¿Fumar o hacer deporte?

¿Fumar o hacer deporte?

Puede que los cigarrillos no gocen de la misma buena presencia que un descapotable rojo a la puerta del domicilio. O que tampoco den una bonita imagen de nosotros como lo haría una joven hermosa que nos acompañara a una reunión familiar mientras se nos agarra amorosamente al brazo. Así pues, el tiempo en que el fumador era un rebelde con un hábito atractivo ha quedado atrás para una inmensa mayoría. A pesar de todo lo ello, los nuevos consumidores de tabaco siguen aflorando año tras año, sobreviviendo a campañas en contra de la tabacomanía, al rechazo social e incluso a los consejos de la familia y amigos, que como papagayos repiten lo que tantas veces han oído repetir de forma dogmática: El tabaco es malísimo. Desde la primera calada se está condenado de forma irremediable a muerte y la mitad del dinero que se gane irá destinado a hacer ricas a las compañías tabaqueras y convertir nuestros pulmones en un pozo de brea, entorpecernos la circulación, envejecer nuestra piel y atrofiarnos el sexo.

Un producto más pernicioso que otros que no gozan de ningún tipo de legalidad, está al alcance de todos. El motivo podría ser que a esas sustancias no se les aplican fuertes tasaciones que representan cuantiosos ingresos para el gobierno. Por consiguiente, los clientes de estancos no se reducen como cabría esperarse.

Me viene a la memoria la imagen de un adolescente que prende por primera vez el extremo de un pitillo y nota su sabor amargo, para luego quizás toser o todo lo menos carraspear un poco, inundando finalmente la atmósfera de un humo cuyos detractores calificarán de nauseabundo. Y en ese mismo acto de desdén hacía el beneficio y la salud propios, que no podría calificarse más que de arte, reside todo el valor del humo.

En cualquier deporte, como por ejemplo el ciclismo, el panorama cambia completamente. Si nos convertimos en unos auténticos ciclistas, viviremos al menos cien años (salvo catástrofe nuclear o accidente). O al menos eso nos dicen,  puesto que dichas afirmaciones quedarían como mínimo en entredicho si se tuviera en cuenta el siguiente hecho crucial:  Por culpa de los vehículos que funcionan a base de combustibles fósiles, los desgraciados que careciendo de carril bici, circulan tras los coches, se tragan todos esos gases tóxicos con todos los efectos perniciosos que ello acarrea. Por otra parte, los ciclistas son víctimas de numerosos accidentes. Raros son los que no han tenido alguna extremidad enyesada durante largos meses o como mínimo algún esguince. Los períodos de inmovilidad que preceden a dichos accidentes dañan la forma física del deportista, hasta tal punto que hay quien preferiría nunca haberse unido al equipo de fútbol de su ciudad o quién sabe si atado el arnés de escalador.

Tomando en consideración que fumar es más cómodo que hacer deporte y mucho más seguro y que incluso los fumadores requieren un menor gasto en sanidad pública que los deportistas con sus costosas roturas, esguinces, amputaciones, derrames craneales, etc. ¡Antes de decantarse por el deporte, piense en su vida! ¡Piense en las personas que lo quieren! Sea atractivo, sea moderno, sea independiente, sea deseable, viva mucho tiempo, fume, aléjese del deporte. ¡Viva! ¡Fume! ¡Fume y viva! O mejor todavía, no fume ni haga deporte. Y así vivirá mucho tiempo, aunque pasará sus luengos días bastante aburrido.

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