Perico y Scottex - Capítulo XXVIII
-No supe que era ella. Se había perdido en el centro comercial, la describieron diciendo que era una señora y dieron su nombre y apellidos, pero no fue hasta al cabo de unos diez minutos que caí en la cuenta- relató El Etarra mientras soltaba un botellín de cerveza y se apresuraba a llevarse otro cigarrillo Ducados a la boca.
-Desde luego. Uno identifica una mujer como una persona del sexo opuesto que tiene culo, pechos, coño y que folla. No con la madre de uno.- coincidio Perico, que miraba la barra con la intención de ir a pedir otro ginebra-tónica.
-La mía, se mete en el cuarto de baño y no cierra ni la puerta. La oigo dar de vientre. También se pede en mi presencia y hasta se depila las cejas. En compensación, me hace de comer, me lava la ropa, se ocupa de la limpieza doméstica, paga las facturas con su pensión y realiza cualquier tipo de tarea; es como si más que una persona fuera un sórdido electrodoméstico universal.- continuó El Etarra.
-Bueno… Mis viejos tienen una asistena para esos menesteres. Son más considerados en cuanto a sus funciones fisiológicas, pero igualmente, es un asco vivir con ellos.
-Tal vez tú y yo debiéramos ser compañeros de piso. Podríamos alquilar uno con dos habitaciones.- propuso el narcotraficante.
-No sé… Perdería parte del suelo. Además, hace un par de horas, nos íbamos a pelear a navajazo limpio.- observó Perico.
-Culpa de tus imbecilidades. Guardas rencor contra mí injustificadamente. ¿Querías el perro? No tenías más que pedirlo. Sólo me lo quise quedar porque a mi madre le gustan los animales. También para darle de comer sus excrementos a algún testigo de Jehová, ¿quién sabe? En cualquier caso, has de saber que no me la follé.- dijo el etarra, mientras se levantaba para ir a la barra a por otras dos cervezas. Él las pagaba todas, como indemnizando de algún modo a Perico. En el fondo de su ser, estaba arrepentido por haberlo tratado tan descaradamente, como un trozo de mierda. Según él, hacía falta tratar a todo el mundo como eso, pero el poco disimulo y la flagrante calmunia constante hacia el prójimo, hacía que éste tomara una navaja con intención de rajar a alguien o decidiera prescindir de la compañía del que lo insulta.
Obviamente, se alegraba de que Perico tuviera los cojones de ser del primer grupo de individuos.
-¿Te estás refiriendo a quien yo creo?- preguntó Perico, sosegadamente desde su propio punto de vista.
-Sí. Aquello lo hice en parte porque me jodía que me rechazara y decidí que tú también estuvieras jodido para solidarizarte así conmigo.
-Eres un hijo de puta, Etarra.-
-Dime algo que no sepa.-
-Pide ya esas putas cervezas.
-Voy a por ellas. ¿Qué me dices de lo del piso?
-Que debí haberte rajado cuando tiraste la navaja al suelo y suplicaste. Hubiera sido una muerte digna de ti. Y por añadidura, ahora no tendría que pasarme quién sabe cuánto tiempo, hostigándote para que lleves a cabo tus turnos de limpieza.
-¿En serio? Va a ser como vivir con una mamá que no sabe cocinar tan bien, pero que podrá liarse los porros cuando yo esté demasiado fumado para hacerlo.- dijo irónicamente El Etarra.
Doce cervezas, catorce, quince. Bebieron hasta embriagarse como adolescentes de botellón. Cuando estaban tan borrachos que conseguir una erección hubiera sido una hazaña prodigiosa digna del hombre más macho del planeta, fueron a un piso de putas. Cohabitar, iba a ser lo más parecido a estar poniendo cada día sus dos cojones sobre una balanza que se inclinaría hacia el lado del que los tuviera más pesados.
A ambos les gustó contar de nuevo con un motivo para la autosuperación.