no se parece nada a las demás habitaciones en las que nadie ha estado nunca.
Dos niñitas, en la pared derecha; o izquierda, o frontal o trasera; depende de cómo uno se posicione, llevan cuatro globos uno de ellos azul, el segundo rojo, un tercero morado y otro de un color indefinido que se confunde fácilmente por el cielo pero al que nadie se atrevería a dar nombre so pena de una maldición milenaria de las de profanación de la tumba del faraón más vengativo del antiguo Egipto. Están atados a cordeles de larguras diferentes y cada día es uno el que aparece más alto. Ignoro cómo una pintura que en principio habría de ser inmutable salvo por el envejecimiento natural que ocasiona el tiempo y que por otra parte nos afecta a todos, puede contar con cuatro globos que cambien de posición; no obstante no siento escalofríos ni nada que se la parezca. Las niñitas tienen cara divertida los días de fiesta y también los laborales, no han crecido en todos estos años y lo único que cambian son unos globos que vuelan más o menos alto supongo que en función del viento.
Otro cuadro, situado en idéntico lugar que el anterior (esto es, la derecha, la izquierda, delante, o detrás; según la posición del que mire) tiene como protagonista a una niña que corre al lado de un aro, valiéndose de un delgado palo para corregir con su fuerza esa otra fuerza gravitatoria que lo haría caer a izquierda o derecha; le basta con imprimirle su energía y cruzar así un puente colgante. Ayer cuando amaneció, parecía que casi salía del puente y que su tarea de impedir que el aro se detuviera, se vería dificultada por la hierba que brotaba a la salida de éste, que casi iba a posar sus piececitos en esa otra superficie y que finalmente, su aro caería al suelo y terminaría de jugar. Pero por la tarde, volvía a empezar a cruzar el puente y sonreía de nuevo, ufana del traqueteo de su juguete que pasaba indefinidamente por encima de las vigas unidas las unas a las otras por cuerdas.
En el último cuadro, o el primero, o el segundo; según por donde hayamos empezado a contar, aparecen dos niñas una de las cuales está vestida de amarillo y lleva una cometa que a veces parece casi engancharse en un árbol y otras vuela libremente. La otra, de azul, persigue tal vez a la niña de amarillo, o a la cometa, o a ambas y nunca es ella quien está asida al extremo de la soga. Debe de ser una niña muy buena que se divierte sólo observando a la otra, o tal vez haya crecido y no le guste jugar con cometas y sea la otra la que no sabe qué hacer con ella. Recuerdo que una noche que llegué borracho, la cometa no estaba. Había dejado la composición pictórica y yacía en el suelo, como queriendo elevarse mas sin que ningún viento la moviera.
Sin duda, el universo de esta habitación gira alrededor del reloj, que nunca se ve moverse. Las manecillas permacen quietas, igual que el tiempo, igual que la cometa, que los globos y que el aro y la niña que lo lleva en el puente; pero sin embargo, al entrar, siempre marca una hora distinta.
Es un reloj benevolente, que mide el tiempo sin despojar de la niñez a las niñas, permitiéndolas quedarse con sus juguetes, seguir sonriendo y sin que nada cambie. Sólo cuenta el tiempo del día que por primera vez vi estos cuadros, una sola jornada que transcurre plácida y lentamente.
Sentado en esta habitación jamás fumé un cigarrillo, ni pensé en labios extranjeros ni desobedecí a mi madre. Nunca tuve calor ni frío ni consideré los años que se me venían encima. Sólo soñaba con jugar y las niñas no eran más que niñas, sin senos que ni tan siquiera se adentrarían a ninguna edad en la adolescencia; yo era idéntico a ellas y quería visitar la enorme caja de cartón en la que guardaba los juguetes y los recuerdos de una infancia expirada de la que no quedaban más que recuerdos; que me resultaba incomprensible vender y comprar, regalarlos y que realmente sirvieran para rememorar algo. No entiendo la razón que lleva a que proliferen tiendas que venden objetos y a los que que por un exceso de francofilia llaman suvenires. Tengo algunos traídos de varios lugares que alguien visitó y decidió comprar para mí: Un cenicero que contiene las letras de Recuerdo de Palma de Mallorca, un autobús metálico con una pegatina abajo en la que se lee London Souvenir, una torre Eiffel en miniatura que alguien dilucidó que no necesitaba etiqueta de origen, una figurita de una góndola que reza Ricordo di Venezia. Los agarro entre mis manos y los destrozo. ¡Desentonan con la habitación!
Todas me los han dado sin que los demandara de ninguna manera y me hallo en disposición de jurar que ninguno me evoca la más vaga reminiscencia de esos lugares en los que puede que estuviera vez alguna o no, sino tan solo el incómodo pensamiento de que el tiempo pasa, y las vivencias pasan a ser todas recuerdos al calor de los cuales uno se hace viejo.
La soledad inunda la pieza y puedo ser de nuevo un niño sin que nadie lo sepa.