Perico y Scottex

-Hay muchos hijos de puta como ese que está sentado delante. Todo engominado, afeitado perfecto, colonia de eau de toilette Brad Pitt y seguramente habla inglés con una pronunciación perfecta como de lord británico. Me dan asco los tipos como éste, que esquían los fines de semana y tocan el violín, el piano o realizan algún tipo de actividad seudointelectual cuando no están estudiando en la facultad o trabajando en la oficina.

¿Por qué se le exige a un hombre que para ser culto, haga todo ese tipo de mariconadas? Me la pelan los museos y los deportes de riesgo; los idiomas y la literatura, la prensa y las revistas de moda. Deseo ardientemente partirle la cara, verlo revolcándose en el suelo con la nariz sangrándole como un cerdo, robarle la cartera y gastarme la pasta que dedicaría al pilates y el pádel o a alguna sesión de terapia a base de untarse cualquier tipo de mierda imaginable por la cara.

Sólo necesito una excusa; la que sea. Voy a estrellar mis puños contra su jeta, a vejarlo, a hacerlo suplicar por su vida de pijo de mierda. Más que una excusa, necesito una confirmación.-

La megafonía se dejó oír: -Próxima parada… Alcorcón- Ese tipo de hilo de voz quebrada a la que se añadía el nombre del destino, puso aún más nervioso al Etarra.

Siguió al individuo que sin motivo aparente había sido objeto del odio más encarnizado por su parte. Lo hizo largamente, sin que éste se diera cuenta en ningún momento. Se aclaró la garganta con un carraspeo y esperó hasta que perdiera doblando una esquina solitaria aquél jodido jugador burgués de golf anglófono afeminado e ídolo para niñas pijas a las que el coño les huele a Channel número cinco pero cuyas prestaciones sexuales no van más allá de tenderse sobre la cama emulando a una cucaracha que no está acostumbrada a reposar sobre su espalda.

-Sorri, duyu espic inglis?- Le pregunta el Etarra atrapándolo a la carrera.

-Yes I do. How can I help you?- Contesta el individuo que había aglutinado todo el odio que El Etarra fue capaz de acumular a lo largo de su vida, en poco más de cinco minutos.

-¡¡Estás muerto, hijo de puta!!- Gritó mientras estrellaba su puño contra su cara, derribándolo de un golpe. Sacó su navaja y la hendió en la mejilla del hombre que yacía en el suelo. Chillaba como una puta a la que no se le ha abonado su tarifa. Qué orgulloso se sentía El Etarra de que entre tanto meapilas, aún quedaran hombres de bien; españoles de bien como aquellos madrileños que hacían frente a las tropas franquistas.

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