Carta para mamá

En los animales mamíferos, entre lo cuales nos encontramos nosotros los humanos, es corriente que la madre se ocupe durante el período inicial de la vida, de la cría de sus hijos.
Es un instinto tan maravilloso como el mismo milagro de la vida, dado que las madres no sólo son las que nos traen al mundo, sino las que se ocupan de nuestra supervivencia una vez que ya estamos dentro de él: Las mamás canguro, llevan a sus canguritos en la bolsa; los pájaros alimentan a los pollitos en el nido y en los pingüinos, tanto el papá como la mamá, sostienen el huevo entre sus patas con el mayor cuidado, protegiéndolo del frío de los hielos perpetuos, hasta que éste se rompe.

Sin embargo, el ser humano, a diferencia de los demás animales, sigue necesitando la atención de sus padres durante muchísimo tiempo. El bebé, se convierte un día en niño, comienza a andar y a chapurrear sus primeras palabras. Luego, de ser un niño pasa tal vez en unos once o trece años, a ser un adolescente y… ¿En qué momento exacto llega esa edad adulta, en la que el adolescente deja de ser adolescente, sabe cuidarse a sí mismo?
El cordón umbilical, se corta antes de empezar a respirar. Pero existe otro cordón umbilical invisible del que también es necesario deshacerse, poco a poco y el cual, no está tan claro cuándo es el momento de desprenderse de él.

De pequeño me cambiabas los pañales, me dabas el pecho, el biberón, me enseñaste a limpiarme el trasero cuando daba de vientre, a hablar, a tirar de la cisterna, a utilizar el cubierto, a sentarme en la silla, a dormir en la cama sin caerme… Recuerdo que la primera vez que dormí en la cama, pusiste cuatro sillas a los lados, para que no me cayera al suelo por no estar acostumbrado a la ausencia de los barrotes de aquella cuna que colocaste junto a tu cama y en la que me mecías hasta la extenuación, velando mi sueño sin descanso, hasta verme dormido. ¿Qué clase de imbécil sería, mamá, si después de todo eso te dijera que no me has enseñado nada? Sería algo parecido a negar, que soy capaz de leer una palabra gracias a que un día me enseñaron las letras. Tú me enseñaste lo que iba antes de las letras, mamá; lo que me haría una persona capaz de aprender. ¿Tanto he cambiado desde que gateaba hasta ahora, para que creas que soy un animal insensible que no te agradece hasta con la última partícula de su ser, que aprendiera de ti todas esas cosas, que me permitieron aprender luego otras más complejas? Lo que haya podido aprender después, mamaíta, nunca será tan valioso como lo que tú me enseñaste. Sería desmentir que me amamanté, succioné de un biberón y luego bebí con pajita, antes de apoyar mis labios sobre el vaso, y beber el milagro de la vida a traguitos, primero más pequeños y por último más grandes.

Fui al parvulario y me cosiste el nombre en el babero. Me llevabas a clase todas las mañanas y te preocupabas de mi día a día. Te levantabas cada mañana para ir a por el pan y hacerme un bocadillo, ponerme el desayuno y peinarme. Tal vez fuera el niño que mejor peinado iba al colegio, mamá. ¿Te acuerdas, de cuando me hacías la raya siempre en el lado izquierdo? Años más tarde te tendrías que subir al escalón, porque ya no alcanzabas mi cabeza, pero tú continuarías peinándome, porque querrías que estuviera siempre presentable.
Incluso cuando tuvimos que ir a clase también por la tarde, volvías a peinarme pacientemente después de comer. Era al único niño al que peinaban dos días y probablemente el que mejor forrados tenía los libros. Papá y tú nuncadejasteis que me faltara de nada y siempre estuvisteis pendientes de que estudiara y no me convirtiera en un sinvergüenza. A pesar de que los primeros años escolares, me resultaran algo difíciles, salí adelante y os traje muchos boletines de notas sin ningún suspenso y hasta con dieces, notables, sobresalientes…
Papá y tú os alegrabais mucho por mis éxitos. Pero sobre todo tú, ¿para qué engañarnos? Yo también me alegraba, pero más bien que por las notas, que nunca me sirvieron de nada; por ver que a pesar de no aportar el pan a la mesa ni ayudar en las tareas domésticas, os hacía felices con tan poco esfuerzo. Lo cierto es que me parecía que hacía muy poco por ti, en relación a lo mucho que tú hacías por mí. Por eso cuando repartían caramelos porque era el cumpleaños de algún niño de clase, siempre te guardaba uno.
Por eso el dinero que me daba la abuela y el mismo que tú me dabas, prefería guardarlo para darte un día tres mil o cinco mil pesetas ahorradas poquito a poco, y que te pusieras contenta por ese simple gesto. ¿Para qué me hacía falta el dinero, si tú me dabas todo lo que necesitaba e incluso mucho más, si necesidad de tan siquiera pedírtelo?


