Reminiscencias con sabor a Mouffetard
Reminiscencias con sabor a Mouffetard
¿Qué importaba si el tiempo decidía pasar más deprisa o más despacio? ¿O si incluso se detenía? Era exactamente lo mismo que lloviese, granizara o se acercara el diluvio universal. Cuando se habla de dependiendo qué, los detalles del resto de las cosas son irrelevantes. Si aquella noche un cuerpo celeste hubiera atravesado todo el cielo para caer y aplastarnos, se habría tratado de un hecho igualmente baladí.
Me refiero a algo de suma importancia y que nos atañe a todos.
Os juro, que la criatura más hermosa,
La chiquilla más esplendorosa sentada en la rue Mouffetard.
Viéndola en el escalón con su media sonrisa y tan ebria,
Viendo a la perpetua Extranjera en su París de idilio,
Viéndola tan singular y tan borracha.
Jamás me vi así de apretada la mandíbula,
o hincándome tanto las uñas.
La bilis manaba a borbotones de la garganta.
En la rue Mouffetard el deseo mataba en silencio.
Ni después de cien mil billetes de metro.
Ni gritando, ni callando,
Ni corriendo, ni entristeciendose, ni riendo.
Así cante el pájaro y llore sangre el cielo,
Es menester menoscabar un supremo deseo.
Como es que tu no te agotas de escribir gilipolladas ja ja ja