Historia de un amor moderno chapado a la antigua

No contaba con más de diecisiete años cuando ocurrió todo aquello. El asunto comenzó de la manera más sencilla posible: Un grupito de niños de cuarto de la E.S.O. al que le dio por rememorar los tiempos del parvulario, nada menos que amasando una gran cantidad de papel de aluminio (ese que usaban sus madres para envolverles el bocadillo) y realizando algún tipo de juego balompédico de esos en los que nunca me interesé, en el interior del edificio mal denominado Instituto de Enseñanza Secundaria El Algarve.”
Tal vez fuera por esa cutrez omnipresente en toda pequeña ciudad, pueblo o pueblucho; o quizá por un estado deficiente en cuanto a dotaciones escolares se refería. Sea como fuere, el caso es que el jefe de estudios no sólo impartía clases del mismo modo cualquier otro profesor, sino que recibía en su despacho (que había sido habilitado para celebrar edificantes clases de filosofía a los pocos alumnos matriculados en Segundo Curso de Bachillerato de la modalidad de Humanidades) a aquellos estudiantes que a causa de su comportamiento deplorable merecieran un sermón o reprimenda perentoria.
No sé por qué… Llamadme loco, idealista, o como os venga en gana. Cuando la supe tan pequeña y con aquellos ojos tan claros, me enterneció.
El instructor cuyo nombre recuerdo de origen vasco, empezó una perorata humanamente denigrante sobre la chiquilla, que a pesar de que tenía ya una cierta edad se comportaba de manera totalmente incivil e inapropiada. Luego siguió contándole que el asunto trascendería hasta oídos de sus padres y que iba a ser expulsada durante quince días con la vergüenza que eso suponía para cualquiera.
Entre sollozos, creí entender algo así: -Pee.. eee… ro yo (suspiro mucoso sonoro) sólo jugaba con los demás a la pelota.-
El filósofo que no filántropo, siguió: “Aún así, eres tú a quien hemos pillado metida en el cemento fresco de las obras del aula de tecnología.”
Una revelación surcó mi mente como un rayo: La pelota había ido a parar a un rincón oscuro y no iluminado de aquél inacabado edificio, que (lo que debiera ser objeto de deshonor para la administración pública) el colegio estaba usándose ya a falta de otro centro mejor, también en parte debido a las numerosas protestas de los padres de los alumnos por el retraso en las obras y la incomodidad de inscribirlos en otro más lejano. La buena muchacha, con la mejor intención del mundo, se encaminó a recogerla y de forma no deliberada, se vio con sus zapatillas nuevas en el cemento y un grupo de profesores atónitos que la observaban.
El ingenuo Misósofos, que por aquellos días todavía creía que podía cambiar el mundo, espetó a su profesor:
-”Ya está bien de ensañarse con la chiquilla. Sólo estaba jugando. La culpa de que las obras convivan con las clases en este instituto, debería cargarse sobre otros hombros más robustos, como los de un adulto.”
Creí que a causa de lo inesperado de mi intervención, o de que aquél hombre a fin de cuentas era razonable, cesó su rapapolvos en seco y a renglón seguido carraspeó.
Para terror mío (que justo es reconocerlo, tampoco era el más valiente por usa las agallas en aquella situación aislada), se volvió hacia mí, desafiante y colérico (o al menos así se me antojó): “Dado que es usted un aleccionador moral en toda regla, puede que tenga a bien hablarnos a sus compañeros y a mí sobre la moral kantiana.”
-¿Así en general?- Contesté, e hice una pequeña pausa. -¿O quiere que les hable de algo en concreto?-
Fue increíble hasta tal punto que casi seguía sin dar crédito a que semejantes palabras hubieran salido de mis labios; máxime teniendo en cuenta que no tenía ni puñetera idea de la pregunta que se me había formulado y que de haberme preguntado por segunda vez, el cénit de mi gloria me acaecería irremediablemente.
El que resultó ser un misericordioso vasco magnificente bajó la vista, esbozó una sonrisa casi imperceptible para nadie que no estuviera igual que yo, con la vista clavada en él; dando respuesta él mismo la pregunta que me había impuesto instantes antes, tal que si perdonara mi osadía.

Hoy, me entero de que aquella chica de ojos claros se llama Celia y de que su pelo es largo ondulado, otorgándole los rayos de sol que entran por la ventana un brillo que no hallaría parangón ni con el mejor oro bruñido.
Ahora es una adolescente de dieciocho años que lleva unos vaqueros cortísimos y un tanga que sobresaliente hasta la altura del ombligo. Además porta un aro inmenso en cada una de sus orejas, ha alargado aún más sus ojos hasta extremos lujuriosos mediante la costmética… Sus pechos son abundantes…. Diría que incluso parecen querer saltar de su sostén, haciendo imposible apartar la mirada y acto seguido exigir que sigan llamándote heterosexual.
Celia ha tomado a sorbos muy pequeños su café, permitiéndome comprobar que ya no tiene nada que ver con la gatita asustada. Nada salvo sus pupilas, su iris, sus pestañas…
No soy nada lanzado, y no es precisamente lo que le prefieren las tías, no. Eso lo reconozco de buen grado. Pero no obstante, reza el refranero popular que las mujeres y los gatos vienen cuando nadie los requiere, y aquella gatita se transfiguró en pantera sólo para plantarse ante mí y sugerirme que la invitara a una cerveza.

2 respuestas para “Historia de un amor moderno chapado a la antigua”

  1. Anónimo:

    Huy… muy buena suerte.. con lo dificil que es renacer despues del tiempo….

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    blanket home insurance policies during remodeling…

    mollusk drapers!Pascal tolerability dove terraces …

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