Del mismo modo que mezclas el carbonato y el vinagre, y de éste sale una espuma blanca inesperadamente, también yo cambié. Aunque no sólo yo; lo hicieron igualmente el resto de mis compañeros, cada uno a su ritmo. Me convertí en un adolescente conflictivo, pero, ¿qué adolescente no es conflictivo, mamá? ¿Hay muchos hijos modelo, que son tal y como quieren sus padres? Sobreviví a ese período de mi vida que siempre es un tanto extraño, en cualquier persona. Me serví para ello de la experiencia que me habías dado tú misma, pero a veces, no me conformaba con eso y quería equivocarme. Aunque parezca una tontería, del mismo modo que un perro aprende a no hacer sus necesidades dentro de casa, cuando alguien le restriega el hocico contra una de sus cacas, me hizo falta meter la nariz en mi propia caca para así descubrir que la caca olía mal. ¿Crees de verdad que no aprendí de mí mismo, con cada desengaño, con cada error, con cada equivocación y con cada desacierto?

Aunque ahora, mamá, me vas a admitir una pequeña crítica. Me protegiste demasiado. Tanto, que me metiste dentro de una burbuja que me impidió cogerle el truco a eso de defenderme yo solo. ¿Para qué, si ya lo hacías tú por mí? Sé que si mondaba yo la manzana, le quitaría demasiada piel y no lo haría tan bien como tú. Tus manos eran expertas en pelar no sólo manzanas, sino zanahorias, calabacines, cebollas, tomates, patatas y cualquier otro tipo de verdura, hortaliza o fruta. Las mías en cambio, apenas habían tomado entre ellas un cuchillo por primera vez y obviamente, no sabía mondar una manzana tan bien como tú.
Mondarme la manzana era un esfuerzo que hacías, te costaba trabajo y te parecía bien porque así te ocupabas de mí. Nunca podré dejar de agradecerte ese gesto de amor, mamá. ¿Cómo podría mirarme al espejo, si este gesto que he tomado como ejemplo para ilustrar esos tantos otros gestos y sacrificios que hacías por mí, no losapreciara como lo que son?
Y de todos modos, mamá, a pesar de ese agradecimiento, insisto en que deberías haberme dejado pelar a mí la manzana, aunque le quitara más cáscara de lo debido, aunque me cortara los dedos o aunque desde tu punto de vista de experta peladora de manzanas, no lo hiciera bien.
Un niño aprende no sólo por imitación, sino también por la propia práctica. Jamás debiste cargarte ese peso a tus espaldas ni quitármelo de las mías. Cada cual es menester que cargue con sus problemas y sus dificultades, porque más adelante, siempre han de llegar cargas que no puede llevar más que uno mismo; y también, porque unas espaldas no pueden cargar con todo el peso de los problemas de una familia al completo.

Tu infancia fue muy dura. En general, los tiempos que te tocó vivir, fueron más difíciles que los míos. Compaginabas la escuela con las tareas del campo, y a pesar de que eras aplicada, en aquella época, había algo más importante que la escuela: Lasupervivencia. Tenías que trabajar porque en casa erais muchos, porque estabais en la posguerra, porque vivías en una familia humilde, como tantas otras por aquella época y sobre todo, porque no tenías elección. No importaba lo que tú quisieras, sino lo que mandara el abuelo, que para eso era el patriarca y para eso traía la comida cada día a la mesa. ¿Qué habría hecho yo, mamá, si me hubiera tocado vivir aquél tiempo? Al contrario de lo que piensas habría hecho igual que tú. Un niño, no se adapta a lo que lo rodea y cuando no queda más remedio, deja de ser un niño caprichoso y se convierte en un niño que coge las aceitunas con sus manos, va por agua a la fuente con un cántaro e incluso deja de ser un niño.


