Perico y Scottex - Capítulo XXVIII A los testigos de Jehová, ni agua
Suena. Suena. Suena. Vuelve a sonar más largamente. Son las doce de la mañana y el timbre no deja de sonar. El Etarra se pregunta quién cojones lo molesta. Scottex deambula por su casa.
Ojalá hubiera tenido un reloj de oro o cualquier otra cosa de valor en vez de ese puto perro. Su madre lo alimenta y lo saca. La hace feliz al fin y al cabo. Se preguntó si sería buena idea regalárselo, ¿cuánto cariño le tendría Perico? El imbécil volvía a estar enganchado y lo había dejado como garantía hasta que pagara toda la coca que se ha llevado.
Suena. Suena. Se oían unos pasos taimados de alguien que se retira, cuando se levantó en calzoncillos y abrió la puerta súbitamente, con los ojos inyectados en sangre.
Un encorbatado y una muchacha joven, se volvieron hacia El Etarra, clavando en él sus dos pares de ojos y saludándolo afablemente: -Buenos días, caballero. ¿Tendría usted un momento para concedernos?- Preguntó el individuo trajeado, de pelo cano y mediana edad.
-¿Qué queréis?- Preguntó escueto y con un manifiesto malhumor.
-Pues verá, tenemos aquí una lectura que nos gustaría hacerle. ¿Tiene tiempo ahora, o prefiere que volvamos otro día?
-¿Una lectura? ¿De qué? ¿Me habéis levantado de la cama para hacerme una lectura?
-Pues… -Toma la palabra ella- Es sobre la palabra de Dios. Pero si venimos en mal momento…-El Etarra se apacigua. Las mujeres tienen esa propiedad en él. El olor de un chochito cerca siempre lo ha calmado, concedido expectativas; y aquella mojigata no dejaba de poseer cierto atractivo por ser una testigo de Jehová.
-Pues usted dirá, señorita- Prosiguió mucho más amable. -¿Quieren pasar para que estemos más cómodos? Mi madre no está en casa, sólo estamos mi perro y yo.
-Ah… ¿Le gustan los animales?- A mí también.
-Sí, Me encantan. ¿Me dan unos minutos para que me vista?
-Claro, por supuesto.- Y diciendo esto, ambos pasaron hacia el salón totalmente clásico y decorado según el estilo de la protegitora de aquél individuo recién levantado cuyos cambios de humor empezaban a darles mala espina.
El Etarra reaparece con una camisa negra y unos vaqueros. No usaba peluquín como le confesó al idiota de Perico, al que sólo quería ver hacer el ridículo; sino que ahora se había rapado la cabeza por una simple cuestión de comodidad. Sus rasgos, estaban acentuados. Era un macarra que vivía con mamaíta a todas luces.
-Bueno, nosotros somos Maite y Alfonso.- Continuó hablando la joven. Sin duda fue una buena elección, si pretendía que la escuchara.
-Llamadme Flo. Y tutéame, por favor.
-Muy bien… Flo. ¿Es usted creyente?
-Por supuesto; creo en muchas cosas.
-Ja, ja, ja. Claro. Como todo el mundo. Y en Dios, ¿crees?
-¿Dios? No lo conozco. Creo en el dinero, sobre todo.
-¿Qué quiere decir con que no lo conoces? ¿Nunca has oído hablar de él?
-Claro que he oído hablar de él, pero no lo conozco en persona para opinar. Tal vez sea una convención a la que todo el mundo se refiere y que sólo expresa un temor colectivo.
-Pero, ¿cree en la existencia de un ser superior, o de una fuerza ordenadora y creadora del universo tal y como lo conocemos?
-¿Superior a quién? ¿A mí?
-Bueno, superior no sólo a ti… Sino a todos. Superior en el sentido de que es nuestro padre y nos ha concedido el milagro de la vida.
-Menuda gilipollez.
-¿Por qué te lo parece?
-¿Sabes? Una vez sentí la llamada de Dios. Fue como una aparición, pero no acabó de convencerme.
-¿En serio? Háblame más de eso.
-Pues un día había tomado un par de copitas, sólo dos, os lo juro; no estaba borracho ni nada. Tumbado en la cama vi como una luz y una voz que me llamaba. Me aconsejaba acercarme a él y seguir su camino.
-¡Qué interesante! ¿Y qué hiciste? -Preguntó el encorbatado.
-Le pegué una patada en los cojones y le dije que me llamara al móvil como todo el mundo y a otra hora más decente. Odio que me despierten.
-Bueno, veo que usted nos toma el pelo y no le apetece hablar con nosotros.- Prosiguió de nuevo el encorbatado.
-¡Oh, perdona mis modales! ¡Y tutéame, hombre! Sólo bromeaba un poco. ¿Queréis beber algo?
-Si nos pudiera traer un vaso de agua…- Contestó ella.
