Perico y Scottex - Capítulo XVII
Perico guardó su navaja en el bolsillo. Bien afilada. Una maravilla automática ilegal, que le habían vendido hacía un montón de años. La guardaba en casa de sus padres, dentro de un balón rajado que estaba en el fondo de un sótano al que nadie bajó nunca que Perico recordara, al fondo de una caja llena con los cachivaches más inverosímiles de épocas pretéritas. Bajó las escaleras que lo conducían hasta la calle, pensando en lo que iba a hacer, pero se le pasó otra cosa por la mente. Era la primera vez que matar y la muerte, tenían un significado en su vida. Hasta ahora, sólo la habían medido las frases que le decían las chicas después de que les introdujera su pene en el interior de sus vaginas: Pues ya no eres virgen. Dónde habrás aprendido a hacer eso… ¿Estás empalmado? ¿Cuántas tías te sueles traer aquí? Me queda algo de coca, vamos a metérnosla.
Pero a partir de que tomara la navaja, por el contrario, eran otras frases las que le rondaban la cabeza: No sé cuándo lo vi por última vez. Ese día no fui a trabajar por la tarde, porque me había puesto enfermo. Éramos amigos de toda la vida… ¡No me puedo creer que esté muerto?
Realmente, ¿merecía la pena matar a El Etarra? Obtendría muchos inconvenientes y ninguna ventaja. Se fue disuadiendo a sí mismo de la idea, mientras continuaba caminando por la calle, hacia la parada del metro que lo llevaría hasta el domicilio de su hipotética víctima, con una navaja en el bolsillo.
No… Lo que tenía que hacer, era dejar la droga. Dejar de ver a El etarra y a toda la gente como él. Desenroscar todas sus articulaciones, quitarse las visagras, desatornillar sus cerebro, arrancarse las retinas y limpiarlas, renovar su líquido sanguíneo y circular, dentro del metro, en un autobús o en cualquier parte, siempre conducido por otro pero siempre, eligiendo el destino.
El Etarra, sentado en su cama, destapaba una losa del suelo. Dentro, guardaba billetes de quinientos euros.
-Vaya. Ya tengo diez kilos ahorrados. Es una buena cantidad. Sin embargo, no es el momento de cometer excesos, de que vean qué estoy haciendo ni de fastidiar el plan por drogarme demasiado. Tengo que dejar de meterme tanta cocaína. Además, mengua mis ganancias, cierto que no en gran medida, pero no obtengo nada de ella.- Pensaba.
La depresión, lo embargaba. Tenía ganas de morir. No quería su dinero. No quería sus putas. No quería seguir siendo un gigante que aplastara gnomos. No quería vivir.
-Ya se me pasará… Tal vez si saliera a tomar algo… Invitaré a Perico. Es lo más parecido a un amigo que tengo. El único que nunca ha aceptado ser mi secuaz, de todos los conocidos que aceptan mi status de narcotraficante y chulo de barrio.
Se sentó para telefonearlo. Nadie descolgaba el móvil. Llamó al fijo, y obtuvo el mismo resultado. Perico llegaba al portal, con una navaja asida en la mano, metida en la manga de la cazadora.
-¿Dónde se meterá el gilipollas éste?- Se preguntó El Etarra.
-¿Dónde se meterá el gilipollas éste?- Pensó Perico.
El primero fue hacia el salón y miró la puerta. -¿Y si saliera a dar una vuelta? Igual lo encuentro.-
El segundo, subió la escalera. -¿Y si me volviera y dejara esta estupidez peligrosa?
Ambos se hallaban de pie, cada uno a un lado de la puerta. Pericó iba a tocar con los nudillos; El Etarra, ponía la mano en el picaporte.
La puerta se abrió, y unos nudillos se estamparon contra una frente. Entonces uno se disculpó y el otro lo agarró del cuello, en señal amistosa. -¡Ahora mismo iba a llamarte, cabrón! ¿Dónde te metes?
-Pues nada, aquí venía, ¡a partirte la cara! Ya has visto el puñetazo que te he metido.
Una navaja cayó de la manga de Perico. Golpeó contra el suelo y cuatro pares de ojos, se clavaron en ella. Perico la recogió rápidamente, el Etarra instintivamente, retrocedió, y sacó otra que a su vez, también portaba en el bolsillo.
Las navajas dejaron salir sendas hojas, y ambas dudaron si debían hincarse en la carne del contrario; la una, sin saber lo que pretendía la otra; la otra, sin saber si era oportuno decir algo.
-¡Tú nunca llevas un pincho! ¡Sólo cuando piensas usarlo! ¿Por qué coño vienes a mi casa con ese pincho?- Gritó El Etarra.
5 Septiembre, 2008 a las 12:36 am
La llevo para limpiarme las uñas replicó Perico.
Dicen que hay un cobrador de morosos en Loja (Granada) que actúa así. Saca una navaja “de 24 muelles” y se limpia las uñas en presencia del deudor mientras le reclama el pago de la deuda. Y dicen que luego limpia el filo de la navaja en la mesa del deudor, que por cierto no sabe dónde meterse.
Dicen que no puedes localizar al cobrador de morosos, sino que es él quien te encuentra. Si no tienes más remedio que hablar con él, has de dejar un mensaje en la recepción de un conocido hotel de Granada para el viajero “********” y al rato él te devuelve la llamada.
Como dijo Gandía: y ésto es verídico!
Un abrazo y feliz meneo.