No obstante, a mi me tocó vivir otra época más fácil, desde el punto de vista de la supervivencia. Pero el tener cada día la comida garantizada, agua potable, luz y todo tipo de comodidades, al contrario de lo que pueda parecer a simple vista, las cosas no eran más fáciles, sino al contrario. ¿De qué se preocupa alguien, cuando no tiene un motivo grave de preocupación? La vida se complica hasta extremos insospechables. Aparecen las depresiones, el rechazo social, la marginación, ¿qué te voy a contar, que tú no sepas?
Siempre dices que antes, cuando no se usaban tantos productos químicos para cultivar la tierra, tampoco había tantas plagas. Algo así pasa, mamá; nos lo dan todo tan hecho… Que como tenemos el estómago lleno y todas las oportunidades del mundo para hacer lo que queramos, dejamos de valorar esa suerte que tenemos, para fijarnos en otro tipo de cosas.
Estoy seguro de que estarás de acuerdo con todo lo que te he dicho en este párrafo. Lo único erróneo, es la conclusión que siempre sacas: Tu tiempo era mejor que este, porque la gente iba más a misa, trabajaba desde que salía el sol hasta que se ponía y no estaba pendiente de tantas chorradas.
¡No! No, mama. Eso no es cierto. Este tiempo es mucho mejor que el que tú viviste, por la sencilla razón de que el ser humano, es más feliz cuando es más libre, a pesar de todos los riesgos que conlleva la libertad. La libertad, es la oportunidad de elegir, mamá, de elegir nuestra propia forma de ser felices o infelices. ¿O acaso el objetivo de todo ser viviente, no es ser feliz aunque a veces sea a costa de su propia infelicidad?
Y yo, si no era el niño más normal del patio del recreo, o si mis compañeros me tomaban manía, a mi manera, ¿de verdad crees que no era feliz? Lo he sido siempre más que tú, mamá, por la sencilla razón de que soy más libre.


Un día, en nombre de esa voluntad por ser libre, por explorarlo todo y en definitiva, por ser feliz, decidí dejar de hacer las cosas del modo en que a ti te parecían bien. Había desarrollado mi propio criterio para hacer las cosas. Y aunque ya no quisiera aceptar todos tus consejos, mamá; aunque dejara la cama sin hacer, estudiara menos de lo que debía y adquiriera algún que otro vicio… Porque ahora te desobedezca o en gran número de ocasiones, pretenda imponer mi criterio sobre el tuyo… ¿Crees que no te agradezco, esta libertad que tú misma me has concedido mediante tu sacrificio?

Soy muy feliz, mamá. Muy feliz por tenerte a ti como madre, que con tus aciertos y tus errores, siempre me has querido. No sé por qué, pero en esta familia, nunca hemos sido muy dados a las confidencias ni a las demostraciones de afecto. Y aunque no te lo diga, de verdad mamá, que te quiero muchísimo. Tanto como un hijo a su madre. Y como un hijo que quiere a su madre, deseo que seas feliz, que te ocupes de esa vida que has abandonado hace tanto tiempo, que hagas lo que te guste, que dejes de mondarme la manzana y uses tus manos para pasar las páginas de un libro, que te tiendas en la arena de la playa, desempolves los viejos vinilos de papá y los escuches  y que disfrutes de la grata experiencia que significa estar vivo. Yo lo hago siempre que puedo, y cuando no, también soy feliz de no poder hacerlo, porque al fin y al cabo, es mi propia libertad la que me ha llevado hasta ese punto.

Te quiero, mamá,

Tu hijo

Una respuesta para “Carta para mamá”

  1. intis_18:

    Oh, q bonito! Me has conmovido desde el principio.
    Tienes gran parte de razón en lo que dices. Además tu parcial objetivismo lo hace más fácil y creíble.

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