Un regreso inesperado

Y de pronto vuelves, como si nunca te hubieras ido y me dices cuatro palabras, que no son las que quiero oír, pero que aún así llenan nuevamente de ti todos los lugares que aún no te llevé a visitar, los chistes que aún no me contaste y las líneas que todavía no escribimos.

Es como si toda la película se parara cada vez que a un espectador incómodo le diera por salir al ambigú a por palomitas, o ir al servicio; o simplemente porque al señorito se le antoje fumarse un pitillo en la escalera de incendios. Un tarro lleno de galletas de chocolate de las cuales sólo una de cada tres lo contiene, imagen de ensueño que se esfuma con el más mínimo vendaval y que sólo regresa cuando todo está en calma.

Te he soñado tanto entre mis sábanas, impregnando de ti mi existencia, llenándome los bolsillos de ideas y nuevas palabras; quisiera que me hablaras de las psicología barata que hoy se vende y de las minas antiintelectuales, contraintelectuales e inintelectuales que lo inundan todo haciéndonos creer historias estrafalarias que estallan nuestros cerebros como el absurdo karma o las exóticas y archiconocidas interpretaciones pseudocientíficas de los sueños, que tantas veces he malinterpretado para acabar durmiendo en el felpudo como un perro, oliendo a alcohol y a frustración.

Lo malo de tu vuelta, es que es una vuelta distante, una que te trae a una distancia menos sorprendente desde el punto de vista de alguien que no se atreve a conducir el coche, porque teme que el mundo no será mundo si sólo hace cien metros con él;  y que no obstante es lo suficientemente remota como para que estés lejos y nos separe una línea tan somera como las aguas entre Marruecos y España; una línea que igualmente consigue que se considere cualquier acercamientro por parte de los apestados al sueño europeo,  una transgresion oficialmente punible.

El paroxismo de lo sentimental, lo masco en el aire; me basta con dar rienda suerta a mi apetencia mitad animal, mitad vicio social malsano que me hace recordar tus pechos entre mi mano, como un juego de niños; o tu pelo en mi pecho, mientras se me molían los huesos en un esfuerzo por prolongar el momento perfecto. Me hacía sentir tan útil, de algún modo la potestad de ablandarte entre mis manos como plastilina de parvulario que no se ha usado durante las vacaciones de verano; o agarrarte del cuello para que no rehuyeras ningún beso; simplemente, decirte lo que quisiera en la completa certeza de que lo estarías escuchando sin opción a ninguna otra cosa. Era una semidominación de algo por su naturaleza indomable; un facsímile hecho a medida del comprador y titulado La chica que siempre soñó, pero que nunca dejaba de ser un dibujo, en tanto que la modelo existía, aunque para mí, sólo lo hará por siempre como dibujo; como ser intangible. Exactamente igual que en una fotografía de carné, que sugiere tu cara a menor escala y a la que no le queda más remedio que carecer de tu tacto, de tu voz, de tu mirada, de tu calor; por ser una fotografía y no ser tú.

Viéndote tan lejos, tan tan a lo lejos, como a los bandoleros, el año de la hambre, o la guerra civil; diría que estoy sobradamente capacitado para recorrer el mundo con medio paso, de ir a desayunar en París y volver a Granada para el bocadillo de media mañana; o sentarme en un banco de los juegos olímpicos chinos y gritarles a los de seguridad: -¡No merecía la pena comprar la entrada! ¡Tenía que irme de todos modos, porque me he dejado una pizza en el horno! Y luego partir a nado, y sumergirme en el agua con la fuerza necesaria para que ni el mar más insondable y vasto sea capaz de impedir a mis brazos abrirse paso hasta ti.

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