Una madrugada de cualquier sábado
Contemplaba absorto una película pastelosa, aprovechando que nadie me veía; que podía perder la vergüenza de ser romántico a solas.
Como las primeras noches de septiembre aún son cálidos en Granada e invitan a abrir la ventana para disfrutar de la brisa, dejé abierta la mía. Súbitamente y traída de la nada, apareció acodada en el alféizar sosteniendo un cigarrillo entre los labios y jugueteando con el humo.
A pesar de que estaba oscuro, adiviné que su rostro estaba vuelto hacia mí, y casi me parecía ver ya sus ojos claros y su larga melena rubia ondulada.
Agitó su mano, mientras miraba al suelo; y yo ingenuo, pensé que saludaba a alguien de abajo. Pero no, luego me sonrió; y hasta dijo ¡Hola! con un acento que no discernía si era francés o germano.
Empezamos a platicar con voz alta pero apagada, a preguntarnos sobre esto y aquello sobre unos veinte minutos que se volatizaron tan rápido que no me di cuenta de que ya sabía que estudiaba lenguas clásicas y se había venido de Erasmus a la ciudad de Boabdil, había pasado veinticuatro primaveritas, pero aún no su nombre.
La invité a bajar y dudó con total certeza unos instantes, para finalmente aceptar encantada. Se quedó esperándome mientras me miraba al espejo y me decía: “No puede ser cierto”. Fueron como unos minutos que se me antojaron una carrera contrarreloj donde cada decisión contaba: El pelo, para atrás o despienado; gafas o lentillas; zapatos, zapatillas o chanclas; afeitado y tónico, ¿o tal vez se harte y se vaya?
Estábamos uno frente al otro y no me besó en la mejilla. Se limitó a explicarme: “Es mejor que no sepamos nuestros nombres. Así será más divertido porque nunca terminaremos de conocernos.”, lo cual me desalentó un poco en mi causa perdida de fornicar aquella noche. Sin embargo, ese castellano tan perfecto para alguien que llevaba tan poco tiempo entre nosotros me situó ante la posibilidad de hallarme frente a uno de esos raros seres humanos que son inteligentes.
Para mi sorpresa, me preguntó si podíamos subir a mi casa a beber y yo casi ni me creía que me brindara aquella oportunidad.
Una vez allí, no se vayan ustedes a pensar que se andaba con champán o algo por el estilo. Sacó de una bolsa negra (llevarla es precaución innecesaria en España, y no sé si en Alemania) una botella de cerveza fría y otra de Vodka del bueno.
Su combinado (que no cóctel, ¡anglófilos mal paridos!) estrella, se llamaba uboot y consistía en un vaso de cerveza y un generoso chorro del Vodka que había mencionado antes.
No se trataba de un combinado de esos vistosos, aquello era un arma instantánea de borrachera y en menos de media hora yacíamos en mi gran cama azul desnudos bajo la iluminación tenue de una luna que surgía entre los nublos del día sólo para nosotros.
La faena, es que el resto de la historia (y parte más importante) sólo se remueve en mi memoria a manera de vagos recuerdos.
No obstante, todo debió fantásticamente a juzgar por mi sensación de satisfacción y calma infinita, mal le pese a una resaca que aguanté como aquél al que no le cuesta nada.
Y hoy Anneliese (que accedió a decirme su nombre tras muchos ruegos) a vuelto a verme, hemos tomado café juntos, fumado unos porros y repetido la gran función de anoche.
Ahora estoy solo de nuevo.
Anneliese se ha dejado en mi habitación su chaqueta talla EP rezumante de su perfume. Acerco la chaqueta de marca alemana a mi nariz y recupero con aquella chaqueta olvidada más reminiscencias sobre los detalles de aquella gloriosa noche, ustedes, saben de cuál les hablo. Permanezco extasiado en una nube, flotando sobre todos mis recientemente extintos problemas.
Anneliese… Se llama Anneliese. Nunca había conocido a ninguna Anneliese. Ni besado a una tudesca, ni gozado tanto con el sexo. Jamás mis preocupaciones estuvieron tan lejos ni me sentí mejor conmigo mismo y con el universo.
11 Septiembre, 2007 a las 9:56 am
Espero que esta historia sea una de las de verdad