El transeúnte
La gran explanada casi desierta sonaba al paso de las ruedas de mi maleta y comenzaba a sentirme incómodo porque la tira de una de esas bolsas de playa, se me clavaba en el hombro.
Algo deben poseer los cruces de caminos, estaciones de tren y en general, los lugares donde confluyen viajeros y viajantes de orígenes y destinos dispares para que siempre estén envueltos en un halo de misterio.
De alguna forma deben verse afectadas las personas que allí esperan, deambulan o pernoctan para que tengan ocasión situaciones que difícilmente podrían darse en otro contexto.
-¿Para dónde vas- Oí musitar con voz queda desde abajo.
Bajé la mirada y vi a un individuo de unos cincuenta años sentado sobre un macuto y que me obsequiaba con una sonrisa. Me explicó que había habido un descarrilamiento de uno de los trenes que iban hacia Granada; que él iba en dirección opuesta, y que si su tren no podía pasar, el mío no podía llegar hasta que la vía fuera despejada.
Desde pequeños nos enseñan a no hablar con ellos. A esos que viven una mala vida, no tienen dónde caerse muertos y malviven en la calle u ocasionalmente en albergues de mala muerte.
Entablamos conversación. Afirmaba ser un transeúnte, y me preguntó si sabía lo que era.
Nunca antes conocí a nadie que fuera un traseúnte de forma sustantiva, pero le respondí que sí; pues enseguida adiviné que él se dedicaba a estar siempre de paso, a ir a todos sitios sin digirse a ninguna parte y a no preocuparse por forjarse un futuro para tener más tiempo libre y ser capaz de apreciar el presente.
Subsistía a expensas de la caridad -cosa que es bastante difícil, sobre todo en estos tiempos-, y me anticipó que tenía un montón de historias para contar sobre curas y albergues.
-Si no se soluciona esto, no tengo el menor problema. Aquí mismo tiendo mi manta, y hago noche.-
Cuando me oyó quejarme de no tener tabaco para amenizar la espera, tomó un paquete en el que no quedaban más que dos o tres cigarrillos y me ofreció uno.
Para corresponder a su invitación, compré un par de cervezas en un quiosco de allí cerca. Sin embargo, antes de que me diera tiempo a bebérmela con él, llegó el tren que me habría de traer de nuevo a tierras Granadinas.
Mientras le entregaba una flamante lata de Cruzcampo, me miró y me dijo:
-Este tipo de cosas son las que me gustan de vivir en la calle. Encantado de haberte conocido.
Toda esta historia me hizo reflexionar sobre esta sociedad que nos hostiga como una espuela invisible para conseguir esto o aquello olvidándonos de nosotros mismos y del placer que representa simplemente el estar vivo.
Está claro que no sería sostenible un modelo social donde todos nos dedicáramos a la mendicidad, pero a lo que me refiero… Es que quizá a fin de cuentas él haya elegido una opción mejor.