-Sí por favor- Añadió él.
-¡Claro, ahora mismo vuelvo!
El amable anfitrión se dirigió hacia la cocina, tomó una botella previamente rellenada con agua del frigo de dentro del frigorífico y puso agua en dos vasos, uno de ellos transparente y el otro de un cristal tintado en marrón, mientras la visita lo aguardaba sentada en el sofá. Se abrió la bragueta con dos dedos, se sacó la polla, echó hacia atrás el prepucio y colocó su polla dentro del recipiente colorado. Luego, puso ambos vasos en una bandeja y se encaminó de nuevo hacia el salón.
-A lo mejor os sabe un poco rara este agua. Es una nueva que han comenzado a embotellar los mismos que el Vichy Catalán, pero no recuerdo bien el nombre.
-Muchas gracias- Agradecieron los dos casi al unísono.
-No hay por qué darlas. Bueno, ¿no íbais a hacerme una lectura?- Los invitó a leer porque quería deleitarse viendo cómo Maite bebía de su vaso de agua. Ofrecer agua en la que había metido previamente su polla, era una costumbre que tenía con cada chica nueva que conocía. Algunas incluso casi se quejaban: “Qué rara sabe”. Por eso advertía con antelación que se trataba de un nuevo tipo de agua comercializada por una marca de prestigio.
No atendió en absoluto; sólo oía “Dios”, “fin del mundo” y “salvación”, reiteradamente; realmente, estaba concentrado en cómo Maite bebía su vaso tintado a pequeños sorbos. Había tomados ambos de la bandeja y entregado cada uno a un huésped. No quería que por error, ningún tío probara su polla. ¡Menudo asco!
Por fin terminaron su lectura; hecho que coincidió con que Maite y Alfonso acabaran también el agua; la una, reconociendo un sabor que le era familiar y preguntándose dónde la habría probado; y el otro, creyendo que era simple agua del grifo y que aquél tipo se reía de ellos, pero que aún así, podía perfectamente ser víctima del lavado de cerebro a domicilio que realizaban pacientemente a todo aquél que se lo permitía. Decidieron preguntar al oyente por su opinión.
-Y bien, ¿qué piensas de esta lectura?
-Pienso que si Dios existe, debe desear que yo muera.
-¿¡Cómo!? ¿Por qué iba un padre bueno a querer eso para su hijo?
-Porque debe estar deseando ponerme en un altar, leer lo que yo escriba y con total seguridad me suplicará que le dé por el culo. Pero, ¿sabéis que os digo? Que yo no me voy a hacer maricón, por mucho que ese gilipollas me lo pida.
-¡Eso es una herejía! Gritó el hombrecillo.
El Etarra se levantó, se colocó frente a él y bajó su cabeza hasta su altura. -Perdona, ¿cómo dices? ¿Vienes a mi casa a despertarme, hablarme de esas gilipolleces, beberte mi agua de Vichy y a llamarme hereje?
-Bueno, cálmate… Será mejor que volvamos otro día, ¿vale? Sentimos mucho haberlo molestado.- Intentó calmarlo la testigo.
-Eres mucho más educada que tu compañero, Maite. ¿Estaba rica el agua?
-¿El agua? Sí… Exquisita. Muchas gracias.- Titubeó.
-Lo digo porque he metido el capullo en el vaso y si te gusta cómo sabe, puedes chupármela; el sabor es mucho más intenso así y habrá premio al final; ¿qué te parece?
Los dos se levantaron, despavoridos y fueron hacia la puerta, que intentaron abrir torpemente, conmocionados y sin mediar palabra.
El Etarra se levantó y la abrió él mismo, de un fuerte tirón. La madera en invierno, se hinchaba y aumentaba su tamaño, al igual que sus cojones, impidiendo a un maricón testigo de Jehová, abrirla.
Salieron de allí con la misma fuerza que la cerveza de una botella movida hasta la saciedad y abierta de un solo golpe.
-¡¡Y no volváis más por aquí!! Bueno, Maite; ¡vuelve tú, pero sólo si quieres más Vichy Catalán concentrado!
El Etarra se sentó y comenzó a liarse un porro. Mamá tenía que estar al llegar con la compra y no le gustaría nada que despreciara la comida que con tanto amor le preparaba; cosa que sin duda habría hecho de haberse metido su primera raya. Se sintó mal por lo que había hecho; fatal. Había cometido un error imperdonable: Vivía en compañía de un sucio perro y ni tan siquiere se le había pasado por la cabeza poner material escatológico proveniente de él, en el vaso del encorbatado. -¿Me estaré volviendo bueno?- Pensó para sus adentros.
9 Agosto, 2008 a las 7:19 pm
Aunque no sea yo la única que lo porte, la utilazación de mi nombre debería estar sujeta a derechos de imagen…