Usted lleva una peluca y nosotros buscamos a un asesino calvo (Fuma y no seas gay III)
Usted lleva una peluca y nosotros buscamos a un asesino calvo (Fuma y no seas gay III)
Los antiguos Mayas hacían sacrificios humanos para honrar a los dioses. Con ello, pretendían no sólo evitar plagas, escasez de precipitaciones y demás males de una sociedad fundamentalmente agrícola y ganadera. Se trataba de saciar la curiosidad sobre el más allá, de dilucidar qué había después de la muerte y para dotar al gesto de toda la solemnidad y credibilidad que requería, se tomaban vidas humanas y animales. No obstante, lo que para el hombre occidental u occidentalizado representaría un acto de salvajismo, en realidad era mucho más civilizado que la podredumbre entre la que convivimos.
Dado que el hombre moderno ya no cree en lo divino, necesita respuestas y se las proporciona como dios (siempre con minúscula) le da a entender; si bien la mayor parte de las veces, espera sosegadamente a que sus congéneres se las proporcionen. Por supuesto, las iglesias (igualmente con minúscula)están llenas y hasta el helenista más sabio (lo cual quiere decir, el más sabio de entre los sabios); es capaz de rendirse a la debilidad de su cuerpo mortal, subirse a la palestra y declamar con voz firme que él cree en Dios (y si lo tuviera que escribir, lo escribiría con mayúscula), que le gustan los toros (lo cual no es en absoluto bárbaro, ni inflinge sufrimiento a animales tan nobles) y que está en su perfecto derecho. Mas no es de menester que esa fingida creencia, incluso ante sí mismo, nos lleve a una opinión errónea sobre sus juicios. No; ya que conoce perfectamente la diferencia entre el derecho y la simple deducción lógica a partir de premisas establecidas tan firmes como su voz: Dios es una madeja de hilo que se va deshilvanando a cada nueva respuesta y en razón a que el número de preguntas a plantearse no es limitado, tampoco lo es la longitud de un ovillo cualquiera.
Imposible poner a un hombre en tela de juicio cuando su mente es tran preclara: Ningún helenista cree en los dioses, pues si los caballos supieran escribir, pintarían a sus dioses como caballos; y así pues, cabe concluir que la facultad de poder escribir o pintar, es la misma que da pie a la imaginación que crea los dioses. Además, para rematar, la inteligencia atribuida a alguien que conoce los verbos polirrizos y es capaz de diseccionar un verbo desconocido hasta sonsacarle sus posibles aoristos, no es ni mucho menos gratuita. Sin embargo, resulta muy cómodo tener la figura de un Dios presidiendo la estancia. La imagen de una deidad vigilante, que sopesa la bondad de nuestras acciones y como pago a ellas, nos ofrece la redención eterna. ¿Quién, por rico, poderoso, inteligente y hermoso que sea, no ansiaría prolongar su dicha hasta los confines de la eternidad? ¿Qué pobre, siendo tan pobre, malviviendo cada segundo en el futuro incierto del que tiene el estómago vacío, no hará su más denodado esfuerzo por autoconvencerse de que lo aguarda otra cosa? ¿Y no habrá entre la gran masa de los mediocres, uno solo de ellos que sueñe con otra cosa que la monotonía del que existe sin pena ni gloria, sin ser rico ni pobre, alto ni bajo, ni bello ni horrendo?
Desengañémonos. Nadie cree en la ultratumba, salvo los locos y esos mismos tontos que buscan su horóscopo cada día en el periódico, hallando su devenir en cada una de las banalidades que espetan contra el cerebro buscavidas que le hacen la competencia a la misma religión (véase astrólogos).
Aún así, no por ello habremos de sentirnos a salvo ni alegrarnos por los venideros viernes de vigilia sentados a la mesa frente a un filete, por los indios rollizos con el estómago lleno de vaca ni por el rico jamón curado en las cuevas de Ben Laden; si nada nos impide comer carne, los humanos nos volveremos vegetarianos. El hombre en su versión 2.0 ha pasado a llamarse ser humano por no ofender a las feministas y evoluciona hacia un hermafroditismo artificial acontecido durante el puerperio y cuyo tótem es la arroba. En las aulas, se exhiben calendarios para alumn@s, la violencia doméstica ejercida mediante la fuerza otorgada por una naturaleza que no entiende de burocracias, se ve contrarrestada con creces a través de una crueldad que ni siquiera un dios tan malevolente como toda la cristiandad entera pudiera haber concebido. Los diversos poderes estatales mediante, el carnicero se ha vuelto carne picada y la carne, matarife.
Y en realidad, no importaría que cambiara la jerarquía: que la felatriz disfrutara de una felación, que los conejos comieran lobos o que las zanahorias se alimentaran de pulgones; o al menos, no importaría si ello no acarrera una idiotización más pía que la religión que llega de la mano esposada de una libertad de expresión cada vez más maltrecha, que teme tan siquiera alzar la voz no vaya a perturbar a quienes tienen voto de silencio, que dejaría que le hicieran un examen rectal en busca de marihuana aunque adoleciera de un cáncer terminal cuyos dolores inherentes pretendiera mitigar y que por supuesto, nunca jamás (y ahora nos acercamos al meollo del asunto) llamaría marica, sarasa, colepato, truchón, sodomita, joto, cundango, puto, mariposón, cangrejo, chivo, balín o cochón a un homosexual. Claro está, la sola pronunciación de la palabra gay evocaría esos mil matices perversos en diez mil idiolectos. La suciedad del tabú, jamás ha de ser infravalorada. Quizás por esta razón, ya no haya hombres que se sientan inclinados por otros hombres, sino gays cuya denominación no podrá ser otra mientras ellos mismos no acaben de reconocer lo que son y los homófobos sigan haciendo gala de una pretendida tolerancia que oculta ya sea un asco profundo por lo que los homosexuales son, ya sea un pavor que no los deja reconocer que ellos lo son también.
El anuncio publicitario en sí, habría resultado una minucia en una sociedad en la que nadie se preocupara por el tipo de concavidades que frecuenta el pene de sus allegados. Pero la gran rueda se había puesto en marcha, las cadenas invisibles no rozaban el suelo ni con un solo eslabón y el grillete que comenzaba a apretar el cuello de Perico, lucía más reducido que antaño. Sin saberlo, se estaba convirtiendo en la víctima de un sacrificio que en lugar de dejarlo sin sangre, le arrebataría algo que es mucho más capital para un emprendedor hombre de negocios del siglo XXI. Máxime, tratándose de uno que había conseguido dejar atrás oscuros años de implacable medievo: El dinero; y, dado que era un orgulloso, también fue despojado de la potestad para decir lo que le saliera de los cojones, así fenecieran de susceptibilidad los miles de gargantas que entonaban al unísono el advenimiento del mesías de lo políticamente correcto y que esquilmaban al árbol del pensamiento cuales malas hierbas. De ahora en adelante, se zanjara el asunto de un modo u otro, sería plenamente consciente de que la fuerza gravitacional de los testículos de una sola persona se veía cercenada por los colectivos que acudían como hormiguitas, cuyas pequeñas mandíbulas hacían un trabajo más eficaz que cualquier afilada navaja barbera.