Rozando la pared
Me gustaba caminar rozando la pared con la mano.
Era una costumbre rara y que todo el mundo miraba con estupefacción y bastante oprobio.
A mí no me importaban sus miradas inquisidoras ni que mi nombre saliera a colación entre las decenas de corrillos de cotorras que se formaban y cuyos tertulianos se volvían hacia mí en cuanto aparecía.
Todo, a fin de dejar testimonio de que una vez existí: Con mi mano acariciaba el pliegue de cada roca; notaba el tacto de los pétalos de toda flor y me mojaba los labios con el agua de no importa qué fuente.
Luego comencé a odiarlo todo. La vida era infame y las críticas hacían mella en una mente más madura, que se hallaba imbuida del virus de la socialización.
Ahora las calumnias duelen, el rechazo me asfixia y aquel cúmulo de circunstancias me obligó a ponerme un disfraz que luzco en el día a día.
3 Noviembre, 2007 a las 4:17 pm
Pues que sepas que esa “manía” tuya me encanta jeje. Sabes que en el fondo siempre me ha gustado ;).
No la pierdas nunca yoni xDDD.