Un día cualquiera

Una sórdida melodía de un móvil que ya he llegado a detestar, me saca de un sueño nada reparador:
Por la noche los vecinos del piso de abajo ponen la música, ríen escandalosamente o ven las últimas novedades de cine de Hollywood como si otrora vivieran en una choza en mitad del campo y no terminaran de hacerse a que ahora habitan en un bloque con más personas.
Arriba vive una señora cincuentona cuyo timbre de voz ya conozco a la perfección y que charla y critica a voz en cuello a primera hora de la mañana incluso en días festivos.
Por si lo anterior fuera poco, los muelles de mi cama se me hincan en la espalda tal que un colchón de agujas dispuesto para un faquir.

Estoy entero dolorido, no he dormido bien y las sábanas de la cama están hechas un revoltijo que vagamente me envuelve y deja que una temperatura nada agradable me cale hasta el hueso.

Apenas pongo el pie en el suelo me llevo un cigarrillo a los labios, lo enciendo, doy dos hondas caladas y lleno de humo el habitáculo que me hace las veces de habitación en este piso alquilado por poco dinero y que menos aún vale.

En la cocina, una hornilla llena de aceite negruzco y una pila de platos enorme desvanecen como por arte de magia cualquier gana de desayunar que pudiera tener.
Odio ducharme por la mañana, siempre he preferido hacerlo por la tarde; pero sin embargo tengo que ducharme en ese momento porque es la única forma de estar un punto menos soñoliento y acometer de alguna manera la jornada que me espera.

Me pongo la ropa que yació toda la anterior noche tirada en el suelo o sobre la mesa y que ahora luce más arrugada que mi alma.

Salgo a la calle donde está sita mi vivienda, y los escasos viandantes que por allí circulan andan con la mirada en el suelo como si debido a la escasa claridad de la mañana no mereciera la pena mirar para otro lado.

Me paro junto al semáforo, al lado de un montón de personajes grises cuya vida desconozco y que no están ni mucho menos dispuestos a intercambiar una palabra, gesto amable o esbozo de sonrisa. Apostaría a que su fastidio se debe a que les gustaría estar durmiendo, igual que a mí; y tal vez muchos no tuvieron tiempo de darse aquella ducha tan revitalizante que yo tomé momentos antes en un plato ducha que me araña los pies apenas los poso sobre él.

El aire es insípido y no trae aroma o fragancia algunos. Muchos ancianos se dirigen cojeando y renqueando hacia el hospital. El personal sanitario ha de realizar el cambio de turno a esa hora, pues hay un trasiego anormal de individuos con batas blancas que no paran de entrar y salir en orden y mediando escuetos e inevitables saludos como si de una hilera de hormigas se tratara.

Cuando diviso la Plaza de Toros y paso bajo la obra cercana a la sede de Granada de Cáritas, casi siempre aparece el mismo personaje: Un viejo de barba desaliñada que interpela a los obreros con una alegría y vitalidad que se diría ha dormido hasta las dos de la tarde en un colchón de látex revestido con sábanas de seda.
Acercándome un poco más, observo que no sólo su barba está desaliñada, sino que tiene la ropa raída y la cara atezada por una especie de hollín que la torna más oscura de lo que ya está la piel de alguien que se permanece el día entero a la intemperie.
Y sin embargo sonríe… Sonríe inconsciente y burlón, sin ninguna tarea entre todos los resignados a desempeñar alguna función en la vida.

10 respuestas para “Un día cualquiera”

  1. Andrés:

    A veces somos de lo más quejica, ¿eh? ;P. Lo que me ha parecido más triste de todo es el aire insípido, soy un maniático de los olores y que el aire no huela a nada no me gusta. Ayer estaba paseando por callejuelas paralelas a San Antón y el silencio y el olor a brasero de picón y leña me hicieron feliz.

  2. José Manuel:

    Te quejas de muchas cosas que son por tu culpa y no haces por arreglarlas, por tanto no te quejes. Por ejemplo, si no te gusta la melodía de tu móvil, pon otra. Si se te clavan los muelles de la cama, haz lo que hacíamos los estudiantes, poner una tabla debajo del colchón. A ver cuando fregáis la hornilla y los platos ¡vagosss! Si la ropa está arrugada, no la dejes en el suelo tirada y déjala bien puesta.
    Joer, estos estudiantes que no se apañan a vivir sin su mamá…

  3. Misósofos:

    Si os hiciera caso, entonces no podría escribir relatos como este ;-D

  4. Misósofos:

    Ah, ¿y quién se está quejando? xD

  5. Ella:

    Sonria, quizá las cosas cambien del todo. O no, pero el desorden y las complicaciones se volverán algo más amables.
    Afables.

  6. Pijomad:

    Y si sonries tu e intentas contagiar al resto con tu sonrisa? A lo mejor te llevas una sorpresa…. (yo también confieso. Soy incapaz)

  7. Ella y su orgía:

    Este relato se debe tan sólo a que la noche anterior no descansaste bien por culpa de tus vecinos (de eso sé un rato). Me niego a pensar que seas tan negativo.

    Abrazo orgiástico.

  8. Andrés:

    Propongo hacer un comando desahucia vecinos porculeros. Los míos de arriba están poniendo ahora mismo reggaeton dese, no te digo más nada ¬¬

  9. Dima:

    No es por ofender… pero después de lo de la silla de Lucena y haber leído algunas cosas tuyas que hay por aquí, tengo mi veredicto:

    –Te crees especial!!!! creo que perteneces al molesto grupo de personas que por una razón u otra se creen únicos en su especie y adelantados a su época, se creen que hacen buenos relatos, que tienen talento para todo lo que se propongan… He de decirte que
    por muy cierto que eso fuera,cosa que dudo, no hay nada peor que ser una persona arrogante que se cree con el derecho de mirar por encima del hombro a todo el mundo. Muy bueno tu comentario Jose Manuel.

  10. Misosofos:

    ¿Y por qué deduces que me creo especial, Dima? ¿Porque me gusta pensar sobre este tipo de cosas, o por la mediocridad que veo en mi vida?
    Ninguna de las dos cosas creo que destile arrogancia.

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